La forja de un rebelde (III): La llama

“Más allá, el frente estaba vivo y nos mandaba el eco de sus explosiones. Había allí miles de hombres que pensaban vagamente como yo, que luchaban y que confiaban de buena fe en la victoria; ingenuos, bárbaros, rascándose piojos en las trincheras, matando y muriendo, soñando: soñando en un futuro sin hambre, con escuelas y limpieza, sin señores y sin casas de préstamos, un mundo lleno de sol. Yo estaba con ellos”.

Tal vez la mejor manera de leer una trilogía no es hacerlo de una forma distanciada en el tiempo, dejando pasar meses entre un volumen y otro. Pero, por diversas circunstancias, así es como yo he decidido adentrarme en este viaje fascinante que ha supuesto la lectura de “La forja de un rebelde”.

Regreso ahora de la España herida por esa guerra terrible y fratricida y, aunque hace mucho que no paseo por este blog que tantas satisfacciones solía darme, creo que debo continuar lo que empecé, pese al tiempo transcurrido, y dejar constancia de mis impresiones como hice en su día con las otras dos entregas de la autobiografía de Arturo Barea.

Esta parte es, sin duda, la más compleja de reseñar, quizás porque el escenario de la Guerra Civil Española, lejos de ser un conflicto olvidado, todavía está vivo en el debate actual y sigue doliendo como una herida que no termina nunca de cicatrizar. El primer libro, “La forja”, me pareció una novela de corte costumbrista. El segundo, “La ruta”, una novela bélica, y el tercero, “La llama”, un libro con una gran carga política.

Comienza esta tercera parte con la descripción de la España prebélica. Barea trabaja en una oficina que se encarga de realizar solicitudes para registrar patentes. Vive en Madrid y los fines de semana se traslada a Novés, un pueblecito de Toledo donde ha instalado a su mujer, Aurelia, y a sus hijos. Su actividad en este pueblo refleja muy bien, a pequeña escala, lo que ocurría en el resto de España: una división absoluta entre pobres y ricos, entre campesinos/obreros y señores. Una conciencia de clase muy arraigada que, a diferencia de lo que creo que sucede en la actualidad, ligaba a los pobres con una ideología de izquierdas y a los ricos con una ideología de derechas. Barea vive intensamente las elecciones de febrero de 1936 en Novés, ya que se encarga de organizar un mitin del Frente Popular enfrentándose para conseguirlo al cacique del pueblo, al cura y hasta al cabo de la Guardia Civil. Porque Barea, pese a su posición acomodada en ese momento, no olvida sus orígenes y ostenta con orgullo sus convicciones socialistas.

Pero no solo había división entre las derechas y las izquierdas. Barea explica de una forma muy clara la desunión que existía entre los distintos grupos de izquierda (socialistas, anarquistas y comunistas) y entre los dos sindicatos (UGT ligado a los socialistas y CNT, a los anarquistas). Quizás en esto, haciendo una analogía con el panorama político actual, las cosas no han mejorado mucho, como si esa incomprensión entre grupos políticos ideológicamente cercanos fuera una especie de lacra crónica.

Tras las elecciones y la victoria del Frente Popular, la crispación aumenta y empieza a proliferar la violencia entre miembros armados de la Falange y grupos de izquierda. Barea describe muy bien este clima enrarecido en el Madrid del 36. Todo el mundo teme un levantamiento y este temor se convierte en una certeza casi palpable el 13 de julio, cuando corre la noticia del asesinato de Calvo Sotelo, líder de la derecha. La tensión, la incertidumbre, se palpan en las páginas de la novela, se sienten a pesar de que conozcamos de antemano cuál es el desenlace.

A partir de aquí, la descripción de la guerra paso a paso, desde la perspectiva de un hombre que vive en el Madrid sitiado, convierten a esta novela en un testimonio imprescindible. He leído otros libros ambientados en esta época, he visto muchas películas, pero creo que nunca había entendido tan bien la Guerra Civil Española como después de leer esta novela.

