Las chicas del club

“Cómetela”, le dice una de las chicas rubias de melena larga. Ella observa el animal muerto con una mezcla de miedo y asco. “Pero… Es una rana muerta”, musita ella mientras escucha el crepitar de las hogueras de San Juan que arden en la playa. “Si quieres ser de nuestro club, tienes que comértela”, insiste otra de las chicas guapas. Coge al anfibio por una pata trasera y muerde la otra cerrando los ojos, sintiendo el nauseabundo tacto fibroso en su boca mientras las chicas del club se ríen y lo graban con sus móviles para colgarlo en la red.


Con este relato participo en el reto de escritura de junio del blog de Lídia Castro.

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El Declive

calle oscura

— Me duele mucho la cabeza, Guille —dice Julia mientras caminan atravesando la negrura del barrio. Las farolas son escasas e iluminan con penuria, como si la roña que cubre sus pantallas blancas impidiera que la luz del interior pudiera salir del todo hacia afuera.

“Ya está otra vez con las putas migrañas”, piensa él. Pero le dice:

— ¿Quieres irte a casa? ¿Te paro un taxi?

— Sí —responde ella, colocando la palma de su mano sobre la frente.

Delante de ellos caminan sus amigos. El Pelos, Cuadrado y Marquitos. Hoy también les acompañan Susana y la Rebe. Julia mira los tacones altos de la Rebe. “Yo no me pondría esos zapatos ni para ir a una boda”, piensa.

— Venga, en cuanto vea un taxi lo paro y te vas a casa a descansar —le dice Guille a su novia. “Espero que no me pida que la acompañe y me joda la noche”.

Los chicos están nerviosos, Guille incluido. Julia sabe que la presencia de la Rebe los altera. Un semáforo en rojo para los peatones. El grupo se detiene. El Pelos se coloca detrás de la Rebe y hace un gesto obsceno, provocando la carcajada de sus colegas. La chica se da la vuelta. Sus pechos sobresalen generosamente por encima de la camiseta estrecha y escotada. Se ríe la Rebe.

—Deja de hacer el guarro, Pelos —le dice.

Cruzan los chavales la calle. Guille se ha incorporado a la primera línea dejando a Julia detrás. Se dirigen a El Declive, un pub donde sirven alcohol barato que al día siguiente les deja una resaca espantosa. Un nuevo semáforo en rojo. Cuadrado mira a los lados y echa a correr.

—¡Vamos, mariquitas, que no viene ningún coche! —grita.

Todos cruzan a la carrera excepto Julia. Un dolor agudo, insoportable, la paraliza. El dolor ha comenzado en la frente, pero rápidamente se desparrama por el resto del cráneo, tensa su cuello, agarrota su tórax. Quiere gritar. “¡Esperadme, por favor!” Pero el chillido se congela en su garganta. Su novio y sus amigos no se percatan de su ausencia. Siguen caminando y riendo. Guille mira las piernas de la Rebe, el culo de la Rebe.

Julia se ha desplomado en el suelo. Solo tarda unos segundos en perder la consciencia. Ha caído con las piernas fuera de la acera. Un coche podría pasar ahora a toda velocidad y quebrar sus extremidades como si se tratara de ramas secas. Un hombre que cruza desde el otro lado la ve. Se acuclilla junto a ella. Apoya su cabeza sobre el pecho de la muchacha para cerciorarse de que la chica respira. “Respira”, piensa el hombre. Se pone de pie y tira de los brazos de Julia para colocar su cuerpo fuera de la carretera.

Los chavales han llegado a la puerta de El Declive.

—¿Dónde está Julia? —pregunta Marquitos a Guille. Este mira alrededor. Se da cuenta por primera vez de que Julia no está con ellos.

—Ni puta idea —contesta—. Le dolía la cabeza, así que a lo mejor se ha pirado. Mañana me caerá una buena bronca por no haberme ido con ella, ya verás.

La Rebe saca un cigarrillo del bolso. Se acerca a Guille.

