Fumadero

—¿Cómo está tu madre? —me preguntó, al encontrarnos en el rellano. Estaba harta de responder a esa pregunta. Me daba la sensación de que la gente preguntaba por puro morbo más que por una verdadera preocupación.

“A ti qué coño te importa”, pensé en contestar a la vieja. Pero solo respondí un “bien, gracias” con voz seca y sin mirarla a los ojos. Mi respuesta no pareció satisfacer a la vecina del séptimo, la vieja solterona —o viuda, nunca me importó la vida de aquella señora— que vivía en el piso contiguo al de mi amigo Gonzalo. Él había abierto la puerta de su casa y esperaba con un pie dentro y otro en el pasillo a que la vieja terminara su sesión de cotilleo vecinal.

—Si necesitáis cualquier cosa, ya sabéis dónde estoy —aseguró la mujer, resistiéndose a entrar en su casa. “Sí, claro, a ti voy a ir a pedirte ayuda”, pensé, dirigiéndome hacia la puerta abierta que Gonzalo sostenía.

La noche de la tragedia, todo el vecindario había escuchado las sirenas de las ambulancias y de los coches de policía, pero nadie salió de su casa. Tal vez pensaron que su vida podía correr peligro si se inmiscuían en asuntos que no eran de su incumbencia. Cuando la sacaron en camilla más muerta que viva, decenas de rostros asomaban por las ventanas del edificio, observando la escena como quien mira intrigado un capítulo de su serie favorita.

Me tumbé en la cama de Gonzalo, exhausta. Él se sentó en la silla giratoria de su escritorio, observándome en silencio. Empecé a disparar pensamientos dispersos, sin filtro, sin control. La tapa de mis sesos era un colador incapaz de controlar tanta podredumbre.

—Me gustaría ser como esas chicas de clase que no tienen nada de qué preocuparse. Sus padres son unos gilipollas y ellas unas pijas, pero qué bien viven. Ni siquiera les importa si aprueban o suspenden los exámenes. Yo, en cambio, no tengo más que problemas.

Gonzalo abrió un cajón de su escritorio y extrajo una caja metálica. Dentro de ella guardaba cigarrillos, papel de fumar, un mechero y una bolsita con lo que parecían cogollos de hierba y tallos de alguna planta.

—Sé que volverá a intentarlo. Los suicidas lo intentan y lo intentan hasta que lo consiguen.

Mi amigo vaciaba el interior de un cigarro mientras escuchaba sin interrumpir mi verborrea descompuesta.

—Mi padre es un cabrón. La culpa de lo que ha pasado es suya.

Sobre un papelito extremadamente fino, colocó el tabaco que había extraído del cigarro y lo fue mezclando con los restos desmenuzados que sus largos dedos habían obtenido de uno de esos cogollos con aspecto de musgo seco. Solo cuando encendió el canuto e inhalé el peculiar aroma me incorporé en la cama y lo observé, sorprendida y fascinada.

—¿Qué te estás fumando?

Su forma de exhalar parsimoniosamente el humo por la nariz hacía evidente que esa no era la primera vez que se fumaba un porro de marihuana.  Tampoco la segunda ni la tercera. De repente me pareció estar mirando a una persona distinta. El chiquillo al que conocía desde los cinco años, pequeño, escuálido, parecía ahora un chico mayor. Incluso me pareció descubrir en él un atractivo nunca visto, una mirada adulta, un cuerpo ligeramente más robusto.

—Un porro —respondió, acercándome el humeante cigarrillo.

—¿De dónde has sacado esto? —pregunté sin atreverme a cogerlo, sin saber cómo sujetarlo.

—Mi primo me lo ha dado. Bueno, en realidad me ha pedido que se lo guarde y me ha dado permiso para fumar un poco.

—¿Y si te pilla tu madre?

Se encogió de hombros y, ante mi indecisión a probar el canuto, se lo acercó de nuevo a los labios aspirando con verdadero deleite.

—Pruébalo, anda ­—me dijo­—. Esto te va a ayudar.


Este fragmento pertenece a una historia más larga que nunca publiqué. En la blogosfera, los textos literarios descartados consiguen una segunda oportunidad, acceden a ese público —escaso, pero suficiente— que se les negó en un inicio. Ahora, desgajados y sin orden, publico los trozos para que quien quiera los recomponga y rehaga el puzle de esa historia que nunca llegará a ser un todo.

Si lo desean, pueden leer otros fragmentos en la siguientes entradas:

(Des)composición de lugar

Güija

Ahora o nunca

Cubatas en vasos de plástico

17 comentarios en “Fumadero

  1. Buenas, Mayte. Sí que dan ganas de leer los capítulos anteriores y posteriores. Creo haber leído los otros fragmentos que citas y todos tienen un aire de realidad sucia y juego adolescente que hacen que las historias sean muy cercanas. Un fuerte abrazo.

  2. El relato te atrapa desde el principio, sobre todo porque yo me identifiqué con los pensamientos de la protagonista. xD Típico que a todos nos harta responder las mismas preguntas de cortesía de vecinos y conocidos, como si realmente les importara, jajaja. Lo malo es que me quedé con ganas de leer más.

    Este blog ha sido todo un descubrimiento, gracias por compartir tus relatos, me ayudas a sobrellevar mejor el encierro que ha sido este año.

    1. Muchas gracias por dejarme este comentario tan especial. Me anima mucho que nuevos lectores se pasen por mi blog. Y es maravilloso saber que mis pequeños relatos te han ayudado a sobrellevar el confinamiento de este año tan horrible. Un fuerte abrazo y gracias.

  3. Pingback: Llamadas telefónicas – El blog de Mae

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