En la biblioteca

cuarto y mitad

La nota estaba en un libro de la biblioteca, dentro de un tomo de Biología Molecular que había extraído de una estantería, un ejemplar manoseado, con las tapas desgastadas de tanto uso, amado y odiado a partes iguales por cientos de estudiantes de Medicina a lo largo de su breve existencia en los anaqueles de la biblioteca universitaria. Era una hoja cuadriculada,  probablemente arrancada a algún cuaderno escolar, y estaba metida entre la tapa y la primera página del libro. En aquella hoja alguien había escrito una nota de amor cursi, algo sobre unos ojos verdes como el mar y una cara de ángel. 

-¿Qué es eso? -me preguntó Guillermo, encorvado en el asiento de al lado sobre sus apuntes de Anatomía, un peculiar universo paleográfico lleno de letras diminutas, tachaduras y dibujitos deformes de órganos y huesos humanos.

-Nada, no es mío -le dije, arrugando la hoja. Daba por hecho que aquella nota era un mensaje dirigido a otra persona que no era yo, una declaración de amor olvidada como una promesa incierta entre las páginas de un libro ajeno.

Pero dos días más tarde apareció la segunda nota. La encontré después de haberme ausentado unos minutos para salir a fumar un cigarro. Una hoja cuadriculada, la misma letra mayúscula trazada con precisión de calígrafo asiático. En esta ocasión el remitente
se dirigía a mí de manera explícita. Decía: «Virginia, te amo desde el primer día en que vi tus ojos de nube». Hice una bola con el papel antes de que Guillermo, sentado a mi lado, lo leyera y se viera poseído por una de sus clásicas carcajadas convulsivas y ruidosas. Levanté la mirada y observé los rostros concentrados de varios chicos que ocupaban los pupitres de la biblioteca. Ojos de nube… Me pregunté qué futura eminencia de la Oncología o de la Cirugía cardiovascular había escrito aquella metáfora tan extraña. Al fin y al cabo, todos ellos eran estudiantes de Medicina, no aspirantes a poetas, aunque, en estricto rigor, la Historia nos ha obsequiado ya con unos cuantos médicos que también han sido grandes cultivadores de las letras, como Pío Baroja o Anton Chéjov. Incluso el mismísimo Gregorio Marañón escribía bellísimos poemas.

Durante los días siguientes, encontré varias notas más entre mis libros y apuntes, todas ellas dirigidas a mí y colocadas siempre durante mis breves ausencias al retrete o cuando salía con mi compañero Guillermo a tomar un café. No tenía claro si el remitente era un admirador secreto o un gracioso que trataba de jugar conmigo. Tenía controlados a todos los chicos que solían sentarse cerca de mí en la biblioteca. Vigilaba sus movimientos, sabía qué curso estudiaban, de qué color eran sus mochilas, a qué hora se marchaban. Uno de ellos era un tipo de pelo largo recogido siempre en una coleta. Estaba ya en quinto curso. No era especialmente guapo, pero de vez en cuando me miraba y sonreía, y soñé muchas veces con su cuerpo delgado encajándose en el mío.

La última nota apareció la víspera de las vacaciones de Navidad. Había suspendido Biología Molecular, así que fui a la biblioteca para llevarme en préstamo una vez más aquel manual sobado como lectura inevitable para mis vacaciones navideñas. La sala
estaba vacía. En el mostrador de préstamo, una bibliotecaria colocaba tejuelos sobre los lomos de una inmensa pila de libros. Al sacar el volumen de la balda, una hoja cuadriculada cayó de entre sus páginas. No podía creer que se tratara de otra nota de amor.
Allí no había nadie, solo aquella trabajadora de la biblioteca, una señora varias décadas mayor que yo a la que me costaba imaginar enamorándose de una estudiante de primer curso y jugando con ella a Romeo y Julieta. Desplegué la hoja y la leí con una inquietud que me pesaba en el estómago: “Si quieres saber quién soy, te estaré esperando a la entrada de la biblioteca”. El corazón me golpeaba las costillas como un animal acorralado. Me puse el abrigo y bajé al vestíbulo. 

Sentado en las escaleras estaba Guillermo. Lo primero que pensé fue: “Vaya, qué casualidad que esté Guillermo aquí precisamente ahora que voy a conocer a mi admirador secreto…”. Cuando me miró, con un semblante entre feliz y avergonzado, me di cuenta
de lo que suponía que solo él estuviese allí sentado. 


Relato finalista en el VI Concurso Literario Cuarto y Mitad, organizado por la Biblioteca Pública Municipal Mario Vargas Llosa en colaboración con el Mercado Barceló (Madrid). 

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