Promesas que no valen nada

Ella estaba encima del escenario, ligeramente tambaleante, con el micrófono en una mano y una mancha de origen incierto estampada en mitad de su vestido fucsia. Yo la observaba desde abajo, con el cuerpo apoyado contra una imitación cutre de columna jónica —o dórica o corintia, nunca se me dio bien la arquitectura clásica—. Paloma se me acercó en ese momento.

—Mírala —me dijo—. Mira cómo sujeta el micrófono. Parece que está agarrando un pene.

Nos reímos. Nos reímos de la pobre Paula, ebria y ridícula en mitad del escenario. A decir verdad, también yo estaba ridícula aquella noche, con mi vestido blanco y largo de princesa —la princesa que no he sido nunca ni seré jamás— que de tanto arrastrarlo por el suelo sucio tenía los bajos de color grisáceo. Entonces sonó la música y ella empezó a cantar. Había escogido aquella canción de los Piratas, Promesas que no valen nada.

—Joder. Ya le vale a Paula —comentó Paloma—. ¿Cómo se le ocurre cantar esta canción el día de tu boda?

Promesas que se perderán en estas cuatro paredes, como lágrimas en la lluvia se irán, decía la canción. A mí, en cambio, no me importó. Paula acababa de divorciarse y tenía todo el derecho del mundo a cantar la canción que le diera la gana. Entendía, incluso, que pudiera pensar que las palabras que habíamos jurado unas horas antes pudieran acabar con el tiempo diluidas como lágrimas en la lluvia.

Cuando acabó la canción me acerqué a ella y la abracé fuerte.

—No te preocupes —le dije—. Ya sabes cómo funciona esta puta vida. Hoy estás abajo, estás hundida, pero mañana, o tal vez dentro de un año, las cosas cambiarán y estarás arriba de nuevo. Y quizás entonces, no lo sé, ojalá me equivoque, pero quizás entonces seré yo la que esté abajo, completamente hundida en el barro.

Hoy, algunos años más tarde de aquella escena que recuerdo como si fuera ayer, soy yo la que está subida en un escenario. Tengo un micrófono en la mano y una falda fucsia salpicada de salsa de champiñones. Paula me observa desde abajo, con su vestido blanco y largo de princesa. Paloma se le acerca y se ríen. Quizás Paula intuya qué canción he elegido para cantar esta noche. Suena la música y acerco mis labios al micrófono. Canto, canto con mi voz ebria y desafinada. El círculo se cierra.

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Madrid, 1605 (de Eloy M. Cebrián y Francisco Mendoza)

Madrid, 1605

Hace un par de días terminé la novela Madrid, 1605, un libro que tenía interés en leer desde hacía tiempo.  Este deseo se debía a dos motivos: en primer lugar, se lo había prometido a uno de sus autores, Paco Mendoza. Por otro lado, el tema me resultaba atrayente por su relación con el trabajo al que me dedico desde hace unos años.

El argumento de la novela, explicado de manera breve, es el siguiente: Erasmo López de Mendoza es un bibliófilo y profesor jubilado que, de forma inesperada, encuentra un manuscrito del siglo XVII en el que un tal Gonzalo de Córdoba relata la crónica de cómo se gestó el Quijote y los avatares por los que tuvo que pasar la obra hasta que finalmente fue impresa. Al comienzo de la crónica, Gonzalo de Córdoba anticipa la posibilidad de ofrecer al lector algunas pistas sobre el paradero del manuscrito original del Quijote. A lo largo de la novela, Erasmo López de Mendoza, ayudado por Pilar, una antigua alumna, tratará de descifrar la crónica completa  de Gonzalo, tarea que no resultará nada fácil debido a un sinfín de problemas relacionados con la integridad del manuscrito y la codicia de otros bibliófilos, libreros y personajes varios que también desean localizar como sea el manuscrito autógrafo de Cervantes.

