Para Max

Dibujo corazónTengo la casa empapelada con esos dibujos abstractos que pintas, llenos de rayas y círculos de colores. Quizás sea lo más cercano al arte contemporáneo que podré tener en mi vida.

Eres tan posesivo que no soportas que hable con nadie. Me quieres para ti y solo para ti. Y a mí, en cierto modo, me gusta. Me encanta saber que soy única, que nadie podrá jamás reemplazarme.

A veces no te gustan las comidas que te preparo y eso me molesta. Me irrita mucho más de lo que imaginas. Si por ti fuera, nos pasaríamos la vida comiendo pizza todos los días.

Siempre hay que ver en la televisión lo que tú digas; incluso te enfadas si pongo el telediario. Pero sabes que me estás llevando a tu terreno y a veces me sorprendo riendo cuando vemos tu serie favorita.

Te gusta mirar la luna incluso cuando es de día. La buscas detrás de las nubes, detrás de los edificios. Ojalá pudiésemos vivir en el campo, para que pudieras verla siempre acompañada por las estrellas.

Cantas bastante mal, pero me río tanto cuando lo haces… Por favor, no dejes nunca de hacerlo.

Eres tan guapo que me quedo pasmada mirándote. Nunca he visto unos ojos como los tuyos, con esas pestañas inmensas como de dibujo animado.

A menudo tengo miedo de perderte. Y me acosan sueños terribles que solo se calman cuando escucho que respiras. También le temo al paso del tiempo y a que tal vez, algún día, mi compañía deje de interesarte.

Nunca quieres irte solo a la cama. Y yo, aunque no tenga sueño, tengo que tumbarme a tu lado. Te acaricio la cara y te beso. Te digo que te quiero. Y entonces tú me respondes, en tu lengua no siempre inteligible: “Mami, yo también te quiero”.

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La boda

Pareja en un coche Antes de despedirse, se besaron largamente en el interior del coche. Fue él quien tomó la iniciativa de separar su boca de esos otros labios que lo arrastraban.

—Bueno —suspiró ella—. Mañana nos vemos en la boda.

—Sí, mañana nos vemos. Serás la más guapa de todas, y yo me moriré en cuanto te vea —respondió él.

Después, abrió la puerta del lado del copiloto y salió. Se quedó allí de pie unos minutos, agitando la mano lánguidamente mientras veía alejarse el coche. Cuando subió a casa, solo había luz en el dormitorio. Se acercó despacio y vio que aún estaba despierta.

—Hola, cariño —le dijo ella—. ¡Qué ganas tenía de que llegaras! Habría que denunciar a tu jefe por tenerte trabajando hasta estas horas el día antes de tu boda.

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El mundo después del cumpleaños, de Lionel Shriver

Ayer terminé de leer un libro que me ha fascinado, El mundo después del cumpleaños, de la escritora norteamericana Lionel Shriver.

Esta novela aborda de lleno un tema que siempre me ha inquietado (a veces incluso me ha obsesionado): cómo influyen nuestras decisiones en la vida que vivimos y la incertidumbre de saber si habríamos sido más felices actuando de otra manera. (Mi propia novela hace alusión en su título a esta inquietante cuestión).

El argumento de El mundo después del cumpleaños es el siguiente: Irina y Lawrence son dos norteamericanos afincados en Londres. Llevan diez años juntos y tienen una vida tranquila en la que se compenetran bien. Son amigos de otra pareja, Ramsey y Jude y, cada año, el día 6 de julio siempre celebran el cumpleaños de Ramsey los cuatro juntos. Ramsey y Jude sufren una crisis matrimonial y se divorcian, y un 6 de julio en el que su pareja, Lawrence, se encuentra de viaje en el extranjero, Irina se encuentra en la tesitura de si cenar ella sola con Ramsey o tratar de “escaquearse”. Aunque Ramsey no le cae mal, siente que tiene poco en común con él. Finalmente, y por insistencia de Lawrence, que no quiere quedar mal, Irina va a cenar con Ramsey. Pero durante esa cita surge entre ellos dos una atracción tan fuerte que Irina siente por un instante el inevitable deseo de besarle.

