Me negué a separarme de ellos…

leerMe negué a separarme de ellos cuando me marché de casa de mis padres. Primero habitaron en cajas de cartón apiladas unas encima de otras por todo el apartamento. Después, coloqué estanterías por todas las paredes y rincones para asignarles una morada más digna. No tengo ni idea de cuántos había, porque nunca los conté. Simplemente estaban allí, vivían conmigo y crecían de forma natural como una vegetación autóctona. Formaban parte de mi pasado, de mi presente y de mi futuro. Algunos me habían acompañado en mi infancia y adolescencia. Otros eran objetos de culto, grandes obras literarias releídas y rememoradas insistentemente. Muchos me traían recuerdos personales: ciudades donde los había comprado, personas que me los habían regalado, momentos de mi vida en los que los había leído… No guardaban ningún orden determinado en los estantes y, pese a mi profesión, en mi particular biblioteca la ficción se mezclaba con el ensayo, la poesía con la novela, y Max Aub no estaba al lado de Paul Auster, pero tampoco junto a Pedro Salinas o Luis Cernuda, porque ni el alfabeto ni la cronología decidían en mi anárquico bazar literario.

 

Este es mi pequeño homenaje al libro en la conmemoración de su día. Este fragmento está extraído de mi libro “Las vidas que pudimos vivir“. A pesar de ser una novela de ficción no autobiográfica, este breve extracto bien podría ser un reflejo de mis recuerdos y de mi propio amor por los libros.

Feliz día, lectores

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Yo no leo bestsellers

cafeteríaPor aquel entonces yo estudiaba Filología Hispánica y estaba obsesionada con la literatura. Solía comer en la cafetería de la universidad mientras leía ediciones comentadas de los grandes clásicos. También llevaba siempre conmigo un cuaderno que garabateaba a menudo con intensos poemas atormentados. Él era un chico muy atractivo, estudiante de Derecho, y yo era un completo estereotipo de chica introvertida aspirante a escritora. Él solía comer acompañado de sus amigos y yo le observaba de reojo. Tal vez no fuera mi tipo. Definitivamente no lo era, pero me gustaba mirarle. Además, su amor no correspondido contribuía a alimentar ese tormento que tan bien me venía para desempeñar mi papel.

El destino quiso que un día nos juntáramos en la misma mesa a la hora de comer. La cafetería estaba abarrotada y él no encontró ningún otro sitio libre. Ese día, además, estaba solo.

—¿Te importa si me siento aquí? —me preguntó.

No tenía muy claro si quería que se sentara a mi lado. Yo era extremadamente tímida y no se me ocurría de qué podría hablar con él.

—No, no me importa. Siéntate si quieres —le dije, más por educación que por un verdadero deseo de conocerle.

Ese día llevaba conmigo un ejemplar de El Quijote que tenía desgastado de tanto releerlo. Mientras comía, mi mirada se concentraba por enésima vez en el pasaje del retablo del Maese Pedro.

—¿Qué estás leyendo? —me preguntó él, con una simpatía espontánea.

­—El Quijote.

—¿Y te gusta o lo estás leyendo porque te lo han mandado leer en clase?

“Típica pregunta”, pensé. Supuse que aquel chico era de los que pensaban que nadie podía estar tan loco como para leer ese libro si no era por obligación.

—Me gusta mucho. Pero ahora lo estoy releyendo porque tengo un examen sobre la obra dentro de unos días —respondí.

—A mí también me gusta leer —dijo él.

Se agachó para sacar algo de su mochila y al incorporarse me enseñó la cubierta de un libro. No pude evitar una mirada condescendiente cuando leí el título: Los pilares de la Tierra, de Ken Follet.

—¿Lo has leído? —me preguntó.

—No —respondí—. Yo no leo bestsellers.

