Acampada

tiendaUno de los principales inconvenientes de dormir en un camping es que, cuando en mitad de la noche te sobreviene la necesidad de vaciar la vejiga, tienes que salir de la tienda de campaña y andar varios metros hasta el baño más cercano. Más allá del riesgo de desvelarme o de tropezarme con algún obstáculo en medio de la oscuridad, nunca había tenido mayor problema en visitar los aseos del camping en mitad del sueño.

Aquella noche, mientras dormía plácidamente abrazado al cuerpo cálido de mi esposa, tuve una vez más que abandonar el espacio de la tienda para dirigirme a los baños. Quizás uno acaba adquiriendo práctica, ya que recuerdo realizar el camino de ida y vuelta sumido en una completa somnolencia, como si en realidad no hubiera despertado del todo. Cuando volví a la tienda, me acomodé en la colchoneta y abracé el cuerpo de Rosita por detrás.

No llevaba tumbado ni medio minuto cuando noté que Rosita se despertaba. Inmediatamente, se puso a gritar y a pegarme puñetazos y patadas como si estuviese inmersa en algún tipo de terror nocturno. Alarmados por los alaridos, no tardaron en acercarse a la tienda otros campistas. A la luz de las linternas que comenzaron a iluminar el interior, pude darme cuenta de que la mujer que estaba frente a mí no era Rosita. Fue difícil explicar a toda esa gente que me había equivocado de tienda.

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Tesoros en la basura

contenedorAquel barrio era tan pobre que la gente solo tiraba al contenedor inmundicias y deshechos. Cuánto echaba de menos los viejos tiempos, en los que se podían encontrar jugosos manjares apenas mordisqueados, ropa de marca casi sin estrenar, muebles de diseño en perfecto estado… Con su carrito de supermercado, ella recorría uno a uno todos los contenedores de la zona en busca de objetos que pudieran aprovecharse. Aquella noche, tan solo había conseguido salvar un par de botas con las suelas despegadas y un paquete de pan de molde con tres o cuatro rebanadas llenas de moho. Pero poco antes de terminar su ronda, cuando el alba comenzaba a asomarse por detrás de los edificios, escuchó unos llantos ahogados que llegaban del fondo de un cubo de basura. Con extrema delicadeza, extrajo al bebé de apenas unos días de vida y, quitándose su abrigo, lo envolvió y lo meció cerca de su pecho. “Yo cuidaré de ti, pequeño, yo cuidaré de ti”.

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Original Blog Post Award

Quiero agradecer a los compañeros blogueros Littlecatonthemoon y Claudia por nominarme al premio Original Blog Post Award.  Estos premios son un pequeño reconocimiento al trabajo que realizamos en nuestros pequeños espacios virtuales, donde volcamos nuestra afición por la escritura y donde compartimos un trocito de nosotros mismos, así que os agradezco mucho que me leáis y que hayáis pensado en mi pequeño blog para este reconocimiento.

Las reglas del “Original Blog Post Award” son:

  1. Hacer público el reconocimiento, mencionando a la persona que se lo entregó.
  2. Nominar a 11 ganadores. (Si se tienen más de 11, nominar hasta 22, o 33, siempre en números múltiplos).
  3. Informar a los ganadores.
  4. Escribir una pequeña nota respondiendo la pregunta ¿por qué escribes? o contando algo de tu historia.

¿Por qué escribo?

Me gusta escribir por muchos motivos: por puro entretenimiento (porque quienes escribimos sabemos lo divertido que es inventar historias, personajes, situaciones, etc.); como mecanismo de crítica y de denuncia social; como instrumento para dar mi opinión sobre diversos temas; para desahogarme o plasmar emociones que me queman por dentro y que a veces me resulta difícil expresar de otra manera…

Mis nominados:

Mis historias y otros devaneos

Macalderblog

Divagaciones en rosa

La rúbrica del cubo

¿Tienes hora?

La estaca clavada

Historias malditas, malditas historias

Ágatha te lo cuenta

Elficarosa

Tarayuela

Las palabras de Javier

 

Hay muchos más blogs que lo merecen, por supuesto.

Un abrazo y gracias a todos los que os pasáis por aquí de vez en cuando.

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Concierto para violín

violínElla tomó su violín, el mismo que llevaba tocando desde los ocho años, y lo apoyó suavemente entre el cuello y el hombro. La pieza que iba a tocar a continuación era verdaderamente compleja, tal vez una de las más difíciles jamás compuestas para ese instrumento. Cuando estudiaba el último año del conservatorio, ningún alumno en la historia de la prestigiosa institución había conseguido ejecutar esa pieza excepto ella. Tal vez el público que estaba allí aquel día fuese especialmente sensible a la música, o quizás más conocedor de la complejidad que entrañaba la melodía elegida. Fuera cual fuese la razón, los aplausos se extendieron durante varios minutos cuando el violín terminó de sonar. Y no solo fueron generosos con la ovación, sino también con la cantidad de monedas que depositaron sobre el platito de plástico que ella colocaba en el suelo de la plaza unos minutos antes de cada exhibición.

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La gasolinera

gasolineraMi amiga y yo estábamos inmersas en una animada charla mientras echábamos combustible al coche que habíamos alquilado. Nos encontrábamos en una gasolinera situada en algún punto de la carretera de Valencia. El conductor de otro vehículo que esperaba su turno detrás de nosotras hizo sonar el claxon.

—¿Qué quiere este imbécil? —dijo mi amiga, deteniendo abruptamente nuestra conversación para observar al individuo que ocupaba el vehículo­—. ¿Es que no ve que no hemos acabado?