A partir de ese momento, la historia se bifurca en dos vidas paralelas: la de la Irina que decide dejarse llevar y besar a Ramsey, por un lado, y la de la Irina que decide ser fiel a su pareja y no hacerlo, por otro. Los capítulos dedicados a cada vida paralela se van alternando en la narración. He de reconocer que al principio la idea de leer dos historias en una no me terminaba de convencer, pero según pasaba las páginas me fui sintiendo totalmente enganchada a las dos vidas de Irina.

El libro analiza con gran acierto las relaciones de pareja, y es difícil que en algún punto de las dos historias una no se sienta identificada con alguna relación vivida.  Los problemas de Irina y Lawrence pueden hacerse extensibles a muchas parejas que hayan convivido juntas durante mucho tiempo: las pequeñas rutinas que con el tiempo se convierten en costumbres inamovibles, el enfriamiento de las relaciones sexuales, la falta de comunicación, no expresar lo suficiente el amor que se siente hacia la otra persona… Pero sobre todo, la novela es un auténtico tratado sobre la infidelidad. Hay un momento del libro en el que alguien dice: “La fidelidad empieza en la cabeza”. Y creo que es totalmente cierto. Abundan las reflexiones sobre el sentido de la culpa:

“La cuestión de si somos responsables de nuestros sentimientos si las emociones son bombardeos a los que estamos expuestos sin remedio, o tretas en las que somos cómplices activos la torturaba a diario. ¿Son algo que padecemos o algo que hacemos? Podemos controlar lo que hacemos, pero ¿podemos controlar lo que sentimos?”

Además de los mucho que el libro te hace reflexionar, la novela es muy divertida y los personajes están tan bien trabajados que podrían ser personas reales. La autora mezcla magistralmente la ironía con el drama, detectando en su estilo un patrón común que ya he leído en otros escritores norteamericanos de su generación y que he de reconocer que me fascina.

Durante la novela hay muchas alusiones a acontecimientos históricos, sobre todo acaecidos en Gran Bretaña (el fin del conflicto de Irlanda del Norte, la muerte de Diana de Gales, la epidemia de las vacas locas…) y también otros con trascendencia internacional (los atentados del 11-S…). Todas estas cuestiones históricas sirven a la autora para profundizar en las distintas personalidades de los personajes, haciéndoles reaccionar de distintas formas.

Ni siquiera al final del libro, después de saber a dónde llevan a Irina sus dos decisiones, no queda del todo claro cuál de los dos caminos la hizo más feliz. En cada uno de ellos vive cosas diferentes, algunas buenas y otras malas. Y en eso, al fin y al cabo, consiste la vida.

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La mujer perfecta

El lunes comió con Marta, una morena bonita, culta y de conversación inteligente. Pero Marta era muy bajita y a él le gustaban las mujeres altas. El miércoles quedó con Mónica, una chica sensual de ojos verdes y pechos grandes. Pero Mónica tenía un inconveniente: no le gustaba ver películas en versión original y él, bajo ningún concepto, estaba dispuesto a ir al cine a ver versiones dobladas. El viernes cenó con Cristina. Esta vez casi creyó encontrar a la mujer de su vida. Cristina poseía todo lo que él buscaba en una mujer, salvo por un detalle: tenía un hijo de una relación anterior. Y él, por descontado, no estaba dispuesto a cargar con los niños de otros. El sábado no le quedaban citas pendientes, pero no importaba. Accedió a la aplicación del móvil y pensó que, en ese extenso catálogo, seguro que acabaría encontrando a la mujer perfecta.

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Proceso de selección

reunión—Tenemos aquí los expedientes de los dos candidatos —comentó el gerente—. Parece que ambos tienen una preparación excelente.

La directora de Recursos Humanos y el jefe de Desarrollos Informáticos asintieron en silencio.

—Me gustaría conocer, en primer lugar, cuál es vuestra opinión —continuó el gerente.