—¿Me das fuego?

Guille ilumina el cigarro de la muchacha y luego se enciende otro para él.

—¡Vamos entrando! —grita el Pelos.

Guille y la Rebe se quedan solos fumando en la puerta del pub.

El tipo que ha encontrado a Julia se agacha de nuevo. Abre su bolso. Saca una cartera plateada y un teléfono móvil con una carcasa rosa. El hombre se guarda los objetos en el bolsillo de su cazadora. Después mira a Julia. Palpa los pequeños pechos de la muchacha y baraja la posibilidad de hacer algo con ese cuerpo indefenso. La calle está vacía.

La Rebe se acerca a Guille. Sus pechos grandes ya rozan la camisa a cuadros de él.

—¿Julia se ha ido? —pregunta la chica.

Él asiente. La Rebe se acerca aún más. Sus bocas se juntan, sus lenguas se enganchan y la saliva de ambos se funde en un solo fluido viscoso. No es la primera vez. Tampoco la segunda ni la tercera.

El hombre arrastra el cuerpo de Julia por la calle. Ha localizado un cajero automático y su idea es introducirla allí dentro, fuera de las miradas de los escasos transeúntes que pasean a esas horas por el barrio.

Palpa Guille las tetas grandes de la Rebe, las espachurra con ansia, mientras su boca no se separa de la de ella. El hombre ha conseguido meter a Julia dentro del cajero del banco. Desabrocha el botón de su pantalón. Su miembro se endurece al ver el cuerpo abandonado de la chica. Guille empuja a la Rebe contra la pared de El Declive. Sus manos bajan ahora hacia la entrepierna de la chica. El tipo baja los pantalones de Julia. Marquitos sale del pub y se acerca a su amigo.

—¿Qué coño haces, Guille?

Guille se sobresalta. Por un momento cree que Julia le ha sorprendido con La Rebe. Se enfada con Marquitos al comprobar que no está.

—¿Y a ti qué te importa, tío?

Al hombre se le ha olvidado cerrar el pestillo del cajero. Una pareja entra en el estrecho espacio y le sorprende subido a horcajadas sobre la muchacha.

—¡Ey, hijo de puta! ¿Qué le estás haciendo a la chica?

La Rebe se recoloca la minifalda y decide entrar en el bar. El tipo, sin ni siquiera subirse del todo los pantalones, escapa del cajero. “El puto Marquitos”, piensa Guille. Y, de repente, una ambulancia pasa junto a ellos quebrando la oscuridad espesa con su lamento. Un hilo invisible tira de Guille, tira, tira… “¡Julia!”, piensa. “Julia”.

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La lucha final

Era joven cuando lo enviaron a luchar. Estaba en lo mejor de la vida, como se suele decir, pero no había posibilidad de escapatoria. Era su destino, el suyo y el de todos los de su casta. Primero lo llevaron a aquellos entrenamientos agotadores. Tenía la sensación de que se reían de él y eso lo enfurecía. Se volvía salvaje, y por alguna extraña razón su brutalidad generaba una satisfacción sin límites en los entrenadores.

Pasado un tiempo difícil de precisar, llegó el día de la lucha final. Sentía una soledad devastadora, colocado allí frente a su adversario. El enemigo estaba acompañado. Podía escuchar los vítores y los aplausos de todos aquellos hombres. ¿Dónde estaban los suyos? Su contrincante era un tipo escuchimizado vestido con un traje apretado y ridículo. Al principio creyó que un hombre tan delgado vestido de esa forma tan hortera no podía ser muy difícil de vencer. Pero se equivocó.

La lucha fue larga y despiadada, dolorosa y agónica… El hombre arremetió el golpe de gracia y su cuerpo negro y voluminoso se derrumbó sobre la arena, las banderillas clavadas en el lomo, la sangre brotando de su boca.


“La grandeza de una nación y su progreso moral pueden ser juzgados por la manera en que trata a sus animales” (Mahatma Gandhi).