Como puede deducirse de esta breve sinopsis, el género del libro discurre entre la novela histórica y la novela de aventuras. Se van simultaneando las dos historias: la del bibliófilo contemporáneo y la de la crónica del siglo XVII. Tanto en una como en otra, se observa una mezcla entre la ficción y la realidad:

En la parte de la novela ambientada en el Siglo de Oro, desfilan un buen número de personajes que existieron en la vida real: Miguel de Cervantes, Lope de Vega, el duque de Sessa, las Cervantas (nombre que recibían las mujeres que rodeaban al escritor, esto es, su esposa, sus hermanas y su hija), Francisco de Robles (librero que costeó y vendió la primera edición de El Quijote), etc. Pero también aparecen personajes inventados, como el propio Gonzalo de Córdoba, y es evidente que la ficción campa a sus anchas en toda la historia ya que se trata de una novela. Sin embargo, a pesar de que nos encontramos ante una historia inventada sobre cómo se gestó El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, hay muchas alusiones a referencias y hechos con una base científica. Por ejemplo, la novela se vale de una teoría que afirma que El Quijote fue al principio una novela corta al estilo de sus Novelas ejemplares.

Algunas de las frases que dicen los personajes son también cosas que dijeron –o, más bien, escribieron- en la vida real. Este es el caso de esa famosa frase de Lope de Vega  que se encuentra en una copia manuscrita conservada en la Biblioteca Nacional: “Nadie hay tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a Don Quijote”. Tal vez fuera esta frase y otras evidencias conocidas las que dieron pie a los autores de la novela para basar gran parte de la historia en la rivalidad que al parecer existió entre Cervantes y Lope de Vega. Desde mi punto de vista, no dudo que existieran desavenencias entre ambos, aunque sí que creo que el pobre Lope sale muy mal parado en esta novela….

Es muy destacable lo bien ambientado que está el Madrid de principios del siglo XVII: sus calles, sus gentes, el ambiente de los corrales de comedias… Me hizo mucha gracia una referencia que no conocía. Al parecer, existía un tipo de habitación en las pensiones que se llamaba “media con limpio”, y que consistía en pagar una cama en una habitación para dormir al lado de un desconocido que estuviera más o menos limpio y libre de enfermedades contagiosas.

Hay que valorar también el esfuerzo de los autores por escribir esta parte imitando el lenguaje y la manera en la que se expresaban los escritores del siglo XVII.

En la parte de la novela ambientada en la actualidad, también se observa una curiosa mezcla entre la ficción y la realidad. Aunque algo de esto se comenta en los agradecimientos del final, para quienes conocemos a Paco Mendoza y además trabajamos en la Biblioteca Nacional, no nos resulta complicado detectar en la novela ciertos parecidos evidentes. El protagonista, Erasmo López de Mendoza, es un clarísimo alter ego de Francisco Mendoza (no se molesta nada en disimularlo, de hecho). Ambos son profesores jubilados, bibliófilos, visten camisas hawaianas y, en general, su personalidad es sospechosamente parecida. Al leer la novela, todo el rato estaba viendo a Francisco Mendoza en mi cabeza, lo cual me ha divertido bastante. Pero también aparecen otros personajes inspirados en personas reales: Martín Abad (bibliotecario ya jubilado especialista en fondo antiguo al que Mendoza, como premio a su amistad, asciende a director de la Biblioteca Nacional en su novela), Hernán Pérez (personaje inspirado en un restaurador que actualmente sigue trabajando en la Nacional), Epifanio Caballero (personaje basado también en otro restaurador amigo de Paco)…

De esta parte de la novela destacaría lo bien ambientado y explicado que está el mundillo del comercio del libro antiguo, algo que Mendoza conoce bien: las subastas, las librerías anticuarias… Incluso también el submundo de los traperos que se dedican a vaciar las bibliotecas de viejos bibliófilos fallecidos para venderlas. Tanto el personaje como la persona real aman los libros no solo por lo que cuentan, sino también por lo que significan como objetos (en eso consiste la bibliofilia), y me ha hecho gracia que, a pesar de todo, personaje y autor hayan sido capaces de reírse un poco de ese fetichismo un tanto absurdo que inevitablemente encierra esa afición: “Acababa de gastar 7.000 euros en unos trocitos de papel que cuatro siglos y medio antes, cuando estaban completos y nuevos, no habrían costado ni un maravedí, y que más tarde alguien consideró inservibles hasta el extremo de emplearlos para fabricar cartón”.