Los otros dos se observaron, preguntándose con la mirada quién empezaba primero.

—Las señoritas primero, cómo no —dijo el jefe de Desarrollos Informáticos.

“Los ancianos primero”, pensó ella. Pero solo dijo:

—No, no, usted primero.

Como sabían que al gerente no le gustaba perder el tiempo en las reuniones, terminaron enseguida con la farsa sobre buenos modales y el jefe de Desarrollos Informáticos comenzó sus alegaciones.

—Desde mi punto de vista, el currículum de doña Raquel Suárez es magnífico. Pero creo que don Jaime Martínez es un candidato más adecuado para los propósitos de la empresa.

—Lamento interrumpir, pero he de decir que discrepo  —intervino la directora de Recursos Humanos.

—Bueno… Don Jaime Martínez ha estudiado un máster en sistemas hardware y software avanzados —dijo el jefe de Desarrollos Informáticos, señalando con el dedo un punto concreto de la hoja que tenía delante.

—Efectivamente. Y doña Raquel también, solo que su título está en inglés porque ella fue a estudiar el máster a la Universidad de Berkeley.

—Las universidades norteamericanas están algo sobrevaloradas desde mi punto de vista —respondió él.

“Sí, por eso han salido más de 70 premios Nobel de esa universidad”, pensó ella. Pero solo dijo:

—Es un máster excelente. He comprobado el programa.

—¿Y qué me dicen de los idiomas? —continuó el jefe de Desarrollos Informáticos—. Don Jaime Martínez habla tres lenguas: inglés, francés y español.

—Doña Raquel habla cuatro: inglés, francés, español y chino —contraatacó la directora de Recursos Humanos.

—Bueno, lo de que hable chino no es demasiado útil, ¿no? —contestó el jefe de Desarrollos Informáticos.

“Claro, salvo por el insignificante detalle de que es la lengua más hablada del mundo”, pensó ella. Pero solo dijo:

—Doña Raquel tiene acreditado un nivel alto en todos los idiomas que asegura conocer.

El gerente los miraba con expresión impaciente y ceñuda.

—Bueno, entonces parece evidente que la mejor candidata es doña Raquel Suárez. Las pruebas parecen concluyentes. Por favor, informen a los candidatos lo antes posible del resultado del proceso —dijo el gerente, levantándose de la silla.

—Eh… Un momento. Yo tengo algo más de información —comenzó a decir con ansiedad el jefe de Desarrollos Informáticos.

—Adelante —dijo el gerente, tomando asiento de nuevo.

—He estado investigando un poco. Ya saben: cuentas de facebook, twitter, instagram…

—¿Algo interesante? ­—preguntó el gerente.

—El chaval tiene un par de tweets un poco machistas. En fin, chistes sin importancia sobre esa chorrada de la igualdad…

—¿Y ella? —quiso saber el gerente.

—Me temo que hay una foto de un bebé en su perfil de whatsapp —comentó el jefe de Desarrollos Informáticos con fingida pesadumbre.

“Si es madre, seguro que será una persona muy responsable”, pensó la directora de Recursos Humanos. Pero solo dijo:

—¿No puede ser un sobrino?

—Lo dudo —respondió el jefe de Desarrollos Informáticos.

El gerente pareció dudar durante un momento. Después miró el reloj y añadió:

—Bien, entonces la decisión está clara. Informen al candidato seleccionado. Se da por terminada la reunión.

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¿Existe machismo en el mundo literario?

8 de marzoMañana es 8 de marzo y se celebra el Día Internacional de la Mujer. Desde mi punto de vista, es un día importante y necesario, un día que conmemora la lucha por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, una lucha que va obteniendo resultados poco a poco, pero a la que aún le queda mucho camino por recorrer.

Todos sabemos que existe machismo en la política, en el deporte, en el mundo laboral… Pero quiero aprovechar la conmemoración de este día para hacer una reflexión sobre si también existe machismo en el tema que nos ocupa: la literatura.

