La orla

HabitaciónVisitar la casa de los padres es siempre un viaje al pasado, ahora más que nunca desde que a tu madre se le ocurrió colgar la orla en la pared de tu antiguo cuarto, justo frente al escritorio. Colocas el portátil sobre la mesa, tienes que trabajar un rato, pero la orla te distrae desde el primer momento. Podrías coger el cuadro y apartarlo de allí, tal vez tirarlo a la basura. Sin embargo, te pones a contar cabecitas casi sin darte cuenta. Una cabecita, dos, tres, diez, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta… La orla se compone de cincuenta cabezas que forman una cuadrícula. Cada cabeza aparece colocada sobre un torso idéntico: todos llevan una especie de banda roja con el emblema del colegio encima de una camisa blanca. Bueno, no todos. Hay uno que lleva una camisa azul. Es curioso que justo sea ese chico el elemento discordante de esa cuadrícula perfecta. Rafael. Vuestro compañero Rafael siempre contaba a quien quisiera escucharle que estaba enamorado de Rebeca. Pobre Rafael. No tienes ni idea de qué habrá sido de él, pero estás segura de que, de estar compartiendo su vida con alguien, esa persona no se llamará Rebeca, ni Paula, ni María, sino más bien Alberto, Javier o Antonio. Eso teniendo en cuenta que en algún momento decidiera escapar por fin de ese armario oscuro y blindado con mil candados.

De Rafael saltas a Rebeca. Te fijas en ella con detenimiento y ya no la ves tan guapa como entonces te parecía. Por el contrario, algunas de las cabezas que por aquella época te resultaban anodinas, adquieren con la mirada adulta un atractivo inexplicable. Raquel, Noelia o Lorena se te antojan ahora mujeres bellas, mucho más que las que por aquel entonces ostentaban el dudoso título de “guapas”.

Algunas percepciones, no obstante, permanecen inalterables. Pedro sigue siendo el más guapo de todo ese ejército de cabezas. Sigue teniendo una cara angulosa y una nariz etrusca. A ti también te gustaba, por supuesto. Lástima que empezara a salir con Nieves, la chica del cutis perfecto y las notas brillantes. Algunas tienen la suerte de tenerlo todo: belleza, inteligencia y suerte con los hombres. Los imaginas juntos en un chalet adosado: dos hijos, un perro, un coche de gama media aparcado en el garaje. Tal vez hayan seguido juntos o tal vez no.

Ahora te fijas en Blanca. De ella recuerdas poco, pero el lodazal de la memoria rescata aquella declaración que se le ocurrió hacer en plena clase de Historia contemporánea. “Franco hizo cosas muy buenas para España”. Eso dijo delante de todos y se quedó tan ancha. Imaginas que su padre, el marino engendrador de criaturas (si mal no recuerdas tenía seis o siete hermanos), tal vez fuera el verdadero artífice de aquellas palabras.

Verónica no sale demasiado guapa en la foto de la orla. Era más rubia y con los ojos más azules de lo que ahí se aprecia. Vuestra amistad fue como un contrato con una fecha de vencimiento. Pasada esa fecha, las partes contratantes apenas volvieron a tener contacto. No sientes lástima; algunas amistades pertenecen al pasado y ahí deben quedarse. Podrías tratar de localizarla, pero recuperar ahora esa amistad sería como sacar un cadáver de un pozo.

Justo encima de Verónica aparece la cabeza de Juanjo. Te tiembla el cuerpo ligeramente al fijarte en su cara, en su mirada. Te preguntas si él te gustó o si lo que sentías era simplemente una simpatía razonable. Te preguntas si bloqueaste algunas sensaciones cuando Verónica y él se hicieron novios -la lealtad siempre estuvo en lo alto de tu escala de valores-. Llevas meses soñando con él, desde el día en que te enteraste de su fallecimiento. Ninguno pensabais en la muerte aquel día, cuando por turnos os fueron colocando esa banda roja -siempre la misma- y os pedían que sonrierais ante el fotográfo. Probablemente todos pensabais que llegaríais a viejos, que tendríais hijos y nietos, que tal vez el éxito y la eternidad os esperaban a la vuelta de la esquina.

Finalmente posas la mirada sobre ti misma. El flequillo se te mete en los ojos, tienes la cara pálida y un gesto incierto en la boca que no es exactamente una sonrisa. De repente, imaginas a otros haciendo exactamente lo mismo que tú haces ahora: analizar cabecitas en la orla de la promoción. Imaginas a alguna de esas cabezas fijándose en la tuya. ¿Cómo te recordarán los otros? ¿La flaca, la empollona, la rara?

Al otro lado de la puerta escuchas a tus padres dándose mutuamente el parte meteorológico. “Mañana bajan las temperaturas”, dice él. “Por eso me duelen tanto las piernas”, responde ella.

Visitar la casa de los padres es siempre un viaje al pasado.

 

© Mayte Blasco

28 comentarios en “La orla

  1. La nostalgia nos rodea por cualquier lado. Historias que no fueron porque no tenían que ser. Amistades que se llevó el tiempo. Y con suerte, alguna otra amistad que aún perdura.
    Excelente acercamiento a la memoria, tan traidora a veces. Un abrazo Mayte.