No habían pasado ni veinte segundos cuando volvimos a escuchar el mismo sonido estridente y molesto.

—Hay que joderse —resopló mi amiga.

Para nuestra sorpresa, el tipo se bajó del coche con determinación y, una vez frente a nosotras, nos dijo:

—Llevo un buen rato tratando de avisaros de que estáis echando diésel a un coche de gasolina, pero no habéis querido hacerme ni puñetero caso.

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Líbranos del mal

rezarHabía perdido la cuenta de todos los padrenuestros que había rezado aquella noche. “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Ésta era la letanía en la que más incidía, apretando sus rodillas doloridas, solo cubiertas por la fina sotana, sobre el suelo de piedra de la pequeña estancia. Él le observaba con el rostro compungido y decepcionado, las llagas abiertas y sangrantes, clavado en una cruz de madera tallada hacía varios siglos por un artesano devoto. “No volveré a hacerlo”, se repetía a sí mismo. Pero en el fondo, pensaba que no era solo culpa suya. La culpa la tenía ese monaguillo de juventud insolente. Nunca más volvería a mirarle a los ojos, porque esa mirada profunda de tonos verdosos era la mismísima mirada del diablo, que le provocaba una y otra vez. “No nos dejes caer en la tentación. Y líbranos del mal”.

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Háblame de tu novela: Las vidas que pudimos vivir

Nuestra compañera Iris, del blog “Ágatha te lo cuenta”, me ha hecho una magnífica entrevista en el marco de su sección “Háblame de tu novela”. Le agradezco muchísimo esta entrevista y considero que está realizando un trabajo muy generoso promocionando la obra de autores independientes o poco conocidos.

agathatelocuenta

HÁBLAME DE TU NOVELA: Las vidas que pudimos vivir

Autora: Mayte Blasco

Obra: Las vidas que pudimos vivir

las vidas que pudimos vivir imagenSinopsis: Cinco mujeres deben trabajar en la fundación creada a un reconocido pintor español del siglo XIX y deben hacerlo bajo unas condiciones francamente complejas, donde la hostilidad y la desconfianza se convierten en elementos intrínsecos del día a día. Cada una de ellas posee un cargo distinto, una mentalidad diferente y un pasado convulso, y estos tres conceptos tan aparentemente poco relacionados entre sí son los que, en realidad, generan la trama de la historia.
Susana es la becaria, una chica insegura que padece los estigmas de su aspecto físico. Violeta es la bibliotecaria, una joven reaccionaria proclive a sufrir decepciones por parte de sus seres más queridos. Diana es la museóloga, una madre que lucha por mantenerse junto a su hija en una sociedad consumida por la crisis. Paola es…

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El protocolo Z

―Señor, disculpe que le moleste a estas horas, pero tenemos un problema.

―¿Qué sucede?

―Parece que la noticia que temíamos que se filtrase ha llegado finalmente a la prensa.

―¿Cómo es posible que se hayan enterado?

―Hay cosas que, por mucho que uno se empeñe en ocultar, no pueden esconderse eternamente.

―¿Y qué sugiere que hagamos?

―Me temo que habrá que recurrir al protocolo Z.

―¿Otra vez? ¿No estamos haciendo uso demasiado a menudo del protocolo Z últimamente?

―Sí, pero no nos queda otra alternativa.

―Está bien… ¿Alguna idea?

―¿Qué tal algo sobre salud pública?

―No, eso no. No tiene suficiente gancho. Necesitamos algo que haga correr ríos de tinta.

―¿Un cotilleo? ¿Tal vez un embarazo? ¿Una boda sorpresa? No, mejor aún. Un divorcio. Eso sí que da mucho que hablar.

―Eso tal vez podría valer, pero necesitamos una cortina de humo infalible.

―¿Y qué tal algo relacionado con fútbol? Ya sabe… El opio del pueblo por excelencia.

―De acuerdo. Activen el protocolo Z, pero algún día deberíamos tratar de ser algo más originales.

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En la habitación

habitacionTumbada sobre la cama, observaba distraída y somnolienta la decoración de su cuarto: viejos pósters de películas, medallas y diplomas de su época de nadadora, su título de Licenciada en Psicología con la rúbrica del monarca enmarcado en un bonito rectángulo de madera. De repente, una inconfundible notificación electrónica la despertó de su letargo. Se levantó de la cama y comprobó que, efectivamente, en su ordenador alguien la estaba esperando. Antes de iniciar la conexión, tomó un pintalabios de su mesa de noche y coloreó su boca de un rojo intenso. Después, se sentó frente a la pantalla y comenzó a hablar con su interlocutor. No tardaron en surgir de su boca las palabras cariñosas, seductoras. Antes de quitarse la camiseta, se cercioró de que estaba echado el cerrojo de su habitación. Sus padres estaban en la sala de al lado, viendo en la televisión otra de esas tertulias políticas sobre la cuestión del paro. No se sentía cómoda trabajando cuando sus padres estaban en casa, pero de lo contrario, acabaría perdiendo muchos clientes.

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Los otros hijos

bebéLa mujer acunaba al bebé de pocos meses junto a su enorme pecho y entre sus brazos fuertes. “Duérmete, mi niño, duérmete, mi rey”, le susurraba con dulzura. Estaba exhausta después de una larga jornada de crianza y de tareas del hogar. Cuando el bebé cayó en un sueño profundo, aún tuvo que esperar un par de horas más; los señores de la casa volvían a retrasarse. Y ya eran demasiadas horas, demasiados días, demasiados años cuidando de los hijos de otros mientras los suyos crecían sin ella y dejaban de ser los niños que un día fueron.

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