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Palestina estrangulada, de Jorge Camacho

Palestina - CamachoNo suelo reseñar en el blog libros de poesía porque últimamente leo poco de este género. Sin embargo, hoy hago una excepción para hablar sobre el libro de mi amigo y compañero bibliotecario Jorge Camacho, que a finales de 2018 publicó un poemario titulado Palestina estrangulada.

Hay dos características para mí necesarias en una obra literaria: que el libro sea capaz de despertar emociones en el lector y que la obra sea de alguna forma un instrumento para transmitir algún tipo de crítica, denuncia u opinión más allá de la historia que cuenta. El libro de Jorge Camacho cumple con creces esta segunda característica, y lo hace con valentía y metiendo el dedo en lo más profundo de la llaga.

Como se puede intuir por el título, se trata de un libro que recoge poemas dedicados a denunciar la situación de Palestina. Se compone de veintiún poemas, todos ellos breves a excepción de un largo texto titulado “Gazal blanco sobre Gaza”, que es precisamente el que más me ha gustado. Se trata de un poema en el que se condensa de manera crítica toda la historia de la creación del estado israelí, desgranando en unos pocos centenares de versos la problemática del conflicto y la violencia en la franja de Gaza: por qué Europa cedió una tierra que no era suya (“ceder lo ajeno como si un doctor subastase un corazón, un hígado impropios”); la lucha desigual entre los dos bandos (“no escuchéis las aseveraciones de salomones farisaicos que postulan el silogismo de la simetría como si Gaza tuviera tanques, escuadras de aviones, aeropuertos…”); las promesas de Occidente para buscar soluciones que nunca llegan…

El poemario va precedido por un excelente prólogo del escritor y filósofo Santiago Alba Rico. Puede adquirirse el libro a través de la editorial Calumnia.

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Clase de Historia

clase antigua“Los Reyes Católicos reconquistaron Granada en 1492”. Don Eusebio pasea por el aula de un lado a otro. Los alumnos le observan en silencio. Un crucifijo y una foto del Generalísimo rompen la monotonía blanca de las paredes desconchadas. “El dos de enero de ese año, Boabdil el Chico entregó en la Alhambra a los Reyes Católicos las llaves de la ciudad”.

No sabe si atreverse, pero finalmente lo hace. Levanta la mano levemente, apenas unos centímetros por encima del hombro. “Don Eusebio, si los musulmanes llevaban en Granada desde hacía ocho siglos, ¿no habría que hablar de “conquista” más que de “reconquista”?”.

El hombrecillo lo mira sin dar crédito. Se rasca la calva, con sus cuatro pelos canosos habitando como mala hierba en la llanura de su cabeza. Le sudan las manos. “Esto es el colmo. ¿Desde cuándo un mocoso se va a poner a opinar en una clase de Historia?”. Se acerca al chico a paso lento. Lo agarra de una oreja y tira hacia arriba con fuerza. El niño chilla, no entiende qué sucede, pasarán años hasta que comprenda por qué el maestro se ha enojado. Don Eusebio arrastra al chiquillo insolente hasta el fondo del aula. Lo empuja al suelo. Le quita su lápiz y su cuaderno a un muchacho tembloroso que ocupa el pupitre más cercano.

“Escribe quinientas veces la siguiente frase: Los Reyes Católicos reconquistaron Granada en 1492”.


Con este relato participo en el Concurso de Zenda #UnahistoriadeEspaña

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Trono y patíbulo

Plaza Mayor−Venga, venga, daros prisa. En unas horas esto tiene que quedar como los chorros del oro –gritó el oficial de limpieza.

Arrodillada en el suelo en medio de la plaza mayor, la mujer fregaba a conciencia los restos de sangre. Ella no era quién para opinar pero, ¿a qué mente brillante se le había ocurrido celebrar una ejecución el día antes de la coronación del rey?


