El éxodo inverso

campoCon habilidad experta, sus manos ajadas manejaban el arado, la rastra y la sembradora. Me sentía torpe y débil a su lado, porque aquí, en la amplia llanura de la vieja Castilla, de nada me servían mi licenciatura en Derecho y mi máster en asesoría jurídica. Mis mejores años se perdieron en un camino que había conducido a la nada. Y ahora, en el mundo real del viejo Castromocho, mi abuelo y el campo me daban aquello que la ciudad y el mundo moderno me habían negado: un futuro y un trabajo.

Este microrrelato fue seleccionado entre los finalistas que optaban al premio del VI Certamen Internacional de Relatos Cortos “EN TORNO A SAN ISIDRO”. El objetivo del concurso era fundamentalmente dar a conocer el mundo rural, mostrar sus costumbres, y resaltar los valores humanos que se pueden encontrar en él, haciendo especial hincapié en la importancia de los mayores en el medio rural.

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Volver

aviónEl tiempo cayó sobre mi cuerpo como la lluvia fina pero constante que erosiona un terreno. Tantos años pasaron, que dejé de ser quien fui. Mi acento dulce, aquel en el que las ces eran siempre eses, se endureció con la misma aspereza que mis manos. Mi piel morena, la misma que de ti heredé, se hizo aún más oscura por las muchas horas que pasé colgado de esos andamios. Todos los meses de diciembre me pedías que volviera, pero yo no podía o no quería; me faltaba dinero y me sobraban excusas. Sin embargo, aquel año no pude decirte que no. Y crucé el Atlántico soñando con volver a verte. Todos me recibisteis cuando llegué al aeropuerto. Todos excepto tú. “¿Dónde está mamá?”, le pregunté a mis hermanos. Ellos no contestaron, pero una triste certeza me desgarró el alma.

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Reseña: Las vidas que pudimos vivir

Comparto esta reseña de mi novela que la compañera bloguera Luna ha publicado en su blog Miscelánea de Luna Paniagua. Le agradezco mucho que lo haya leído y que haya publicado una entrada comentando sus impresiones.

Luna Paniagua

LAS VIDAS QUE PUDIMOS VIVIR – MAYTE BLASCO

las vidas que pudimos vivirTítulo: Las vidas que pudimos vivir

Autor: Mayte Blasco

Editorial: Autopublicado

Fecha publicación: 2015

Número páginas: 388

Edición: Ebook

Género: Ficción contemporánea

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Corazón roto

corazón rotoSolo hacía tres días que se había separado oficialmente de su mujer. Ella era una persona extremadamente sensible y no compartía en absoluto la decisión de romper una relación que ya duraba más de dos décadas. En cierto modo, y a pesar de haberla abandonado, aún la quería. Ella era la responsable de muchos de los momentos más felices de su vida. Por eso, cuando aquel médico le llamó por teléfono para comunicarle su muerte, sintió la tristeza más profunda jamás vivida. Al principio creyó que se había suicidado, pero el médico le informó que había fallecido de un infarto. “Se le rompió el corazón literalmente”. Ese fue el diagnóstico exacto.

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El galardón

parejaLa pareja llegó radiante a la ceremonia de entrega de premios. Todo el mundo los elogiaba: a él, por su inteligencia y genialidad; a ella, por su belleza y la acertada elección de su vestido. Cuando su marido subió al escenario a recoger el galardón, a ella el discurso le sonó pedante y recargado, nada que ver con el estilo sobrio por el que le habían concedido aquel premio literario. ¿Sería posible que alguien más, además de ella, se diera cuenta? En el fondo, y a pesar del pacto entre ambos, deseaba que sucediera. Empezaban a pesarle las miles de horas empleadas en la escritura de esa novela que no llevaba su nombre.

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Desconocida

cateringLa editorial que había publicado la novela de su amiga había sido muy generosa con los canapés, las bebidas y la cantidad de personas que había invitado al evento. Con una copa de vino blanco en la mano, echó un vistazo a su alrededor y decidió saludar a las escasas personas que conocía.  No tardó en acercarse a un grupo de tres chicas que habían estudiado con ella unos años atrás en la facultad. Le sorprendió la frialdad con la que la recibieron, como si no la conocieran de nada o conservaran hacia ella algún rencor antiguo que no recordaba. Decidió probar suerte con otro antiguo compañero de clase con el que se cruzó al dirigirse a la barra en busca de otra bebida. “Perdona, pero creo que te has equivocado de persona”, le respondió el muchacho, ignorándola por completo. Cuando entró en el cuarto de baño y se miró en el espejo, comprendió enseguida lo que estaba pasando. A veces olvidaba que su cara ya no era su cara. Tal vez tenían razón quienes decían que se había pasado con las operaciones de estética.