Antes de nada, me gustaría dejar claro lo siguiente: me encanta la literatura en su sentido más amplio y no escojo mis lecturas en función de si el libro lo ha escrito un hombre o una mujer. He leído libros estupendos escritos por hombres, del mismo modo que hay maravillas literarias cuyas autoras son mujeres. Es cierto que, en el caso de la literatura realista e intimista, siento un poco más de empatía hacia los personajes femeninos escritos por mujeres. Al fin y al cabo, nosotras, por el hecho de ser mujeres, conocemos mejor nuestra propia psicología. Pero solo es una preferencia sutil que no determina lo que leo o lo que dejo de leer.

Expongo a continuación algunas realidades que ponen de manifiesto el fuerte machismo que ha existido en el mundo literario y que, lamentablemente, todavía hoy continúa:

Mujeres en la sombra

Hasta el último tercio del siglo XX (es decir, hasta hace tres días), las mujeres no teníamos los mismos derechos que los hombres. El machismo era lo normal. Las mujeres que se dedicaban a actividades intelectuales eran una verdadera excepción. Por tanto, una mujer escritora del siglo XIX o principios del XX cuyo nombre haya llegado hasta nuestros días tiene, desde mi punto de vista, un doble mérito.

El deseo irrefrenable de escribir, a pesar de lo mal visto que estaba que una mujer escribiera en lugar de dedicarse al cuidado de su casa, llevó a muchas mujeres a esconderse detrás de nombres masculinos para poder publicar. Un caso muy conocido fue el de las hermanas Brontë, cuya primera obra, que las tres escribieron conjuntamente, fue publicada bajo los pseudónimos de Currer, Ellis y Acton Bell (nombres masculinos).

En España hay también ejemplos de estas características, como el también conocido caso de Cecilia Böhl de Faber, que tuvo que ocultarse bajo el pseudónimo de Fernán Caballero porque incluso su propio padre le había prohibido escribir al considerar que la literatura no era una actividad adecuada para una mujer.

Pero para mí, el caso más flagrante de los que tengo noticia, es el de María Lejárraga, un nombre que probablemente a muchos ni siquiera les suene. Esta mujer no solo estuvo escondida detrás de un nombre, sino que escribió a la sombra de un hombre de carne y hueso: su propio marido (Gregorio Martínez Sierra). Este escritor ha pasado a la historia por ser el autor de numerosas obras teatrales, algunas bastante conocidas, como Canción de cuna (de la que Garci hizo una adaptación cinematográfica). Sin embargo, posteriormente se ha descubierto que su esposa, María Lejárraga, era quien verdaderamente escribía las piezas teatrales que él firmaba.

Habrá quienes piensen que todos estos casos son ejemplos de mujeres que vivieron hace mucho tiempo y que hoy en día esto ya no sucede. Sin embargo, tenemos el ejemplo viviente de la archiconocida autora de la saga de Harry Potter. ¿Por qué una mujer a finales del siglo XX (años 90) decide publicar su primera novela con las siglas de su nombre en lugar de utilizar su nombre completo? Y, lo que es todavía más sospechoso, ¿por qué, después del éxito de Harry Potter, decide utilizar un pseudónimo masculino (Robert Galbraith) para publicar una novela policíaca para adultos?

Al hilo de esto, y buscando algo de información en Internet sobre el machismo en la literatura, encontré este artículo de The guardian del año 2015 en el que una escritora novel cuenta su experiencia acerca de un experimento que realizó: envió las primeras páginas de su novela a 50 agentes literarios, primero con su verdadero nombre y después con un pseudónimo masculino. ¿Y qué sucedió? Solo dos agentes se interesaron en su novela cuando la envió con su auténtico nombre frente a los diecisiete que lo hicieron cuando la mandó bajo pseudónimo masculino.