En esta parte de la historia ocurren algunas cosas un tanto “peliculeras”, por llamarlo de alguna forma. Pero al fin y al cabo, se trata de una novela de aventuras, así que era totalmente lícito insertar esos fragmentos de héroes y villanos tan típicos del género.

La Biblioteca Nacional es un elemento importante en esta historia. Se habla de ella en muchos momentos y una de las escenas más importantes transcurre en su sede de Alcalá de Henares, a la que se describe maravillosamente bien, incluso con un tono poético inexistente en el resto del libro (me encantó esa imagen del edificio como un “gigante dormido”. “Los anaqueles repletos de libros formaban el cerebro del gigante. Y las salas que ahora recorrían contenían sus recuerdos más antiguos”).

La prosa en esta parte de la novela está escrita con un lenguaje contemporáneo. Es una prosa correcta, cuidada y salpicada de humor y sarcasmo por todas partes.

Por último, he de decir que el epílogo me ha parecido de lo mejor de la novela. Ese diálogo final es absolutamente genial.

Madrid, 1605 quedó finalista en los Premios de Novela Fernando Lara y fue editada por Algaida. Creo que la edición impresa está agotada, pero se puede adquirir la versión electrónica. Yo la compré por Amazon.

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La piscina

Ella me miraba todo el tiempo. Fingía que hablaba con esas otras madres que tomaban el sol tumbadas sobre la hierba, pero de reojo me observaba. Su forma de mirarme no era como la de esas chiquillas que soltaban risitas ridículas cuando pasaba por su lado. No, su forma de mirarme era aterradora y triste al mismo tiempo. Sus ojos me helaban el corazón.

No entiendo por qué ella seguía yendo a esa piscina. Supongo que no había muchas más cosas que hacer en ese pueblo maldito perdido en un lugar de La Mancha cuyo nombre no podré olvidar jamás. Tampoco tenía sentido que yo siguiera allí, así que decidí dejar el trabajo de socorrista antes de que acabara el verano. “No tienes por qué irte ahora”, me dijo el jefe. “Lo de ese chiquillo no fue culpa tuya. Los accidentes ocurren”. Seguramente ella no opinaba lo mismo. Tal vez debí decirle algo antes de marcharme, aunque cualquier disculpa habría sonado ridícula y absurda.

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“Juventud”, relato finalista en el VI Certamen de Cuento Corto Madrid Sky

El pasado 27 de junio se celebró en Madrid un evento literario organizado por la Asociación de escritores Primaduroverales, durante el cual se entregaron los premios del VI Certamen de Cuento Corto Madrid Sky. Mi relato titulado “Juventud” estaba entre los ocho finalistas. Aunque no fui galardonada finalmente, estar allí esa tarde fue todo un honor.

La Asociación Primaduroverales organizó un acto fabuloso al que fuimos convocados los ocho finalistas. A cada escritor seleccionado se le dedicó un tiempo del evento. Ocho personas fueron elegidas previamente para leer nuestro relatos -en mi caso, agradezco a Esmeralda Octavi la estupenda lectura que hizo de mi cuento-, se estableció un coloquio con los autores y el jurado realizó una pequeña valoración de los relatos seleccionados.

Este año, los cuentos presentados al certamen tenían que comenzar con la frase: “No quería imaginar cómo había llegado hasta allí”. Mi propuesta fue un relato distópico inspirado en una noticia real publicada en los periódicos en 2018. En esta noticia, unos científicos aseguraban que en 2045 sería posible vivir eternamente sin envejecer gracias a la manipulación genética.  Al leer esta noticia, pensé en la cantidad de problemas que se producirían en el mundo si esto realmente llegara a ocurrir. Uno de los problemas que me planteé fue el de siempre: ¿quién podrá acceder a esos tratamientos para vivir eternamente? Evidentemente, la clase adinerada de los países desarrollados sería la que podría permitírselos, mientras que la enfermedad y el envejecimiento serían problemas exclusivos de las clases sociales más bajas. Con este planteamiento, escribí mi pequeño relato que acaba de publicarse en el blog de la Asociación y que podéis leer  junto con la valoración del jurado.