  2. Excelente el texto y la descripción; me ha gustado mucho. Pues sí, una acertada reflexión de los desconocidos y variados derroteros que tiene la vida, los distintos caminos, esos futuros que es imposible imaginar. Así son las cosas.
    De mis amistades de estudios no conservo a casi nadie. Solo a un reducido grupo, y hace ya un considerable tiempo que no les veo. Un día dije simplemente que me saturaba verles, que me sentía algo fuera de lugar, incómodo. Y no porque no les aprecie ni signifiquen nada. Sino que hay algo forzado en ello. Estoy solo en ese sentido. Ya te dije un día que esto no me importa, de verdad. Aparte de eso, hay amistades o relaciones que sabes es mejor no resucitar, pues no funcionarán y en el pasado deben quedarse. La gente cambia, en algunos aspectos muchísimo.
    En cuanto al tiempo, pues vuela. Pasados los meses del puto confinamiento forzoso, que se hicieron pesados y lúgubres, algunas semanas y días, digamos del verano en adelante, sencillamente me han pasado rapidísimo. Soy consciente de ello. Incluso días enteros sin pegar ni el sello. Sigo sin trabajar, fíjate. Esto, para mí, y no voy a esconderme, es una inmensa suerte y bendición hoy por hoy. No sabes lo tranquilo que estoy.
    Esos arrebatos o momentos de recordar experiencias o épocas pasadas se dan, pero no me entretengo demasiado en ello. Es como asistir al cine, revisitar imágenes, sensaciones, etc. Auténticamente un NODO de nuestras vidas, creo que podría decirse. No sé, hay algo en ello que desgasta, forzado. Hasta voy a ser exagerado y decir antinatural. Jajaja, cómo me paso. Bueno, también es humano y lógico. Pero no me van en exceso estos ejercicios. Solamente si de repente surgen. Pero no los provoco. ¿Y sabes por qué? Porque el pasado es pasado.
    En un chasquido de los dedos ya no estaremos. Seremos humo.
    Un abrazo.

    1. Muchas gracias. Yo, en cambio, sí regreso mucho al pasado últimamente. Aunque me pasa un poco como a ti, a veces (sobre todo cuando recuerdo momentos muy lejanos) siento como si estuviera viendo una película, fotogramas que le ocurrieron a otra persona que no fuese yo. Un abrazo

      1. Sí, efectivamente. La vida, todas las vidas, incluso “la nuestra” no deja de ser una película, y estamos representando un personaje. Por eso tantísimas veces parece irreal, superficial, como un sueño. Perdona, porque sonará pedante, pero diciendo esto “te acercas a la verdad”, y me alegro. No te lo tomes a mal. Con esto no quiero tildarte de tonta, ciega, dormida o algo así. En verdad creo que la inmensa mayoría estamos “no despiertos de verdad” y esto incluye al que escribe ahora. Tampoco creo que lo que llamamos “yo” sea muy sólido o real. Eso explica que las personas cambien tanto, con los meses, los años. Nosotros mismos podemos cambiar en cuestión de días, meses… Incluso en un intervalo de pocas horas podemos sentir o desear cosas totalmente distintas y contradictorias. Es todo el contenido que va aflorando, pero la naturaleza y la realidad son espontáneas, imprevisibles, impersonales. Incluyendo la personalidad humana. Esta es una de las innumerables razones para no morar en el pasado o nostalgias: es forzado.
        No quiero comer cocos. Solo exponer mi visión.
        Ciao Mayte.

      2. Pues ahora que lo pienso, en mi novela “Las vidas que pudimos vivir” un personaje dice una frase muy muy parecida a esa. No recuerdo las palabras exactamente, tendría que buscarlo…

      3. En verdad no sé que pensarás de todo lo que suelto. Quizá que qué rollazos y que sí soy un comecocos. Y que vaya tío más raro, complicado y jugando a hacerse el interesante. Pero en verdad pienso las cosas que te digo. De todo lo comentado puede decirse que sí, que nuestras vidas e identidades me parecen muy ilusorias. Como películas y personajes. De ahí mi inclinación por el camino espiritual y por considerar que un despertar más profundo y auténtico es efectivamente posible.

      4. Tranquilo, no pienso que seas un rollazo. Me parece bien que comentes lo que te parezca, para eso tengo abiertos los comentarios en el blog. Es muy interesante lo que cuentas del camino espiritual. A veces parece extraño, porque en nuestra cultura occidental nos hablado poco o nada de esas cosas.

      5. Me alegra enormemente que te resulte interesante. A mucha gente parece que le da como alergia, pánico, rechazo, etc,. etc., y huyen despavoridos.
        Pues mira, ya que estamos, te voy a contar brevemente en 500 palabras… jajaja.
        Un abrazo.

  3. Un viaje nostálgico y, a veces, inquietante. Ahora tenemos –además de la posibilidad de seguir manteniendo un contacto frecuente– las redes para hacernos una idea del “estado del arte” de nuestros antiguos compañeros de universidad. Pero es verdad que resulta más tentador observar la foto, recordar, e imaginar cómo han podido transcurrir sus vidas. Y de ahí el relato. Un abrazo.

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