Las vidas que pudimos vivir (fragmento)

Nunca he estado tan cerca de la muerte a excepción de aquella vez en la playa de A Frouxeira. Fue una larga tarde de verano de aquellas en las que, extraordinariamente, el sol nos acompañaba como un milagro en esa tierra de nubes eternas. Catorce años de cabello rojo aún sin adulterar, pasado breve y futuro incierto, decenas de amigos que en aquel tiempo creía imperecederos, una vieja bicicleta, largas horas en la orilla del mar. Nos habíamos criado casi mecidos entre las olas inmensas de ese mar salvaje. Lo temíamos y lo amábamos a partes iguales, porque quienes habíamos nacido en esa tierra no podíamos sentirnos más orgullosos de nuestro indómito paisaje, pero también habíamos oído o incluso asistido en alguna ocasión al horror de hallar algún cuerpo sin vida arrojado sobre la arena por ese océano que no perdonaba descuidos. Aquel excepcional día de calor y oleaje menos violento de lo habitual nos había despistado. Casi todos se habían marchado ya a sus casas, pues debían de ser más de las nueve y el atardecer caía imparable sobre el mar con su espectáculo de rojos y naranjas tiñendo las aguas de la playa solitaria. Pablo y yo nos quedamos un rato más. Queríamos estar solos, alejados de las miradas jocosas de nuestros amigos y aprovechar la intimidad para jugar a tocarnos bajo el agua y revolcarnos sobre la arena. Pablo quería atraparme y yo quería que lo hiciese, pero antes debía correr tras de mí. Debía sudar un poco previamente a obtener mi piel como recompensa, así que iniciamos una frenética carrera que acabó en el agua. Conocíamos sobradamente la técnica de nadar muy rápido cuando el mar se recogía para después saltar las olas cuando éstas se abalanzaban sobre nosotros en su violento camino hacia la orilla. Pese a lo gran nadadora que era, Pablo me alcanzó. De repente noté su mano agarrando uno de mis pies y no pude evitar soltar un chillido histérico al que luego siguió una risa tonta, la típica carcajada adolescente que sólo es capaz de exhalar esa felicidad específica a medio camino entre la inocencia y la madurez. Pablo me acercó a su cuerpo y me besó. Y pese al pánico terrible en el que más tarde derivó la veraniega jornada, recuerdo aún ese beso como el mejor que jamás haya recibido de ningún hombre. Un beso tan puro y salvaje como el mismo océano que a punto estaba de devorarnos. Porque, sin que nos diéramos cuenta, las olas comenzaron a crecer en cuestión de minutos. Y cuanto más grandes eran, más potente era la fuerza con que el agua nos arrastraba hacia dentro. Cuando advertimos el peligro que se avecinaba, Pablo me agarró de la mano y me instó a nadar hacia la orilla. Tratamos de aprovechar el impulso de las olas y así conseguimos avanzar un buen trecho. Pero, de repente, la vimos aproximarse hacia nosotros. Una ola gigante de varios metros se levantaba como una pared de agua y, a medida que se acercaba, comenzaba a curvarse convirtiéndose en una monstruosa explosión blanca. ¡Por debajo! ¡Por debajo! Pero, pese a que escuché los gritos de Pablo, no fui capaz de sumergirme a tiempo y la ola me atrapó con tal violencia que dejé de existir por un tiempo. Durante unos minutos, no escuché nada. No escuché los gritos de Pablo, quien había conseguido llegar a la orilla y trataba de localizarme inútilmente en medio del infierno líquido. No escuché el ruido del terrible oleaje, que me zarandeaba como a un objeto sin vida abandonado a su suerte en la grotesca tempestad. Estuve largo tiempo debajo del agua. Mis ojos, pese a que estaban abiertos, no veían nada. Y tuve la completa certeza de que, si no lo estaba ya, pronto acabaría muerta. La oscuridad nos había sorprendido tan inesperadamente como lo había hecho la terrible ola. Si no terminé como otro cadáver más varado en la arena a la mañana siguiente, fue porque el destino decidió que a un par de pescadores se les ocurriera acercarse en ese momento a la Frouxeira. Asaltados y alentados por un atemorizado rapaz de catorce años, se lanzaron al agua sin dudarlo y, pese a lo imposible de la hazaña, me encontraron.

Fragmento de “Las vidas que pudimos vivir” (Mayte Blasco)

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3 respuestas a Las vidas que pudimos vivir (fragmento)

  1. macalder02 dijo:

    Viví siempre cerca del mar. Disfruté mucho leer el relato. Me ancanta tu blog.

  2. Pingback: Háblame de tu novela: Las vidas que pudimos vivir – agathatelocuenta

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