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Las chicas del club

“Cómetela”, le dice una de las chicas rubias de melena larga. Ella observa el animal muerto con una mezcla de miedo y asco. “Pero… Es una rana muerta”, musita ella mientras escucha el crepitar de las hogueras de San Juan que arden en la playa. “Si quieres ser de nuestro club, tienes que comértela”, insiste otra de las chicas guapas. Coge al anfibio por una pata trasera y muerde la otra cerrando los ojos, sintiendo el nauseabundo tacto fibroso en su boca mientras las chicas del club se ríen y lo graban con sus móviles para colgarlo en la red.


Con este relato participo en el reto de escritura de junio del blog de Lídia Castro.

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El Declive

calle oscura

— Me duele mucho la cabeza, Guille —dice Julia mientras caminan atravesando la negrura del barrio. Las farolas son escasas e iluminan con penuria, como si la roña que cubre sus pantallas blancas impidiera que la luz del interior pudiera salir del todo hacia afuera.

“Ya está otra vez con las putas migrañas”, piensa él. Pero le dice:

— ¿Quieres irte a casa? ¿Te paro un taxi?

— Sí —responde ella, colocando la palma de su mano sobre la frente.

Delante de ellos caminan sus amigos. El Pelos, Cuadrado y Marquitos. Hoy también les acompañan Susana y la Rebe. Julia mira los tacones altos de la Rebe. “Yo no me pondría esos zapatos ni para ir a una boda”, piensa.

— Venga, en cuanto vea un taxi lo paro y te vas a casa a descansar —le dice Guille a su novia. “Espero que no me pida que la acompañe y me joda la noche”.

Los chicos están nerviosos, Guille incluido. Julia sabe que la presencia de la Rebe los altera. Un semáforo en rojo para los peatones. El grupo se detiene. El Pelos se coloca detrás de la Rebe y hace un gesto obsceno, provocando la carcajada de sus colegas. La chica se da la vuelta. Sus pechos sobresalen generosamente por encima de la camiseta estrecha y escotada. Se ríe la Rebe.

—Deja de hacer el guarro, Pelos —le dice.

Cruzan los chavales la calle. Guille se ha incorporado a la primera línea dejando a Julia detrás. Se dirigen a El Declive, un pub donde sirven alcohol barato que al día siguiente les deja una resaca espantosa. Un nuevo semáforo en rojo. Cuadrado mira a los lados y echa a correr.

—¡Vamos, mariquitas, que no viene ningún coche! —grita.

Todos cruzan a la carrera excepto Julia. Un dolor agudo, insoportable, la paraliza. El dolor ha comenzado en la frente, pero rápidamente se desparrama por el resto del cráneo, tensa su cuello, agarrota su tórax. Quiere gritar. “¡Esperadme, por favor!” Pero el chillido se congela en su garganta. Su novio y sus amigos no se percatan de su ausencia. Siguen caminando y riendo. Guille mira las piernas de la Rebe, el culo de la Rebe.

Julia se ha desplomado en el suelo. Solo tarda unos segundos en perder la consciencia. Ha caído con las piernas fuera de la acera. Un coche podría pasar ahora a toda velocidad y quebrar sus extremidades como si se tratara de ramas secas. Un hombre que cruza desde el otro lado la ve. Se acuclilla junto a ella. Apoya su cabeza sobre el pecho de la muchacha para cerciorarse de que la chica respira. “Respira”, piensa el hombre. Se pone de pie y tira de los brazos de Julia para colocar su cuerpo fuera de la carretera.

Los chavales han llegado a la puerta de El Declive.

—¿Dónde está Julia? —pregunta Marquitos a Guille. Este mira alrededor. Se da cuenta por primera vez de que Julia no está con ellos.

—Ni puta idea —contesta—. Le dolía la cabeza, así que a lo mejor se ha pirado. Mañana me caerá una buena bronca por no haberme ido con ella, ya verás.

La Rebe saca un cigarrillo del bolso. Se acerca a Guille.

—¿Me das fuego?

