Luces

La reunión extraordinaria del Pleno no tenía nada que ver con las subvenciones para la vendimia. Tampoco con la reconstrucción del Puente del Corzo, derribado por un rayo en la última tormenta. José Antonio nos convocó a todos en reunión extraordinaria para hablar de las lucecitas. Las jodidas bombillas navideñas, eso es lo único que le importaba al alcalde. Que el presupuesto no daba, dijo descompuesto, la frente brillante de transpiración, las cejas gesticulantes sobre unos ojos miopes. Que con el dinero disponible solo alcanzaba para quince mil bombillas y él había prometido que la iluminación navideña de este año alcanzaría las veinte mil.

-José Antonio, son solo cinco mil bombillas menos. La gente no lo va a notar, no se van a poner a contarlas -dijo la concejala de Cultura. A ella llevaban recortándole el presupuesto desde tiempos inmemoriales. De hecho, la encargada de la biblioteca no había podido comprar un solo libro desde la pandemia. La biblioteca se nutría de donativos, ejemplares llenos de polvo y páginas amarillentas que la gente donaba cuando moría algún viejo y los herederos limpiaban la casa.

-Yo prometí que veinte mil y serán veinte mil –gritó José Antonio.

El problema era de dónde sacar el dinero. Finalmente, se decidió emplear el presupuesto inicialmente destinado al contrato de reposición de farolas de la Plaza Mayor.

-Total, las dos cosas son iluminación, ¿no? Aquí no se está cometiendo ninguna malversación de fondos –argumentó el alcalde.

Así que, este año, el pueblo está decorado con angelitos, renos y papanoeles refulgentes que, juntos, suman un total de veinte mil bombillas.

Paseo por la Calle Mayor y veo a los vecinos del municipio haciendo sus compras. No puedo evitar contar lucecitas cuando las veo. Una, dos, diez, veinte, cincuenta… En el quiosco de la plaza compro un periódico. Leo los titulares bajo la luz cochambrosa de las farolas que ya no podremos reemplazar: la corrupción de siempre, la inflación de siempre, las luchas políticas de siempre. La noticia sobre ese genocidio en Oriente Medio me repugna con una espeluznante coincidencia matemática: veinte mil niños muertos durante el conflicto.

Algunos vecinos me paran. “Concejal, concejal”, me dicen. Me preguntan por las subvenciones para la vendimia de las que aún no sabemos nada. Me preguntan por la reconstrucción del Puente del Corzo. Una señora me dice que la iluminación navideña de este año ha quedado preciosa. Sonrío con una mueca espontánea. Le digo que el pueblo está iluminado este año con veinte mil bombillas. La señora gesticula con la mano; su cara achicada por una gran bufanda expresa satisfacción. Estoy a punto de decirle que hemos puesto tantas bombillas como niños muertos en la guerra, como si cada una de esas luces fuera un recuerdo, un homenaje, un panegírico, pero no, no lo hago.

Camino por la Calle Mayor entre vendimiadores sin subvención y señoras mirando luces con orgullo chovinista. Por encima de mi cabeza sobrevuelan figuritas navideñas torpemente recreadas con bombillas. Una, dos, diez, veinte, cincuenta… Así hasta veinte mil.


Relato finalista del XXI CERTAMEN DE RELATO Dónde está la Navidad

 

 

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