El especialista

De su pasado turbio aún conservaba muchos recuerdos, pero trataba de olvidarlos habitando una vida lo más honesta posible. Había pegado demasiadas palizas a cambio de dinero y su juventud se había apagado en la cárcel. Ahora que había conseguido reinsertarse en el mundo con cierto éxito, sus días transcurrían lentos, solitarios, trabajando en lo que podía cuando le llamaban de la empresa de trabajo temporal.

Las cosas le habían ido relativamente bien hasta el día veinte de diciembre. Después de tantos años de sordidez y violencia, se sentía más que extraño con el traje rojo y la barba blanca postiza. Su color de piel era además demasiado oscuro para emular al hombre norteño del trineo, pero el tipo que había dirigido el proceso de selección no parecía haber reparado en ese detalle —o tal vez se trataba de un trabajo tan mal pagado que no habían encontrado a otro candidato mejor para llevarlo a cabo.

Cristian acudió al centro comercial y permaneció allí durante horas sentado en una gran butaca junto a un árbol de Navidad exageradamente decorado. Pese a su escasa práctica en trabajos de esa índole, se desenvolvió satisfactoriamente con los niños. Hugo quería una bicicleta, Mateo un patinete, Laura un cochecito para su muñeca… Todo fue bien hasta que apareció ella: ojos negros de largas pestañas, inmensos en la tristeza de su cara; la piel morena, el cuerpo menudo, dos trenzas negras dibujando cenefas sobre su camisa blanca. Cristian creyó por un instante en los viajes astrales, en los principios de la reencarnación y en todas las teorías posibles e imposibles que pudieran explicar por qué su hermana Gisela aparecía ante él lejos de su Colombia natal, de nuevo con siete años y, sobre todo, viva otra vez. Pero aquella niña no era Gisela. Se llamaba Paula y era de Madrid.

Con cierto esfuerzo, trató de aceptar que Paula era Paula y no Gisela pero, ¿cuántas coincidencias son suficientes para creer en el destino? Mientras que estaba convencido de que Hugo tendría su bicicleta, Mateo su patinete y Laura su cochecito, sabía que Paula no conseguiría lo que le había pedido, aquello que le había susurrado sentada sobre sus rodillas en el centro comercial: “Quiero que mi papá pase la Nochebuena con nosotras y que no vuelva a beber nunca más”. Y daba la casualidad de que Cristian era —o había sido—un profesional, un especialista que nunca fallaba.

Después de realizar las oportunas pesquisas, la noche del veinticuatro de diciembre, con su barba blanca y su traje rojo, Cristian caminó por un Madrid desierto hasta llegar al lugar deseado. Entró en el bar y se acercó al único cliente que había, un tipo delgado con gafas y barba de tres días. Se acodó en la barra a su lado y le dijo:

—Feliz Navidad.

El hombre le miró con gesto incómodo y le respondió:

—Lo mismo digo.

—¿Qué hace usted aquí? —le preguntó Cristian.

Y el hombre, sin ni siquiera girarse para mirarlo, le contestó:

—Estaba tomándome un whisky tranquilamente hasta que un imbécil vestido de Papá Noel ha venido a tocarme las narices.

De un manotazo, Cristian tiró el vaso de whisky al suelo y casi simultáneamente agarró al hombre por la camisa y lo acorraló contra la pared de enfrente.

—Voy a explicarte despacio lo que vas a hacer a partir de ahora —le dijo, observando sus ojos aterrados—. En primer lugar, vas a largarte ahora mismo de este antro y te vas a ir a cenar con tu mujer y tu hija. En segundo lugar, no vas a volver a probar una gota de alcohol en lo que te queda de vida. Y por último, no vas a ponerle la mano encima a tu mujer ni una sola vez y mucho menos a Paula.

—Paula… ¿Cómo sabes el nombre de mi hija?

—Porque soy Papá Noel. ¿O es que no lo ves?

Cristian escoltó al hombre hasta el portal de su casa, subió con él las escaleras hasta el segundo piso y permaneció sentado en el suelo del rellano una vez que aquel tipo entró en su casa. A lo largo de la noche escuchó un par de veces la risa dulce de Gisela. ¿O tal vez sería la de Paula?

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