Cadena perpetua

Los hermanos juegan sobre la tierra seca bajo la mirada vigilante de la madre. Corren, saltan, de vez en cuando tropiezan, caen al suelo y se llenan el cuerpo de polvo. Luego se levantan y vuelven al juego, a la diversión. El sol del mediodía cae sobre ellos como una losa pesada. La madre bosteza y, apoyada sobre una roca, entrecierra los ojos un instante, tan solo unos segundos, el tiempo justo para que uno de sus hijos corra más de la cuenta y se aleje demasiado. El pequeño se ha perdido. Camina por esa tierra seca, solitaria, hostil. Un hombre se cruza en su camino. Le dice: pequeño, ¿vienes conmigo? Y él retrocede, desconfía de ese hombre gordo y feo que sonríe demasiado. Pero todo está oscuro de repente y los ojos se le cierran.

Despierta algunas horas más tarde en un lugar desconocido con olor a excrementos. Su primer impulso es escapar, pero unos barrotes metálicos se lo impiden. Otros como él lo observan tumbados en los rincones, aletargados por las drogas, por la tristeza, por el encierro. En la jaula hay un cartel que reza: “Precaución. Manténganse alejados de los leones”.

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