Barea lo cuenta todo, y lo hace desde la mirada de un superviviente que, pese a sus ideas, es capaz de analizar el escenario con la suficiente sensibilidad y autocrítica: el caos en Madrid al principio de la Guerra, donde el Gobierno era impotente e incapaz de organizar nada; la formación de las milicias, donde cada sindicato y cada partido formaba sus propios batallones; la quema de iglesias en Madrid, entre ellas la escuela Pía donde había estudiado de niño tal como narra en la primera parte de la trilogía; las ejecuciones a manos de los milicianos y las falsas denuncias; los bombardeos indiscriminados sobre Madrid, con numerosas víctimas, muchas de ellas niños; la huida del Gobierno a Valencia el 7 de noviembre del 36, cuando creían que Franco estaba a punto de entrar en Madrid, y cómo los milicianos republicanos lo defendieron con uñas y dientes, con la ayuda de las Brigadas Internacionales:

“A pesar de todo, el entusiasmo que nos había arrastrado, por encima de nuestros miedos y de nuestras dudas, no falló nunca. Éramos Madrid”.

Barea no luchó con armas en el Madrid sitiado, pero participó activamente en favor de la República trabajando como censor de prensa extranjera, una actividad que realizó en el emblemático edificio de la Telefónica de la Gran Vía (hasta que los bombardeos continuados en esa calle y sobre ese edificio obligan a trasladar la oficina al Palacio de Santa Cruz, hoy sede del Ministerio de Asuntos Exteriores). En la Telefónica acaba conociendo a numerosos periodistas de todo el mundo que estaban en Madrid como corresponsales. Entre ellos, es excitante reconocer a Ernest Hemigway y John Dos Passos (este último incluso llegó a describir su encuentro en la oficina de la Telefónica en su libro “Viajes de entreguerras”). Es también en este lugar donde conoce a Ilsa, una activista austriaca que había llegado a Madrid como voluntaria para colaborar con la República. Entre ellos surge una gran historia de amor en medio de un sinfín de complicaciones. Ilsa me ha parecido un personaje fascinante. No me extraña que Barea se enamorara de ella. Culta, conocedora de muchas lenguas, activista política… En nada se parecía esta mujer, seguramente, a las chicas que Barea había conocido hasta entonces. Todos sabemos lo difícil que era para una mujer en la España machista de aquel tiempo realizar cualquier actividad intelectual. Comprendo que se enamorara perdidamente de ella, aunque he de decir que, como madre y como mujer, me ha impresionado el desprecio con el que se deshizo no solo de su mujer oficial, sino también de su amante (su joven secretaria de la oficina de patentes), y de sus hijos, a los que todo el tiempo se refiere como “los chicos”, sin ni siquiera mencionar sus nombres.

A pesar de todo, el personaje de Arturo Barea me sigue pareciendo fascinante. Es increíble la cantidad de situaciones extremas por las que le tocó pasar y a las que sobrevivió. En la segunda parte de la trilogía nos contaba su participación en la batalla más sangrienta de la Guerra del Rif y su contagio de tifus. En esta tercera entrega, nos enteramos de que estuvo en el asalto y la toma del Cuartel de la Montaña, una de las primeras batallas de la Guerra Civil. Sobrevivió también a los bombardeos de Madrid, al hambre, a la caída en desgracia entre los mandamases que dirigían la oficina de la censura y, por último, al exilio en una Francia prebélica con un clima xenófobo en el que muchos exiliados acabaron encerrados en campos de concentración.

El final me ha gustado mucho ya que el libro termina, de alguna forma, de una manera circular, pues en esas últimas páginas Barea nos hace partícipes de cómo escribió “La forja”, la primera parte de esta trilogía imprescindible.

2 comentarios en “La forja de un rebelde (III): La llama

  1. Como sugerencia, no hace mucho se reeditó la novela en que Ilsa Barea-Kulcsar rememora aquellas mismas jornadas: Telefónica. Es un interesante complemento a esta, como dices, imprescindible trilogía del autor.

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