Día de la Biblioteca: fragmento literario

estanterías libros

Hoy, 24 de octubre, se celebra el Día de la Biblioteca.  Para conmemorarlo,  nuestros compañeros blogueros del otro mundo, nos instaron hace unas semanas a abarrotar la blogosfera de “bibliotecas” durante la jornada de hoy. Mi limitado tiempo libre me ha impedido crear algo original e inédito, pero como no quería faltar a la cita, he decidido colaborar publicando un fragmento de mi novela Las vidas que pudimos vivir. Esta novela está ambientada en una fundación cultural y muchas de sus escenas se desarrollan en la biblioteca de esta fundación o están protagonizadas por mujeres que trabajan de bibliotecarias. Quizás debería haber elegido un fragmento políticamente más correcto para conmemorar el día de hoy, pero me he decantado por este por diversos motivos. Os invito a leerlo y, si os gusta, quizás os apetezca leer el resto de la novela.


Paola Schultz me presentó a la Presidenta de la Fundación, Soledad Iglesias, unos días después de comenzar a trabajar allí. Fuimos a visitarla a su descomunal despacho, tan grande que hubiesen cabido cuatro apartamentos como el mío allí dentro. Dudo que el Presidente del Gobierno tenga un despacho tan grande como el que tenía aquella señora. Esperaba encontrar un mobiliario decimonónico en consonancia con el de la mayoría del edificio, pero no fue así. El despacho estaba decorado con muebles de diseño demasiado vanguardistas para un lugar como aquél. En las paredes no se apreciaban óleos de temática paisajista o costumbrista, sino pinturas compuestas por manchas y figuras geométricas básicas. Reconozco que no soy ninguna entendida del arte contemporáneo, pero después de admirar los cuadros realistas tan magistralmente trazados por Núñez de Prada, aquellos lienzos absurdos me parecían un insulto al arte de la pintura.

Soledad me observó de arriba abajo con prepotente descaro y apenas permanecimos en su despacho más de cinco minutos porque, según manifestó, estaba muy ocupada preparando una reunión con los patronos. Por aquel entonces yo no sabía quiénes eran esos misteriosos individuos a los que llamaban “patronos” y que parecían tener la condición de semidioses en aquel lugar. Paola fue quien me explicó que, según la ley, toda fundación se rige por un órgano colegiado de gobierno llamado Patronato. Los miembros que forman parte de este órgano son los patronos. En el caso de la Fundación Núñez de Prada, los patronos eran los propios nietos del pintor, un par de catedráticos de arte, y algunos individuos que ocupaban puestos políticos en diversos organismos del gobierno central y autonómico. No entendí muy bien qué papel desempeñaban esos políticos en una fundación dedicada al arte, pero preferí mantener la boca cerrada.

Algunas veces me encontraba con Soledad por los pasillos, casi siempre acompañada por Alfonso, el Jefe de Administración, un tipo de aspecto pusilánime que parecía su perro faldero. Alfonso siempre me saludaba con un breve buenos días, pero ella, aunque era evidente que mi presencia no se le pasaba por alto, no siempre estaba de humor para dirigirse a una insignificante empleada, así que a veces fingía no haberme visto y pasaba de largo. Su actitud me parecía tan absurda que me daban ganas de emularla y girar la cara cuando me encontraba con ella. Afortunadamente, yo no tenía que tratar con la Presidenta de la Fundación y mis jornadas transcurrían tranquilas, pero un día, sucedió un inesperado contratiempo y a partir de ahí las cosas comenzaron a torcerse.

Cuando llevaba alrededor de tres meses trabajando en la Fundación, Paola se puso enferma y estuvo al menos cinco semanas sin aparecer por allí. Alrededor de su enfermedad hubo cierto misterio, ya que nadie nos supo o nos quiso decir lo que le había sucedido. Ni siquiera ella nos dijo nada cuando regresó varias semanas después completamente recuperada y sin indicios aparentes de haber sufrido una dolencia lo suficientemente grave como para estar de baja tanto tiempo. Al margen del problema de salud que Paola hubiese padecido, las consecuencias de su baja laboral fueron mucho más comprometidas para mí de lo que hubiera imaginado. A los diez días de su convalecencia, recibí un correo electrónico de Alfonso en el que nos convocaban a Diana y a mí a una reunión en el despacho de Soledad. Yo acudí tranquila, aunque intrigada al no conocer los motivos de la imprevista asamblea. Aquella reunión, que duró nada menos que dos horas, acabó convirtiéndose en la sucesión de despropósitos más extraña y desagradable que he vivido nunca en un entorno laboral. Todo lo que para mí parecía tener sentido, perdía su lógica ante los tortuosos razonamientos de la Presidenta. Todo el trabajo que había realizado durante esos tres meses, que para mí era mucho y bien hecho, carecía de valor frente a la ofensiva de aquella mujer, que parecía disfrutar con las escenas de ajusticiamientos públicos. Diana y Alfonso fueron testigos de aquel linchamiento innecesario. Alfonso, como simpatizante del verdugo. Diana, como aprendiz de los terribles castigos que podían esperarla si su comportamiento no se regía según las irracionales pautas de la autoridad. El desencadenante fue un detalle insignificante, un pequeño incidente que Soledad interpretó como una terrible falta y utilizó como arma arrojadiza.