Guille ilumina el cigarro de la muchacha y luego se enciende otro para él.

—¡Vamos entrando! —grita el Pelos.

Guille y la Rebe se quedan solos fumando en la puerta del pub.

El tipo que ha encontrado a Julia se agacha de nuevo. Abre su bolso. Saca una cartera plateada y un teléfono móvil con una carcasa rosa. El hombre se guarda los objetos en el bolsillo de su cazadora. Después mira a Julia. Palpa los pequeños pechos de la muchacha y baraja la posibilidad de hacer algo con ese cuerpo indefenso. La calle está vacía.

La Rebe se acerca a Guille. Sus pechos grandes ya rozan la camisa a cuadros de él.

—¿Julia se ha ido? —pregunta la chica.

Él asiente. La Rebe se acerca aún más. Sus bocas se juntan, sus lenguas se enganchan y la saliva de ambos se funde en un solo fluido viscoso. No es la primera vez. Tampoco la segunda ni la tercera.

El hombre arrastra el cuerpo de Julia por la calle. Ha localizado un cajero automático y su idea es introducirla allí dentro, fuera de las miradas de los escasos transeúntes que pasean a esas horas por el barrio.

Palpa Guille las tetas grandes de la Rebe, las espachurra con ansia, mientras su boca no se separa de la de ella. El hombre ha conseguido meter a Julia dentro del cajero del banco. Desabrocha el botón de su pantalón. Su miembro se endurece al ver el cuerpo abandonado de la chica. Guille empuja a la Rebe contra la pared de El Declive. Sus manos bajan ahora hacia la entrepierna de la chica. El tipo baja los pantalones de Julia. Marquitos sale del pub y se acerca a su amigo.

—¿Qué coño haces, Guille?

Guille se sobresalta. Por un momento cree que Julia le ha sorprendido con La Rebe. Se enfada con Marquitos al comprobar que no está.

—¿Y a ti qué te importa, tío?

Al hombre se le ha olvidado cerrar el pestillo del cajero. Una pareja entra en el estrecho espacio y le sorprende subido a horcajadas sobre la muchacha.

—¡Ey, hijo de puta! ¿Qué le estás haciendo a la chica?

La Rebe se recoloca la minifalda y decide entrar en el bar. El tipo, sin ni siquiera subirse del todo los pantalones, escapa del cajero. “El puto Marquitos”, piensa Guille. Y, de repente, una ambulancia pasa junto a ellos quebrando la oscuridad espesa con su lamento. Un hilo invisible tira de Guille, tira, tira… “¡Julia!”, piensa. “Julia”.

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La lucha final

Era joven cuando lo enviaron a luchar. Estaba en lo mejor de la vida, como se suele decir, pero no había posibilidad de escapatoria. Era su destino, el suyo y el de todos los de su casta. Primero lo llevaron a aquellos entrenamientos agotadores. Tenía la sensación de que se reían de él y eso lo enfurecía. Se volvía salvaje, y por alguna extraña razón su brutalidad generaba una satisfacción sin límites en los entrenadores.

Pasado un tiempo difícil de precisar, llegó el día de la lucha final. Sentía una soledad devastadora, colocado allí frente a su adversario. El enemigo estaba acompañado. Podía escuchar los vítores y los aplausos de todos aquellos hombres. ¿Dónde estaban los suyos? Su contrincante era un tipo escuchimizado vestido con un traje apretado y ridículo. Al principio creyó que un hombre tan delgado vestido de esa forma tan hortera no podía ser muy difícil de vencer. Pero se equivocó.

La lucha fue larga y despiadada, dolorosa y agónica… El hombre arremetió el golpe de gracia y su cuerpo negro y voluminoso se derrumbó sobre la arena, las banderillas clavadas en el lomo, la sangre brotando de su boca.


“La grandeza de una nación y su progreso moral pueden ser juzgados por la manera en que trata a sus animales” (Mahatma Gandhi).

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Palestina estrangulada, de Jorge Camacho

Palestina - CamachoNo suelo reseñar en el blog libros de poesía porque últimamente leo poco de este género. Sin embargo, hoy hago una excepción para hablar sobre el libro de mi amigo y compañero bibliotecario Jorge Camacho, que a finales de 2018 publicó un poemario titulado Palestina estrangulada.

