Ahora o nunca

Aquella noche había elegido la función de carabina. Ya fuese en la calle o incluso dentro de los locales, me separaba a veces de ellos por la pura necesidad de ver otras caras. Me gustaba introducirme entre la multitud sudorosa de bares atestados, devolviendo las sonrisas que encontraba por el camino, atesorando las miradas que provocaba mi abundante trasero. “¿Cómo te llamas, ojazos?”, escuché junto a mi oído. Un chico cuyo rostro ni siquiera recuerdo analizaba mi cuerpo, verificando tal vez lo poco que valían la pena las enormes esferas celestes en la simpleza de mi aspecto. Comenzamos una conversación insulsa interrumpida minutos más tarde por mi amiga, que preocupada por mi “desaparición”, había decidido ir en mi busca. Laura, la acaparadora de miradas, robándome el protagonismo una vez más. Mi interlocutor solo necesitó un par de segundos para olvidarse de mi existencia. Ya solo se dirigía a ella, que seguía la conversación de forma natural, como si su novio no la estuviese esperando a escasos metros de distancia. Traté de participar en la charla, pero fue inútil. La presencia de Laura me otorgaba el extraño poder de parecer invisible.

Por suerte o por desgracia, unas gafas enormes sobre una nariz picuda se colaron de repente en medio del triángulo. A Laura solo le bastó el roce de su mano en el hombro para despedirse inmediatamente de su espontáneo admirador.

—Nos vamos a casa —me dijo. En su voz se adivinaba algo parecido a una exigencia. Una imposición que, bajo los efectos del vodka, me sonó a sometimiento.

—Vale. Yo me quedo —respondí. Y al decirlo me sentí libre.

—¿Te vas a volver sola a casa? —me preguntó ella.

—¿Por qué no? —respondí. Aunque no era yo quien hablaba, sino el alcohol transformado en fraudulenta osadía.

El chico que me había llamado “ojazos” recuperó repentinamente el interés por mí al comprobar que mi amiga se marchaba con su novio.

—¿Te dejan sola? —me preguntó.

—Que se larguen. Últimamente no hay quien los soporte —respondí.

Al mirarle a los ojos, me di cuenta de que aquel chico era mayor que yo. Tal vez incluso mucho mayor, aunque no puedo asegurarlo pues no recuerdo si en algún momento me dijo su edad. Me invitó a otro Smirnoff con naranja. Me dijo que era preciosa. Bailamos agarrados todas las canciones que sonaban, incluso la salsa caribeña de Gloria Estefan. Me invitó a otro Smirnoff con naranja. Me besó en la boca, y aún recuerdo en mis labios el sabor amargo de su Marlboro.

En un momento dado, con la vista medio nublada y mi cuerpo sostenido en sus brazos, tuve la acertada idea de mirar mi reloj de pulsera. Hacía casi una hora que debía haber vuelto a casa. El susto me espabiló de repente y quise salir corriendo. Entonces, él insistió en llevarme a casa. Me dijo que tenía el coche aparcado muy cerca de allí.

El frío nocturno de noviembre terminó de espantar el alcohol de mi cuerpo. ¿De verdad iba a meterme en ese coche? Mientras caminábamos por las calles medio escarchadas, aquel tipo extendía su brazo por encima de mis hombros, no sé si para cobijarme o para retenerme. Cuando llegamos a su coche, separó su brazo de mi cuerpo para buscar las llaves dentro del bolsillo de su cazadora. Hacía justo un año, tres chicas de mi edad habían sido violadas y asesinadas en una localidad valenciana. Sus nombres y sus caras, mostradas en los informativos día tras día, se cruzaron en mi aterrada memoria. “Ahora o nunca”, pensé. Y comencé a correr.

Corrí a pesar de las llamadas insistentes que escuchaba a mi espalda, a pesar del cansancio que sentía y de la lluvia que empezó a empaparme el pelo y la ropa. Corrí con lágrimas en los ojos mientras escuchaba el claxon obstinado de su vehículo al pasar por mi lado, al oír de su boca cómo el “preciosa” se había transformado en “puta”. No detuve la carrera ni siquiera cuando lo vi alejarse en la distancia, acelerando en un semáforo en rojo como si quisiera moderar su enfado con la ejecución de aquella peligrosa infracción.

18 comentarios en “Ahora o nunca

  1. Muy bien descrito. Incluso esa rivalidad no expresada entre amigas, la envidia de no sentirse guapa, la baja autoestima… Y el miedo, ese miedo que algunos niegan o nos acusan de exagerar. Pero las mujeres siguen siendo violadas o asesinadas por no huir cuando pudieron. Bravo por el relato, Mayte! 👏👏 Un abrazo 💜

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