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Ansiedad

mujer móvilSu marido solía volver a casa del trabajo sobre las 18:00 horas. Aquella tarde, el reloj marcaba las 18:15 y aún no había llegado. A las 18:30 decidió llamarle por teléfono, pero no respondió. Era muy extraño que se retrasara y que no enviara ni siquiera un mensaje para avisar de su demora. A las 19:00 ella ya tenía claro que su marido había tenido un accidente. Seguía sin responder al teléfono y eso era incomprensible. A las 19:15 comenzó a tomar fuerza la hipótesis de la infidelidad. Al fin y al cabo, llevaban quince años juntos, ella estaba perdiendo la belleza de la juventud y su marido era un hombre maduro pero atractivo, una golosina ansiada por las chicas jóvenes que merodeaban por su oficina. A las 19:30 ya había pensado palabra por palabra en el rapapolvo que iba a soltarle cuando entrara por la puerta. A las 19:45, su marido apareció, muy sonriente, en el salón donde ella se mordía las uñas mientras simulaba ver la televisión. Al mirarle, se dio cuenta de que ya no llevaba el aparato de ortodoncia en los dientes y fue entonces cuando recordó que su marido tenía cita aquella tarde con el dentista.

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Desaparecida

parqueAl atravesar el parque, muy cerca de una pequeña zona infantil con columpios, me fijé en una mujer que gritaba muy nerviosa un nombre femenino: “¡Marta! ¡Marta!”. Cuando pasé a su lado, la mujer me detuvo. “Se ha perdido mi hija”, me dijo, con el gesto descompuesto. Me sentí en la obligación ética de ayudar a aquella madre desesperada, de forma que yo misma comencé a gritar el nombre de su hija. Me sorprendió que el resto de personas que se encontraban por allí no se unieran a la búsqueda. Otra mujer se acercó a mí y me lo aclaró: “No hace falta que la ayude a buscar a su hija. La niña desapareció en este parque hace ya cinco años”.

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Acampada

tiendaUno de los principales inconvenientes de dormir en un camping es que, cuando en mitad de la noche te sobreviene la necesidad de vaciar la vejiga, tienes que salir de la tienda de campaña y andar varios metros hasta el baño más cercano. Más allá del riesgo de desvelarme o de tropezarme con algún obstáculo en medio de la oscuridad, nunca había tenido mayor problema en visitar los aseos del camping en mitad del sueño.

Aquella noche, mientras dormía plácidamente abrazado al cuerpo cálido de mi esposa, tuve una vez más que abandonar el espacio de la tienda para dirigirme a los baños. Quizás uno acaba adquiriendo práctica, ya que recuerdo realizar el camino de ida y vuelta sumido en una completa somnolencia, como si en realidad no hubiera despertado del todo. Cuando volví a la tienda, me acomodé en la colchoneta y abracé el cuerpo de Rosita por detrás.

No llevaba tumbado ni medio minuto cuando noté que Rosita se despertaba. Inmediatamente, se puso a gritar y a pegarme puñetazos y patadas como si estuviese inmersa en algún tipo de terror nocturno. Alarmados por los alaridos, no tardaron en acercarse a la tienda otros campistas. A la luz de las linternas que comenzaron a iluminar el interior, pude darme cuenta de que la mujer que estaba frente a mí no era Rosita. Fue difícil explicar a toda esa gente que me había equivocado de tienda.

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Tesoros en la basura

contenedorAquel barrio era tan pobre que la gente solo tiraba al contenedor inmundicias y deshechos. Cuánto echaba de menos los viejos tiempos, en los que se podían encontrar jugosos manjares apenas mordisqueados, ropa de marca casi sin estrenar, muebles de diseño en perfecto estado… Con su carrito de supermercado, ella recorría uno a uno todos los contenedores de la zona en busca de objetos que pudieran aprovecharse. Aquella noche, tan solo había conseguido salvar un par de botas con las suelas despegadas y un paquete de pan de molde con tres o cuatro rebanadas llenas de moho. Pero poco antes de terminar su ronda, cuando el alba comenzaba a asomarse por detrás de los edificios, escuchó unos llantos ahogados que llegaban del fondo de un cubo de basura. Con extrema delicadeza, extrajo al bebé de apenas unos días de vida y, quitándose su abrigo, lo envolvió y lo meció cerca de su pecho. “Yo cuidaré de ti, pequeño, yo cuidaré de ti”.

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