Las gafas de sol

La camarera se aleja con la jarra de leche. Con escaso disimulo, él se fija en su trasero voluminoso, apretado bajo unos pantalones vaqueros. Fantasea con la posibilidad de ofrecerle su número de teléfono en caso de que finalmente no aparezca su cita de esa tarde.

Está sentado a la única mesa con sombra de toda la terraza. A su alrededor, grupúsculos de turistas tratan de encontrar un sitio mientras observan las grandezas arquitectónicas de la plaza. Consulta su móvil para comprobar si la chica con la que se ha citado ha escrito para excusarse por el retraso. “Nada, ni un maldito whatsapp”, piensa él. Otea el horizonte de la plaza con las cuatro calles peatonales que desembocan en ella como afluentes de un río seco. Imagina a la muchacha escondida tras una farola, observándolo en la distancia y evaluando la conveniencia de acercarse a él o elegir a un chico más guapo en el amplio catálogo de la aplicación de contactos.

Un hombre moreno de pelo encrespado deambula alrededor de las mesas estirando una mano en señal de limosna. La gente lo ignora y él hace lo mismo cuando se aproxima a la suya. Lleva una sudadera Adidas descolorida y sonríe con una dentadura ennegrecida e incompleta.

—No tengo nada, no tengo nada —masculla él.

El mendigo se aleja tratando de probar suerte en la mesa de al lado. La camarera aparece en ese instante y el indigente sale corriendo antes incluso de que la chica le reprenda.

“No es la primera vez que viene a molestar a los clientes, ¿verdad?”, piensa él en decirle a la camarera. Le parece que se trata de un comentario apropiado, el tipo de frase con el que iniciar el preámbulo de un posible flirteo. Sin embargo, un descubrimiento inquietante le obliga a pronunciar en voz alta unas palabras distintas.

—¡Me ha robado las gafas, mis gafas de sol! —grita—. Las dejé encima de la mesa y ya no están.

Algunos clientes se giran para observarlo. Probablemente no entienden nada de lo que ha dicho; son todos turistas extranjeros. La camarera se acerca a él, va a decirle algo, pero entonces ve al hombre moreno de la chaqueta Adidas introduciéndose entre la multitud que avanza por una de las calles peatonales. No lo piensa dos veces. Sale corriendo sin abonar la cuenta y sin escuchar los chillidos de la camarera que lo llama.

Resulta difícil correr por esa calle sin colisionar contra la muchedumbre de paseantes vespertinos que la llenan, pero consigue avanzar lo suficientemente rápido como para no perder de vista al tipo moreno de la chaqueta descolorida. Poco después, el indigente toma una bocacalle y se introduce en una de esas franquicias de hamburgueserías yanquis con las paredes pintadas de rojo. Su perseguidor no tarda en localizarlo en los aseos del establecimiento. El tipo se encuentra meando frente a un urinario.

—Devuélveme mis gafas ahora mismo —le dice.

El indigente lo mira, sonriendo con su boca mellada.

—¿Es que no oyes lo que te estoy diciendo?

El mendigo, recolocándose la bragueta, masculla algo en una lengua indefinida. El puñetazo le pilla por sorpresa. Al caer, su cabeza de melena encrespada tropieza contra el urinario y su cuerpo se derrumba, inconsciente.

Él aprovecha entonces para cachearle y así poder recuperar sus gafas, que con toda seguridad estarán guardadas en los bolsillos de la ropa mugrienta del indigente. Sin embargo, no las encuentra.

Al ponerse de pie, sus ojos tropiezan con el espejo del baño. Se fija en el sudor que le cae de las sienes, en su pelo rubio ligeramente descolocado por el sofoco de la carrera. Y entonces su rostro se transforma en una mueca grotesca al descubrir que sus gafas de sol están justo ahí, perfectamente encajadas sobre los rizos engominados de su cabeza.

 

© Mayte Blasco

21 comentarios en “Las gafas de sol

    1. ¡Gracias, Aránzazu! Por cierto, me gustaría decirte dos cosas: la primera es que tengo en mi poder un ejemplar de tu libro que leeré en cuanto acabe el que estoy leyendo ahora; la segunda es que, cuando te diste de baja en twitter, sí sucedió algo: yo me di cuenta y me dio pena que te marcharas, aunque lo entiendo perfectamente. Abrazos.

      1. Gracias por tenerme en cuenta para tu próxima lectura, espero estar a la altura.
        ¿De verdad viste que desaparecí de Twitter? Ostras, eso sí que no me lo esperaba. La cuestión es que andaba toqueteando para blindar la cuenta en temas de privacidad y le debí dar al botón incorrecto. Después intenté recuperar la cuenta pero había desaparecido todo (seguidos, seguidores, tweets…) y me dió pereza comenzar de nuevo.
        ¡Un abrazo!

  1. Pingback: Las gafas de sol — El blog de Mae | Multi Ariadna

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