Llamadas telefónicas

—Me toca a mí ver la tele ahora. Llevas toda la tarde —le dije a mi hermano, mientras trataba de arrancarle el mando a distancia.

—Ahora juega el Real Madrid y lo quiero ver—me contestó él.

—¿Otra vez fútbol? —pregunté, adoptando el gesto de repugnancia más exagerado de mi repertorio.

—Papá también quiere ver el partido.

Mi padre estaba ese día especialmente irritable y nos miraba con ganas de pegarnos un manotazo a cada uno.

—Poned lo que os dé la gana, pero por favor no gritéis —dijo, mientras miraba su reloj de pulsera con cierto desasosiego.

Rubén y yo continuamos discutiendo por la posesión del mando durante unos minutos, hasta que de repente sonó el teléfono. Nadie se levantó a cogerlo; nos habíamos acostumbrado a dejarlo sonar dos o tres veces. Si el teléfono seguía sonando más allá del tercer timbrazo, corríamos a levantar el auricular. Sin embargo, últimamente las llamadas anónimas interrumpidas se habían hecho muy frecuentes y casi nos habíamos acostumbrado a ellas. Aquella vez, como tantas otras, el teléfono dejó de sonar después del segundo toque. Mi hermano y yo proseguimos con nuestra pelea mientras mi padre se levantaba y se dirigía al dormitorio.

Rubén comenzó a ver el partido de fútbol a pesar de mis protestas. Establecimos un pacto —uno de los muchos que hacíamos en aquellos años—, en base al cual yo le permitiría ver el partido si él me dejaba ver lo que quisiera la tarde del día siguiente. Mi padre apareció minutos después en el salón con la gabardina puesta.

—Bajo a comprar tabaco —dijo.

Y se marchó sin más. La frase sonó exactamente como esa excusa típica del padre de familia que se escapa de casa harto de aguantar a su mujer y a sus hijos. Me asusté y corrí hasta la puerta, pero llegué tarde. Ya se oían sus pasos bajando por la escalera apresurados, tal vez huyendo a toda prisa antes de que su conciencia o su sentido del deber lo devolvieran de un empujón al lugar donde debía estar.

Me asomé a la habitación de mi madre. Parecía dormida, aunque decidí acercarme hasta su cama para pegar mi oído a su pecho y asegurarme de que respiraba. Después me senté junto a Rubén y fingí observar aquel espectáculo absurdo de hombres corriendo tras una pelota como niños grandes y egoístas. Un gol del Madrid. Los gritos felices de Rubén. Tarjeta roja para un tipo que pega a otro una patada, como el chiquillo enfadado al que su maestra castiga por golpear a un compañero. Abucheos y el árbitro cabreado. Otro gol del Madrid. Mi padre ausente.

Casi al mismo tiempo en que el partido terminaba, sonó la llave en la cerradura y papá apareció en casa.

—¡Dos a cero! gritó Rubén, ajeno en su envidiable simpleza a la infelicidad acechante.

Mi padre había vuelto; en principio era una buena noticia. Pero había tardado dos horas en ir a comprar un paquete de tabaco.


Si lo desean, pueden leer otros fragmentos de esta historia en las siguientes entradas:

Fumadero

(Des)composición de lugar

Güija

Ahora o nunca

Cubatas en vasos de plástico

15 comentarios en “Llamadas telefónicas

  1. Me gusta mucho, Mayte. A parte de lo obvio, extraigo otra conclusión, no sé si era tu intención, aunque apostaría a que sí: ese poder atontizador que tiene el fútbol en algunas personas y les impide ver nada más.
    Un besote

  2. Se pueden sacar varias lecturas de este relato con cierto halo de misterio. Una de ellas es que el estanco de al lado estaba cerrado y el padre se fue más lejos. Pero yo prefiero pensar (porque lo he hecho) en esa especie de huida ante una rutina tan aburrida como asfixiante y la necesidad de estar solo. Esperaremos a otro trocito de relato. Un abrazo Mayte.

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