Este microrrelato podría formar parte de una serie titulada “Desperdicios literarios”. Lo escribí para un concurso convocado por el Ayuntamiento de Madrid con motivo de la conmemoración del cuarto centenario de la construcción de la Plaza Mayor. Y aunque es totalmente verídico lo que cuento en este relato con un humor bastante negro, no me pareció políticamente correcto y finalmente no lo envié al concurso. ¿Qué jurado en su sano juicio usaría este micro para publicitar el cuarto centenario de la plaza madrileña más emblemática?

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Literania: la feria del libro para escritores independientes

LiteraniaUna amiga escritora me contó ayer que en la segunda quincena del mes de mayo se va a celebrar en Madrid una feria del libro alternativa, “underground”, dedicada a promocionar a escritores independientes y editoriales pequeñas. Cuando comencé a escribir en este blog, mis entradas solían estar enfocadas a elaborar reflexiones sobre la lectura y la escritura (más tarde le di un giro, como muchos sabéis, y empecé a publicar microrrelatos). Una de aquellas reflexiones que escribí, allá por el año 2016, tenía por título La amenaza de la literatura independiente. Han pasado tres años desde entonces y mi visión sobre la autopublicación ha cambiado en algunos aspectos, pero sigo pensando algunas de las cosas de las que hablaba en esa entrada, como la siguiente reflexión que copio a continuación:

En un mundo competitivo como es el mercado del libro, la irrupción de la literatura independiente puede además ser vista como un elemento molesto para las grandes empresas tradicionales dedicadas al sector. Algunas de ellas, encabezadas sin duda por Amazon, han sabido augurar la oportunidad de negocio, pero otras muchas, que ni siquiera se han adaptado al libro electrónico pese a hacernos creer que sí (no hay más que ver los precios exorbitados de los libros electrónicos en nuestro país) es probable que observen el nuevo escenario con cierto temor al desmoronamiento de la maquinaria editorial consolidada a lo largo del tiempo durante siglos. De lo contrario, por poner un ejemplo, no se explica que el Reglamento de la Feria del Libro de Madrid  excluya de forma deliberada a aquellos “editores que se dediquen principalmente a la autoedición de libros, las empresas de servicios editoriales y los editores que editen a un único autor”.

No me cabe ninguna duda de que esta nueva feria del libro alternativa, Literania, ha surgido en cierto modo como una reacción a ese veto impuesto por los organizadores de la feria del libro “oficial”. En los últimos años ha surgido un nuevo y creciente nicho: el de los escritores que, bien por necesidad (sus textos no encajan en ninguna editorial que quiera publicarlos) o por decisión propia, eligen la autoedición como forma de dar a conocer su obra. Incluso podemos hablar de una nueva filosofía del arte, en la que la libertad del artista prima por encima de cualquier otra cosa.

Después de contactar con una de las organizadoras del evento (que celebra este año su segunda edición), me surgen algunas dudas sobre mi participación. Desde luego, es una oportunidad única para publicitar mi libro (el único que tengo publicado por ahora) y conocer a otros autores. Pero el gran problema de la autopublicación me viene a la cabeza y me obliga a replantearme mi asistencia. Existen dos modalidades de participación: 1) Estar en un stand con tus libros expuestos; 2) Que tu libro esté disponible en la librería general del evento y tú solo estés físicamente durante algunas horas para firma de libros. Por circunstancias personales, yo solo puedo optar a la segunda alternativa, pero el problema es el mismo elija la opción que elija. ¿Cuántos ejemplares de mi propio libro estoy dispuesta a comprar para ofrecerlos en venta en la feria? ¿Venderé alguno, muchos o ninguno? ¿Cuánto dinero estoy dispuesta a arriesgar? ¿Qué hago con los ejemplares que no consiga vender?

Cuando decidí autopublicar Las vidas que pudimos vivir pensaba al principio que el principal problema de la autoedición era la promoción. Hoy, en cambio, creo que en este aspecto no hay mucha diferencia entre autoeditarse o que te publique una editorial pequeña (lo único que de verdad marca la diferencia, nos guste o no, es conseguir un contrato de edición con una editorial consagrada). La experiencia me ha confirmado que el auténtico problema de la autopublicación (con impresión bajo demanda) es la distribución de ejemplares en papel. Ahora, con la posibilidad de asistir a esta interesante feria, me surge de nuevo el mismo problema.