—Violeta, he recibido una queja del señor Saavedra que, como sabrás, es catedrático de arte y lleva mucho tiempo colaborando con la Fundación. Quiero que me expliques qué es lo que ha pasado —dijo ella, observándome con esa mirada despectiva y escrutadora, juzgándome sin conocerme, condenándome sin comprenderme.

—¿El señor Saavedra se ha quejado? —pregunté, extrañada—. Me sorprende porque estuvimos un rato charlando y él comprendió perfectamente que…

Soledad me interrumpió.

—Te estoy diciendo que el señor Saavedra se ha quejado. ¿Acaso pones en duda mi palabra?

La miré desconcertada.

—Eh… No, no lo pongo en duda —respondí, sin saber exactamente cómo actuar ante aquella actitud innecesariamente hostil.

—Continúa —me dijo.

—El señor Saavedra estaba consultando un libro del año 1890. Me pidió que le sacara fotocopias de unas hojas, pero yo le dije que no era posible ya que las normas establecen que no se puede hacer fotocopias de los libros publicados con anterioridad a 1958.

—¿Y no crees que las normas se tienen que aplicar con un poco de flexibilidad? El señor Saavedra no es cualquier persona. No podemos permitir que se vaya insatisfecho.

—Pensaba contárselo a Paola cuando volviera. Ella me ha dado esas normas y yo me limito a cumplirlas. ¿Qué hubiera pasado si el libro, que ya está deteriorado, se rompe cuando le estoy sacando fotocopias?

Pero a Soledad no le gustaba que la contradijeran. Ella era la Presidenta, que en su peculiar concepción del mundo, era prácticamente lo mismo que ser Dios. Y una desgraciada como yo no tenía ningún derecho a poner en entredicho ni una sola coma de lo que ella dijera.

—Por favor, cambia ahora mismo ese gesto de soberbia de la cara —me dijo.

Yo la miré, completamente perpleja. Después, dirigí una rápida mirada a Diana, que estaba tan asombrada como yo.

—No tengo ningún gesto de soberbia en la cara —respondí.

—¿Sigues poniendo en duda lo que digo?

Aquello comenzaba a parecerse a un interrogatorio de la KGB, uno de ésos en los que el sujeto interrogado es inocente y no tiene ni la más remota idea de qué hace allí ni de qué le están preguntando. No respondí. Guardé silencio a la espera de la siguiente embestida; intuía que cualquier cosa que dijera iba a ser utilizada en mi contra.

—Cuéntame cómo va la catalogación. ¿Cuánto falta para acabar?

—Estos meses he catalogado unos novecientos libros, que es más o menos una décima parte de todo lo que hay.

—¿Cuántos libros catalogas al día?

—Unos quince.

—¿Quince libros? ¿Lo estás diciendo en serio? ¿Y qué haces el resto del tiempo?

—Tengo que atender también a los usuarios.

—¿Pero de qué usuarios estás hablando? La biblioteca está siempre vacía…

—No es culpa mía que nadie vaya a la biblioteca —contesté, arriesgándome a ser devorada por el monstruo de dos cabezas—. Eso se debe a una insuficiente campaña de marketing. Yo soy la bibliotecaria, y a mí me contrataron para catalogar y atender la biblioteca.

Soledad emitió un prolongado suspiro. Después, movió la cabeza varias veces hacia un lado y hacia otro, observándome con su excepcional mirada hitleriana.

—Violeta, eres muy poco inteligente. Hoy en día, la competencia en el mercado laboral es tan alta que no hay que conformarse con lo que uno ha firmado en el contrato. Siempre hay que ir más allá. Hay que ser competitivos y creativos. ¿No te das cuenta de que la primera perjudicada de que no vayan usuarios a la biblioteca eres tú misma? Si no hay usuarios, la biblioteca se cierra y la bibliotecaria se queda sin trabajo. Es así de sencillo. Pero si vemos que la biblioteca es un éxito, tu puesto de trabajo y tu proyección están garantizados.

Sus palabras, que podían vincularse a una maniobra de chantaje, amenaza, coacción o abuso de poder, a mí me recordaron, salvando las distancias, a la famosa frase que los nazis colgaron en las puertas de los campos de exterminio: “El trabajo os hará libres”.

—Puedo hacer una campaña de márketing, si eso es lo que usted quiere, pero entonces no tendré tiempo de catalogar. Se tarda mucho en procesar esos libros. La mayoría son antiguos y tienen muchas peculiaridades que hay que tener en cuenta en la catalogación.

—Bien. Entonces tendré que hablar con Paola, porque si la persona que ella ha elegido para este trabajo no es suficiente, habrá que buscar a otra persona más. ¿Quieres que busquemos a alguien para que te ayude?