Me estaba comportando como una estúpida engreída, pero no podía evitarlo. Por aquel tiempo, yo era así. Aún no había terminado de salir de mi larga adolescencia y a veces me gustaba creer que era más culta que el grueso de los mortales. Él, en cambio, era mucho más educado y sociable que yo. Y en lugar de ignorarme, que es lo que debería haber hecho, siguió charlando conmigo y acabó dándome una inesperada lección.

—Tal vez deberías hacer una excepción con este —dijo él.

—No me gusta leer lo que lee la mayoría de la gente.

—En ese caso, si tu criterio para leer un libro es que no sea un bestseller, tal vez deberías dejar de leer El Quijote, porque como seguramente sabes, esa obra es una de las más traducidas y vendidas de todos los tiempos.

—Sí, es verdad —reconocí, un tanto molesta—. Pero no es lo mismo.

—Es cierto. No es lo mismo. Coincido contigo en que Ken Follet no va ganar nunca el premio Nobel de Literatura ni tampoco va a pasar a la historia como el inventor de la novela postmoderna. Pero Los pilares de la Tierra es una novela entretenida, con un argumento interesante y una recreación histórica de la Edad Media muy bien lograda.

Si seguía desaprovechando de esa forma tan arrogante y absurda las pocas oportunidades que tenía de conocer a chicos simpáticos y atractivos, iba a acabar convirtiéndome en un espécimen extravagante e insoportable. Quise enmendar mi torpe comportamiento, pero la ocasión tardó en llegar. Pocos días después de aquella conversación, me caí por las escaleras de mi edificio y me rompí una pierna. Pasé casi dos meses obligada a hacer reposo en casa y para mí fue un auténtico suplicio. Durante ese tiempo leí todos los libros que los profesores habían fijado para ese semestre. También los del semestre siguiente. Estaba agobiada de estar en casa y de dedicarme exclusivamente al estudio. Me sentía como Quevedo desde su destierro en la Torre de Juan Abad, “conversando con los difuntos y escuchando a los muertos”. Decidí ponerme a leer otros libros con objeto de distraerme.

Mi madre tenía bastantes novelas que compraba a través del Círculo de lectores y ataqué su estantería con voracidad insaciable. Uno de los libros que en aquellos días de encierro cayó en mis manos fue Los pilares de la Tierra. Al principio traté de resistirme. Hoy me alegro de la decisión que tomé.

Una vez recuperada de mi lesión, regresé a la universidad. A pesar de que ya lo había acabado, me paseé por la cafetería con el enorme volumen de aquella memorable novela histórica. Él se fijó en mí. También en el ejemplar que llevaba en los brazos. Me sonrió. Yo le devolví la sonrisa.

 

Este relato participa en el concurso convocado por Zenda #historiasdelibros.

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Amistades perdidas

niñoHacía muchos años que Martín y yo éramos amigos; prácticamente habíamos crecido juntos. Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que Martín fue al baño solo. O el día que aprendió a escribir su nombre. O aquella vez que el Ratoncito Pérez le trajo un estuche con rotuladores de colores. Nos llevábamos tan bien que todas las tardes nos sentábamos juntos frente a la televisión y veíamos nuestras series de dibujos favoritas. A veces le acompañaba también cuando sus padres le llevaban de paseo. Pero aquella amistad que creía imperecedera se fue extinguiendo inexorablemente. Martín dejó de jugar conmigo y poco a poco prefirió la compañía de otros. Últimamente apenas nos vemos. Su madre me guardó en una caja junto a otros viejos peluches. Mi única esperanza es que, dentro de un tiempo no muy lejano, sus hijos jueguen conmigo con el mismo amor con que él lo hizo.

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El funeral

tumba—Buenos días, me gustaría organizar todo lo necesario para un funeral.

—Le acompaño en el sentimiento —respondió el hombre de la funeraria—. Lo primero que tiene usted que decidir, si el difunto no lo había hecho ya, es si se va a realizar un entierro o una cremación.

—Un entierro. Entierro tradicional.