Amigos escritores, no sé si conocíais este evento o no. Si es así, ¿vais a participar en él? ¿Tenéis algún consejo que darme, alguna experiencia de alguien que haya asistido a la edición del año anterior?

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Esther, galerista en prácticas, de Sadire Lleire

Esther, galerista en practicasEsther, galerista en prácticas me tocó en un sorteo que la propia autora, Sadire Lleire, realizó para promocionar su obra. Se trata de una novela corta que cuenta una historia sencilla sobre dos mujeres que se conocen de manera fortuita y deciden emprender un negocio de arte juntas.

Está escrita mediante la voz narradora de una de las protagonistas. El lenguaje empleado  es muy coloquial (tanto los diálogos como la narración). Se nota que el texto ha sido revisado a conciencia, pues no he encontrado errores tipográficos ni ortográficos (últimamente detecto más fallos de este tipo en los libros publicados por editoriales que en los autopublicados, para que luego digan…).

El género literario de la novela estaría a medio camino entre el llamado chick lit y el humor, complementado por una pequeña historia de intriga o policíaca. Lo más destacable de la novela desde mi punto de vista es el lado humorístico que la autora trata de arrancar a determinadas escenas y personajes (la familia estrafalaria de la protagonista, el tipo rico y pijo, la chica macarra y la niña bien, etc.)

La novela tiene otra parte,  Águeda, galerista en prácticas, escrita por Luis M. Núñez. No la he leído, pero intuyo que en ella se cuenta la misma historia desde el punto de vista de la otra protagonista. Este enfoque me parece a priori bastante interesante y original.

No se trata del tipo de literatura que acostumbro a leer, pero es una historia divertida y ligera que me ha sacado por unos días de las lecturas más dramáticas y densas en que suelo sumergirme.

Mi agradecimiento a la autora por el ejemplar y por la caja llena de cosas bonitas que lo acompañaba.

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Su nombre invertido

profesorEste año el premio se ha otorgado a una mujer, una escritora desconocida en los círculos literarios. Eso están diciendo en el informativo, mientras termino de sorber con desgana una sopa de cocido fría e insípida. Desconocida, eso dicen, aunque a mí su nombre me resulta familiar.

“El jurado eligió por unanimidad la novela de Violeta Silva Maestre por su excepcional recreación de un episodio histórico en el que…”. De la memoria astillada se desprende un fragmento perdido. “¿Silva Maestre, Violeta?” “Presente”. Su nombre invertido en mis labios me devuelve el olor a sudor de un aula amplia repleta de pupitres mal distribuidos. Diez minutos de clase perdidos en leer aquel listado interminable repetido en mi boca dos o tres veces por semana –no lo recuerdo bien- antes de empezar con la Generación del 98 o la poesía desarraigada.

Silva Maestre, Violeta, se sentaba en la primera fila, al lado de Sánchez Escudero, Paloma o tal vez de Toledo Suárez, Isabel. Diecisiete años escuálidos de rostro pálido y pechos planos, apenas perceptibles como breves sombras bajo su camisa blanca. Rebusco en la memoria igual que aquel año lo hacía en su examen, olfateando las hojas como un perro de presa a la caza del error esperado, la ausencia de una tilde o una coma inoportuna que le restaran al menos un par de décimas.  Asoma brevemente en el recuerdo su comentario sobre un poema de Lorca doliéndome en el pecho, minucioso y apasionado. “Es la primera vez en mi vida que le pongo a alguien un diez en un examen”, recuerdo en mis labios mientras sus ojos negros –incongruentes en su enormidad- me observan con su inteligencia silenciosa.