Los premios literarios: números que hablan por sí solos

En realidad, para mí los premios literarios no son en absoluto la mejor vara de medir la calidad literaria de una obra. Estoy convencida de que en los grandes premios hay otros intereses en juego a parte de los estrictamente literarios (no incluyo en el mismo saco a los pequeños concursos convocados por fundaciones, asociaciones, etc. cuya transparencia me consta que es mucho mayor). Pero desgraciadamente, la gente se fija mucho en quién ha ganado tal o cual premio y, por tanto, eso repercute de una forma gigantesca en la visibilidad de las obras literarias de las personas ganadoras de dichos premios. Por tanto, ¿qué pasa cuando los premios se conceden casi siempre a escritores hombres? Sucede que el trabajo de las mujeres permanece mucho más escondido. Se nos niega la visibilidad que probablemente merecemos.

Vamos por tanto a las cifras, porque los números nunca engañan.

Empecemos en primer lugar por el Premio Nobel de Literatura, el mayor galardón que puede recibir un escritor. La Academia Sueca ha entregado desde 1901 ciento ocho premios Nobel de Literatura, de los cuales solo 14 han sido otorgados a escritoras mujeres.

Vayamos ahora al Premio Cervantes, el galardón más importante para escritores de habla hispana. En los 38 años que lleva entregándose este premio, solo 4 mujeres lo han recibido.

¿Qué pasa con los grandes premios literarios? ¿Acaso no hay mujeres escritoras suficientes para que nosotras seamos elegidas con más frecuencia? ¿O es que piensan que las mujeres escribimos peor que los hombres y por eso no merecemos esos prestigiosos galardones?

La Real Academia de la Lengua

Por último, tenemos el caso de la Real Academia de la Lengua. En este artículo de El Diario que encontré en Internet dan un paso más y no hablan de machismo, sino de misoginia. A las pruebas me remito: solo 11 mujeres en tres siglos de historia, frente a casi 500 miembros masculinos. En la actualidad hay 8 mujeres de un total de 44 miembros. Hay un caso especialmente sangrante, el de María Moliner. Esta mujer ha pasado a la historia por ser la autora de uno de los mejores diccionarios en lengua española jamás publicados. Sin embargo, la RAE no apoyó su candidatura de ingreso, perdiendo la votación frente a otro filólogo de trayectoria mucho menos importante pero que, curiosamente, era un hombre.

Lo de la RAE es incluso más sorprendente que los premios literarios. La carrera de Filología tradicionalmente ha sido mucho más femenina que masculina. Sobran mujeres filólogas suficientemente preparadas. ¿Por qué, entonces, esa falta de consideración?

La lucha continúa

La Declaración Universal de los Derechos Humanos, así como nuestra Constitución (tanto la española como la europea), establecen que todos tenemos los mismos derechos (independientemente del sexo y de otras cuestiones por las que se suele discriminar a la gente). Pero hay muchas evidencias que demuestran que la igualdad existe solo sobre el papel. El mundo literario es otro más de los numerosos ámbitos que tradicionalmente han dominado los hombres. Parece que aún cuesta salir de esa preeminencia masculina tan arraigada. Tengo en fe en las generaciones futuras, pero la lucha continúa.

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La visita

Cuando lo vi aparecer, su presencia me sobrecogió. Hacía quince años que no nos veíamos y estaba muy cambiado. Sin duda, el tiempo transcurrido en la cárcel le había pasado factura. Su hermoso cabello de antes era ahora una triste calva salpicada de filamentos blancos. Su seductora mirada había mutado en un par de ojos hundidos bajo unas ojeras tatuadas sobre la piel de los párpados. Me dijo que aún me amaba, que nunca había querido a nadie tanto como a mí. Me juró, con decenas de lágrimas brotando una detrás de otra, que no entendía por qué lo había hecho. Antes de marcharse, depositó un ramo de rosas rojas junto a la lápida de mi tumba. 

 

(Este relato fue presentado al III Concurso de Microrrelatos contra la Violencia de género del Ayuntamiento de San Javier).