Hay dos características para mí necesarias en una obra literaria: que el libro sea capaz de despertar emociones en el lector y que la obra sea de alguna forma un instrumento para transmitir algún tipo de crítica, denuncia u opinión más allá de la historia que cuenta. El libro de Jorge Camacho cumple con creces esta segunda característica, y lo hace con valentía y metiendo el dedo en lo más profundo de la llaga.

Como se puede intuir por el título, se trata de un libro que recoge poemas dedicados a denunciar la situación de Palestina. Se compone de veintiún poemas, todos ellos breves a excepción de un largo texto titulado “Gazal blanco sobre Gaza”, que es precisamente el que más me ha gustado. Se trata de un poema en el que se condensa de manera crítica toda la historia de la creación del estado israelí, desgranando en unos pocos centenares de versos la problemática del conflicto y la violencia en la franja de Gaza: por qué Europa cedió una tierra que no era suya (“ceder lo ajeno como si un doctor subastase un corazón, un hígado impropios”); la lucha desigual entre los dos bandos (“no escuchéis las aseveraciones de salomones farisaicos que postulan el silogismo de la simetría como si Gaza tuviera tanques, escuadras de aviones, aeropuertos…”); las promesas de Occidente para buscar soluciones que nunca llegan…

El poemario va precedido por un excelente prólogo del escritor y filósofo Santiago Alba Rico. Puede adquirirse el libro a través de la editorial Calumnia.

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Clase de Historia

clase antigua“Los Reyes Católicos reconquistaron Granada en 1492”. Don Eusebio pasea por el aula de un lado a otro. Los alumnos le observan en silencio. Un crucifijo y una foto del Generalísimo rompen la monotonía blanca de las paredes desconchadas. “El dos de enero de ese año, Boabdil el Chico entregó en la Alhambra a los Reyes Católicos las llaves de la ciudad”.

No sabe si atreverse, pero finalmente lo hace. Levanta la mano levemente, apenas unos centímetros por encima del hombro. “Don Eusebio, si los musulmanes llevaban en Granada desde hacía ocho siglos, ¿no habría que hablar de “conquista” más que de “reconquista”?”.

El hombrecillo lo mira sin dar crédito. Se rasca la calva, con sus cuatro pelos canosos habitando como mala hierba en la llanura de su cabeza. Le sudan las manos. “Esto es el colmo. ¿Desde cuándo un mocoso se va a poner a opinar en una clase de Historia?”. Se acerca al chico a paso lento. Lo agarra de una oreja y tira hacia arriba con fuerza. El niño chilla, no entiende qué sucede, pasarán años hasta que comprenda por qué el maestro se ha enojado. Don Eusebio arrastra al chiquillo insolente hasta el fondo del aula. Lo empuja al suelo. Le quita su lápiz y su cuaderno a un muchacho tembloroso que ocupa el pupitre más cercano.

“Escribe quinientas veces la siguiente frase: Los Reyes Católicos reconquistaron Granada en 1492”.


Con este relato participo en el Concurso de Zenda #UnahistoriadeEspaña

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Trono y patíbulo

Plaza Mayor−Venga, venga, daros prisa. En unas horas esto tiene que quedar como los chorros del oro –gritó el oficial de limpieza.

Arrodillada en el suelo en medio de la plaza mayor, la mujer fregaba a conciencia los restos de sangre. Ella no era quién para opinar pero, ¿a qué mente brillante se le había ocurrido celebrar una ejecución el día antes de la coronación del rey?


Este microrrelato podría formar parte de una serie titulada “Desperdicios literarios”. Lo escribí para un concurso convocado por el Ayuntamiento de Madrid con motivo de la conmemoración del cuarto centenario de la construcción de la Plaza Mayor. Y aunque es totalmente verídico lo que cuento en este relato con un humor bastante negro, no me pareció políticamente correcto y finalmente no lo envié al concurso. ¿Qué jurado en su sano juicio usaría este micro para publicitar el cuarto centenario de la plaza madrileña más emblemática?

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