Miro la pantalla buscando los restos infantiles de Silva Maestre, Violeta, en el rostro maduro de la mujer que agradece su premio ante un par de micrófonos ansiosos. Fantaseo con la absurda idea de que tal vez se acuerde del viejo profesor de literatura y me nombre al menos en sus sentidos agradecimientos.

-Don Francisco, ¿quiere usted un poco más de sopa?

-Ni muerto –contesto a la bata blanca que recoge mi plato.


Con este relato participo en el concurso #hombresyalgunasmujeres convocado por Zenda.

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Los niños de Babel, de Álvaro Vadillo

Los niños de BabelÁlvaro Vadillo, autor del libro de relatos Los niños de Babel, contactó conmigo hace unos meses para ofrecerme un ejemplar de su obra. La temática llamó mi atención y acepté su ofrecimiento con agrado. Hoy comparto con vosotros mis impresiones sobre un libro impactante y duro, pero también necesario.

Los niños de Babel recopila catorce relatos ambientados en lugares del mundo muy diferentes: Haití, Líbano, Sri Lanka, Mauritania, República Democrática del Congo, Cuba, Paraguay, Irak… También España. Todos ellos comparten una característica en común: los protagonistas (o algunos de los personajes) de los relatos son niños. Algunas historias son absolutamente impactantes, tanto que parece mentira que sean verdad. Pero, lamentablemente, son verdad. Todas están basadas en experiencias reales que el autor ha visto o escuchado de boca de sus protagonistas en sus viajes a lo largo del mundo colaborando en proyectos humanitarios.

Desde el punto de vista literario, los relatos están bien escritos. De su prosa destacaría su capacidad para describir ambientes y lugares con una precisión minuciosa, haciendo que el lector se sienta como un viajero inesperado, caminando por desiertos, atravesando la espesura de la jungla o callejeando por mercados de Oriente Medio entre los gritos de los comerciantes. El autor no sólo se limita a la descripción de los espacios; los olores y los sonidos también cobran protagonismo en algunas de las historias (la música, por ejemplo, es un elemento destacado en los relatos ambientados en Cuba y la Ronda de los años 90). No abundan los diálogos, pero cuando éstos aparecen suelen estar bien escritos y adaptados al habla local (como es el caso de la jerga andaluza, argentina o dominicana).

Se aprecia también en todos los relatos un buen conocimiento de la historia y de las circunstancias geopolíticas de los países en los que se desarrollan los relatos. Cada vez que terminaba de leer una historia, sentía la necesidad de buscar más  información sobre los conflictos bélicos, las etnias o los grupos armados a los que el autor hace referencia. Quizás habría sido interesante profundizar un poco más en la contextualización política, social y religiosa, pero imagino que los relatos habrían aumentado considerablemente de extensión y quizás habrían perdido su sentido inicial, que es el de contar historias particulares dentro de la Historia en mayúsculas.

El relato que más me ha impresionado es el que se desarrolla en la República Democrática del Congo. La violencia que desprende lo que en él se cuenta escapa a toda lógica. Lo leí con angustia y me quedé con una sensación de vacío. Después de leer un relato tan estremecedor, sólo se puede concluir que en algunos lugares del mundo la vida humana no vale nada. Como decía en el párrafo anterior, la lectura me incitó a buscar más información, en este caso sobre la Segunda Guerra del Congo, cuyas brutales dimensiones llevaron a apodarla como Guerra Mundial Africana. Casi 4 millones de muertos de los que en Occidente nadie –o casi nadie- habla, en curiosa oposición a lo mucho que se habla de otras guerras.

En cualquier caso, no todas las historias que se narran son igual de terribles. Algunas acaban bien a pesar del sufrimiento de los protagonistas, en otras el amor o la camaradería se alzan por encima del mal (por ejemplo en los relatos ambientados en Cuba, Argentina o República Dominicana).

Quiero agradecer a Álvaro Vadillo la oportunidad que me ha dado de leer este libro tan especial y necesario en los tiempos que vivimos, muy recomendable para  quienes sientan la necesidad de asomarse por unas horas a la otra cara del mundo.

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