 

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El secuestro

Estaba jugando sobre la hierba cuando de repente llegaron aquellos hombres. Su madre no pudo hacer nada por él, pese a luchar contra aquellos desalmados que se llevaban a su hijo contra su voluntad. Alguien debió de inyectarle un sedante, porque cuando abrió los ojos, adormilado, se encontraba en un lugar desconocido, poco iluminado y con olor a rancio. Cuando por fin se recuperó del adormecimiento, vio a su alrededor varios pares de ojos que le observaban con tristeza. Quiso escapar de allí, pero no pudo; un rectángulo de barrotes se lo impedía. Junto a la jaula, un cartel decía: “Precaución: Manténganse alejados de los leones”.

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Amores que pudieron ser y no fueron

SenaMuchas veces —quizás con más frecuencia de la deseada­— pienso en todos aquellos hombres que una vez pasaron momentáneamente por mi vida. Algunos permanecen aún como una presencia intermitente que con el tiempo se ha hecho inocua, convencidos de que la amistad es posible tras un amor acabado. Otros, sin embargo,  se convirtieron en sombras dolorosas, vestigios moribundos que de vez en cuando asoman en contra de mi voluntad. Y, finalmente, en esta extraña clasificación de amores que pudieron ser y no fueron, se encuentra él, ocupando una categoría tan inclasificable como indescriptible fue la historia del encuentro y de la pérdida.

El pequeño puesto exhibía viejos tebeos, clásicos franceses en ajadas ediciones de bolsillo, tomos sueltos de antiguas enciclopedias, fascículos de revistas de los años 60… La intención era echar un vistazo y pasar al siguiente puesto, pero aquella cubierta inconfundible me retuvo asombrada. ¿Cómo habría llegado hasta allí ese ejemplar? La edición era la original, ni siquiera se trataba de la traducción francesa. Quise comprarla, aunque no tuviese mucho sentido adquirir mi propia novela.

Nunca me había ocurrido, ni siquiera en mi propio país, que un lector anónimo vinculara mi rostro al nombre impreso en las cubiertas de mis obras. Pero aquella vez, en el exotismo único de aquel puesto junto al Sena, sucedió. Olivier era un librero simpático, de ojos claros, tan delgado que cualquiera podría pensar que realmente pasaba hambre. Hablaba un español muy afrancesado, casi cómico, como el de las películas americanas mal dobladas en las que aparece un personaje francés hablando un idioma que no es el suyo. Se negó a venderme el ejemplar; lo quería para él y quería que se lo firmara. Quería hablarme de lo mucho que le gustaban mis novelas. Quería enseñarme París. Quería verme esa misma noche, aún a riesgo de parecer un loco.

Sé que es imposible, pero a veces noto en mis labios los besos que nunca nos dimos. Casi puedo sentir el tacto de sus manos, que jamás me tocaron. Tal vez mi mente quiera inventar recuerdos que no existieron para suplir el horror de aquella noche en la rue de Rivoli.

Las nueve era la hora acordada. Pero el destino, que aquella misma mañana había jugado a agasajarnos, eligió aquel minuto como la hora maldita. El estruendo vino de abajo y subió por las escaleras del metro. En pocos minutos, Rivoli fue un lamento de gritos y de ambulancias. El terror había vuelto con su hedor a fanatismo. Sentada en el suelo, esperé en vano, tratando de ver su rostro en cada hombre que escapaba vivo de aquel infierno subterráneo. Varias llamadas fallidas y una dolorosa certeza pusieron fin a largas horas de espera.

Al día siguiente, su quiosco apareció cerrado. Mi flor se sumó a otras muchas que ya honraban su memoria en el viejo puesto de libros junto al Sena.

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Un amor imposible

La mujer sostenía su bebé muerto entre los brazos. Era ya la tercera vez que perdía un hijo antes de haber nacido. El hombre la abrazó, mirando con tristeza el pequeño cuerpo que su amada acunaba. Ella era esbelta y de rasgos delicados. Él era fuerte, de aspecto rudo pero corazón sensible. El chamán de la tribu había condenado su historia de amor como una relación maldita.

Varios milenios más tarde, cuando encontraron sus cuerpos abrazados, los científicos determinarían una incompatibilidad cromosómica que hacía imposible la procreación entre la bella homo sapiens y el tosco neandertal.

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