—De acuerdo. Voy a dejarle que eche un vistazo al catálogo de ataúdes. Si desea que le haga alguna recomendación, puedo asesorarle en lo que desee.

—No hace falta. Quiero un ataúd normal. De lo más común que tenga usted.

—De acuerdo, caballero. No hay problema. Aunque si me permite, tenemos unos ataúdes ecológicos que no resultan mucho más costosos que los tradicionales.

—Muy bien. Póngame uno de ésos que no dañan el medio ambiente.

—Voy a necesitar el certificado de defunción de su familiar.

—Oh, no, el futuro difunto aún no está muerto.

—¿Cómo dice, señor?

—El futuro difunto soy yo.

—Quizás entonces lo que usted busca es un seguro que cubra todos los gastos del funeral cuando le llegue la hora.

—Mi hora ya ha llegado. Será esta noche.

—Lamento muchísimo que se encuentre usted tan enfermo. ¿Puedo saber qué enfermedad padece?

—Sí. Padezco de hastío.

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Una gran historia

Entre unos cuantos blogueros que publicamos nuestros relatos en Internet, ha surgido un reto muy divertido que consiste en escribir un relato en cadena. La idea originaria fue de Marifa, y ya van cinco fragmentos escritos por cinco blogueros diferentes. Ahora mi amigo Carlos me ha propuesto continuar con la historia y yo, por supuesto, he aceptado encantada.

Estos son todos los textos anteriores, a los que he añadido el mío al final:

Es preciso tomar de a pasito  cuando el contenido es denso, finito. Se conjugan mejor los sabores en la misteriosa cueva de lo inimaginable. El paladar hace fiesta para recibir cuantiosos ingredientes desconocidos hasta entonces y dentro del delgado túnel de los sueños retenidos, emociones encontradas hacen fiesta hasta llegar a su destino.

Marifa

Et voilà! Así explicaba en mi libro de cocina, cómo detectar el sabor perfecto. Una mezcla entre lo tradicional y lo exótico; lo conocido y lo desconocido; la comodidad y la explosión de sensaciones. Y todo, con solo probar. Es la magia de la cocina, y la magia que quise transmitir cuando abrí mi restaurante. Sin embargo, algo falló y no sé el qué. Estoy en la ruina, y todo lo que aposté por este negocio lo he perdido. No me gusta pedir ayuda, pero esta vez te necesito. Espero tu respuesta.

“”Chef”” Castelle. 

ragdoll54

No esperaba para nada esta petición tan desesperada del “Chef” Castelle, tan afamado en la costa sur francesa. Y mucho menos que viniese dirigida a mí. Aquello era como si el maestro se dirigiese a la desesperada a su alumno, pero no me dejé llevar por mi inseguridad, como de costumbre. Si el gran “Chef” precisaba de mi ayuda, no sería yo quien cuestionase mi capacidad para facilitársela. Así que dejé en mis mejores manos mi propio negocio y tomé el primer tren hacia Marsella. En cualquier caso, aquello resultaría toda una experiencia para mí.

Ana Centellas

En cuanto llegué a Marsella el Chef Castelle me esperaba en la estación. Su aspecto decrépito y desaliñado me impactó. Nada tenía que ver con las fotos que antaño llenaran las primeras planas de las revistas gastronómicas más prestigiosas.

Aparté ese pensamiento de mi cabeza, pues por fin averiguaría el propósito de su demanda. Era algo que me inquietaba bastante, pues no entendía qué querría un gran chef venido a menos de mí, un humilde zapatero.

Lidia Castro

Una exquisita limpieza imperaba en la cocina. La atravesamos sin parar hasta alcanzar el interior de la cámara frigorífica. Allí un cocodrilo eviscerado colgaba del único gancho disponible. Era la única oportunidad del Chef para impresionar a los quince afamados críticos gastronómicos que se sentarían en el comedor para degustar de su última creación. Había fracasado en cien intentos anteriores para contener el relleno en el interior del asado durante las catorce horas de horneado. Conteniendo las lágrimas suplicaba: Cose como sólo tú sabes. Aferré la lezna y mirándole a los ojos, la hundí tres veces en su pecho sudoroso.