Intuía que aquella pregunta escondía una indudable trampa. Si respondía afirmativamente, estaría reconociendo que no podía hacer frente yo sola al trabajo. Si contestaba con una negación, volveríamos a encasquillarnos en un combate dialéctico donde yo tenía todas las de perder dijera lo que dijese.

—Eso tienen que valorarlo Paola Schultz y usted.

—Eso haremos.

31 comentarios en “Día de la Biblioteca: fragmento literario

  1. Las bibliotecas son esenciales en el proceso educativo por eso la importancia de celebrar su día. El avance de tu novela, de lo mejor. De seguro que es un estupendo libro. Ya lo voy a leer. Mis saludos.

      1. No es ningún honor. Somos solamente ávidos lectores y tu libro nos ha encantado. Mi hijo me lo bajó por una aplicación de unos amigos porque aún no tengo cuenta bancaria por la visa. Así que te la debo por Amazon para hacer lo correcto. Saludos.

  2. Está claro que dedicar fragmentos de una novela propia para homenajear esta jornada es una práctica que rezuma cariño. Pero claro, si tú no le guardas cariño a las bibliotecas, ¡apaga y vámonos!
    Muchas gracias por sumarte a la iniciativa, y ¡feliz Día de la Biblioteca!

  3. Escribes muy bien, Mayte.
    Seguro que la novela me gustará, ya me han hablado muy bien de ella otros amigos blogueros.
    Esa sí que es una auténtica jefa psicópata, ¡qué horror de señora!

  4. Hola. Muy bueno este fragmento de tu novela. Creo que es una situación y un diálogo que has conseguido hacer muy vívidos, con una gran capacidad de enganchar, o de meterse en la propia situación, visualizarla. Pues menuda déspota manipuladora, sin duda alguna. Y cabrona retorcida, de esas personas que no soportan que les lleven la contraria. O sea, endiosada y prepotente. Así poco se puede hacer, como bien dices utiliza todo lo que dices en tu contra.
    Seguro que la novela está muy bien.
    Pues no se lo he comentado a nadie en la blogosfera (a Evavil hace pocos días tampoco), pero resulta que mi hermana trabaja de… bibliotecaria.
    Un abrazo.

    1. Gracias, What. Como le decía a Evavill, el personaje de Soledad es odioso, pero necesario en la novela. Si la lees en algún momento, verás que cada personaje tiene una visión distinta de lo que ocurre en la Fundación. Un abrazo

      1. Pues casi seguro que adquiero el libro en próximas semanas, pues me despierta bastante interés. Creo que tu prosa es muy clara y descriptiva. Después pensé que efectivamente el que haya cinco coprotagonistas llama mucho la atención, como dice Lídia (leí su reseña). Es lógico que tengan puntos de vista distintos. Y pensando que lo más lógico y probable es que hayas empatizado más o menos con ellas, me surge la pregunta de si incluso empatizarías con el personaje de Soledad. Puede ser. Personas o personajes así llegan a suscitar atisbos de comprensión, de compasión, y no pocas veces hasta de lástima (por entender sus motivaciones, personalidad… ).
        No tengo dispositivo Kindlle, hasta ahora. Sigo siendo un amante del libro de papel. Por cierto que la próxima novela que voy a leerme es “Hombres” de Angelika Schrobsdorff. Me hace mucha gracia la trama, una seductora que hizo con los hombres lo que quiso…

      2. Muchas gracias por tu interés. Ya me contarás qué te parece si te animas a leerla. El personaje de Soledad es muy polémico, ya te darás cuenta de que empatizar con ella es difícil pero… En fin, no te cuento más, no vaya a ser que me vaya de la lengua y te haga un spoiler de mi propio libro. A través de Bubok lo puedes conseguir en papel. Yo también era una amante del libro en papel hasta que me fui a vivir al extranjero y tuve que desprenderme de muchos libros y, luego, cuando nació mi hijo, ya ni te cuento… Mi casa es pequeña y los niños ocupan mucho espacio con sus trastos. Ahora, con la concienciación ecológica, me parece que estoy haciéndome todavía más electrónica (los árboles nos agradecerán que no se imprima tanto). Respecto a la autora de la que hablas, yo leí “Tú no eres como otras madres”, en la que habla sobre la vida de su propia madre, una mujer muy singular a la que le tocó vivir en Alemania las dos guerras mundiales. Un abrazo.

  5. Hola Mayte, ya sabes que me encantó tu novela. Y a mi hija también. Una espléndida historia que demuestra como hay diferentes puntos de vista para percibir la realidad y sorprende darse cuenta de que todos son igual de válidos. Un abrazo.

    1. Muchas gracias, Carlos. Un placer recibir una visita tuya por estos lares. He rescatado este fragmento a colación del Día de la Biblioteca y por aquello de desenterrar mi novela, que lleva un tiempo languideciendo. Por cierto, si quieres ver cómo quedó mi proyecto sobre escritores recomendando escritoras, lo publiqué en mi anterior entrada. Un abrazo fuerte.

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