Carlos Feijoo

El viejo cocinero observaba el blanco techo de la cámara con los ojos vacíos. Su cuerpo inerte, que había caído de espaldas, ocupaba todo el ancho de la pequeña estancia, a la que en unos minutos había tintado de una sangre densa y oscura. El cocodrilo esbozó una sonrisa de agradecimiento desde su gancho de tortura, o al menos eso fue lo que creí ver en aquel momento de locura transitoria. Hacía tiempo que Castelle y yo no nos veíamos. Y no podía imaginarse que me había convertido en un comprometido activista contra el asesinato animal.

Mayte Blasco

Me gustaría invitar para que continúe la historia a nuestra compañera Luna, que es una escritora muy creativa y con mucha sensibilidad. ¡Todo tuyo, Luna!

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El trabajo de su vida

edificio de oficinasEl candidato tomó asiento frente a la entrevistadora. Ésta le sonrió ampliamente antes de comenzar a hablar.

—Como ya te comenté en la reunión anterior, tu currículum nos gustó mucho y creemos que eres la persona más adecuada para el puesto.

—Muchas gracias ­—respondió él.

—Si te parece, vamos a hablar ahora de las condiciones.

—Claro, claro, adelante —dijo él, pensando en las ventajas de haber sido seleccionado para un puesto privilegiado, tal y como la entrevistadora le había adelantado en su reunión anterior.

—Comenzarás trabajando como becario durante seis meses. Si estamos contentos contigo, pasaremos a hacerte un contrato.

No entraba en sus planes comenzar a trabajar de becario, pero dado que llevaba un año en paro, pensó que la opción no era tan mala. Al fin y al cabo, lo importante era, como decía su madre, “meter la cabeza” en el mercado laboral.

—Bien, de acuerdo —aceptó él de buen grado.

—La jornada laboral es de 8 horas, aunque ya se sabe que siempre puede surgir algún contratiempo que obligue a permanecer más tiempo en la oficina —prosiguió la entrevistadora.

Por un momento había pensado que, al ser reclutado como becario, no tendría que hacer una jornada tan prolongada. Pero luego pensó que de esta forma se adaptaría mejor a las rutinas de la empresa.

—Estupendo —contestó él.

—La política de la compañía establece que los becarios tienen que hacer uso de su propio material de trabajo. Es decir, tendrás que utilizar tu propio ordenador portátil. Pero tranquilo, como ya te he dicho, esto es solo temporal hasta que se formalice el contrato.

Su ordenador portátil era tan antiguo que aún llevaba disquetera, la batería duraba media hora y tenía que usar un ventilador externo para que no se recalentara y se apagara repentinamente en mitad de un trabajo. Sin embargo, no se atrevió a exponer en voz alta esta lamentable circunstancia por temor a causar mala impresión.

—De acuerdo —dijo él, tratando de imaginar soluciones alternativas a su carencia de equipamiento informático en condiciones óptimas.

—Por último, me temo que durante el periodo que dure la beca no habrá ningún tipo de remuneración económica. La empresa entiende que el salario ya se abona en concepto de formación gratuita para ti —dijo la entrevistadora, de nuevo con una sonrisa inmensa.

Entonces se acordó de que solo le quedaban doscientos euros en su cuenta bancaria. Haciendo un cálculo rápido, estimó que con eso no tenía ni para pagarse el metro durante seis largos meses.

—De acuerdo —respondió él. Su madre se pondría muy contenta cuando se enterara de que aún no podría cumplir su promesa de emanciparse.

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Hypochondria

píldorasMe recomendaron que visitara al doctor Humberto Martínez Silva, afamado médico internista cuya consulta se encontraba en una céntrica calle de Barcelona. Martínez Silva tenía fama de resolver los casos más extraños y complicados. Era una especie de doctor House a la española. O tal vez un sucedáneo del santuario de Lourdes para no creyentes. El día de la cita tomé el tren a primera hora y salí desde Madrid con la intención de visitar su consulta y regresar a mi ciudad por la tarde. Llevaba una carpeta en la que atesoraba todas las pruebas que me habían hecho durante los últimos cinco años y que era evidente que nadie había sabido interpretar con acierto, a juzgar por la persistencia de mis síntomas: ecografías, radiografías, resonancias magnéticas, análisis de sangre, biopsias… También llevaba un cuaderno donde tenía anotados por orden cronológico todos los tratamientos que había tomado hasta la fecha, ninguno de los cuales había logrado aliviarme.

Cuando llegué a la consulta, el doctor se tomó bastante tiempo en hacerme un cuestionario exhaustivo de todas mis dolencias, síntomas y problemas que había padecido desde el comienzo de la enfermedad. Me preguntó por las patologías que habían padecido mis familiares, retrotrayéndose casi hasta mis tatarabuelos. Después se entretuvo durante casi media hora en analizar los resultados de las pruebas. Finalmente, el doctor me miró con gesto serio y me dijo:

—Señor, se encuentra usted muy enfermo.

—Lo sé, doctor —respondí—. Por favor, dígame qué tengo.

—Tiene usted una enfermedad difícil de curar, pero no imposible.

—¿Cáncer? Es eso lo que tengo, ¿verdad?

—No. Lo que usted tiene se llama miedo.

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Vidas robadas

mujer camaSu cuerpo desnudo descansaba sobre la cama fatigado de miradas ajenas, de manos ansiosas, de tanto desgaste. Se llamaba Svetlana, aunque ya casi nadie la llamaba así. Cuando estaba sola, se entretenía observando las fotos de un pasado no tan lejano, recuerdos de una vida robada que creía irrecuperable. Cuando aquel hombre tiró la puerta abajo de una patada, apenas se inmutó. Estaba tan acostumbrada a la violencia que no fue la entrada agresiva lo que la turbó, sino la voz serena de ese hombre que la instaba a que se vistiera y le acompañara. Obedeció, asustada, y solo comprendió lo que sucedía cuando los vio a ellos, esposados, en un rincón de la sala, y a ellas, arropadas con sábanas, esperando con alegría contenida la llegada de su libertad.

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Pasaré a buscar a los niños

conductorCuando fue a recoger a sus hijos aquel fin de semana, se fijó en ella y tuvo la certeza de haber cometido el gran error de su vida. Siempre se concentraba en los niños y nunca la miraba a ella, en parte porque se sentía culpable, en parte porque ya no le importaba demasiado si estaba triste o alegre, si había engordado o adelgazado, si llevaba ropa nueva o los mismos vaqueros de siempre. Pero ese día, por algún motivo inexplicable, se fijó en ella. Aún se mordía las uñas y olía a esa fragancia de coco que antes detestaba. Y sintió una nostalgia extraña porque, ¿es posible añorar algo que en otro tiempo creías odiar?

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Discusión conyugal

muñecos—Te he dicho montones de veces que recojas tu plato y tus cubiertos cuando termines de desayunar. ¿Qué te has creído, que soy tu criada? —gritó Gimena, indignada.

—¿Y tú te piensas que soy el Banco de España? No haces más que derrochar el dinero en trapitos y peluquería —contestó Marcos.

—Yo también gano un sueldo y me lo gasto en lo que quiera —replicó Gimena.

—Pues entonces págate un chófer que te lleve al pueblo a ver a tus padres —dijo Marcos con malicia.

—¡No empieces a meterte con mi familia! —chilló Gimena.

Después de un rato escuchándoles discutir en esos términos, se acercó a la terraza y les preguntó:

—¿Qué estáis haciendo, niños?

—Estamos jugando a mamás y a papás.

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