Cubatas en vasos de plástico

Por el momento me siento incapaz de escribir nada sobre el coronavirus, ni textos de opinión ni tampoco ficción. Así que ahí va este fragmento de una historia más larga que escribí hace un tiempo. Cuídense.


Aquel sábado había salido sola, obviando las llamadas insistentes de Laura. Había caminado hasta la hamburguesería junto al Parque de las Avenidas, donde me disponía a engullir un plato gigantesco de patatas fritas ensangrentadas de kétchup. Al verlos entrar, sentí vergüenza. No quería que me vieran sola, no quería parecer una chica solitaria que se escapa de casa para comer a escondidas una fuente inmensa de fritura grasienta. Pensé en marcharme dejando casi intacto mi codiciado festín, pero ellos me vieron antes de que pudiera huir. No sé por qué se les ocurrió sentarse a mi lado, llenando mi anhelada soledad de su compañía inquietante. No preguntaron siquiera si podían ocupar las sillas vacías alrededor de mi mesa, a pesar de las explicaciones que me precipité a darles sin que ellos me las hubiesen pedido. “Estoy esperando a Laura y a los otros, pero se están retrasando”, mentí. Sus bocas amplias empezaron a devorar dos hamburguesas de gruesa carne, de las que la lechuga se escurría cayendo a veces en el plato, y otras directamente sobre la mesa o el suelo. Yo comía mis patatas una a una con esmerada pulcritud, observando sin poder remediarlo la obscena mancha de mayonesa que lucía sobre el labio de Óscar. Él masticaba deprisa sin limpiarse, y yo solo deseaba borrar la mancha de su boca con mi ávida lengua. Apenas terminó su hamburguesa, el Costras se levantó para ir a la barra a pedir otra. Óscar y yo nos quedamos solos durante unos minutos. Yo había decidido abandonar mi plato a la mitad, circunstancia que él aprovechó para pedirme si podía comerse las patatas que yo había dejado.

—El Costras y yo vamos a ir a tomarnos algo después. ¿Te vienes? —me preguntó, limpiándose finalmente con una servilleta la perversa suciedad de sus labios.

Dudé un instante. Era una proposición tentadora y extraña, pues todas las invitaciones a fiestas, salidas y otras juergas habían procedido siempre de Laura, siendo yo el resultado de un simple efecto mariposa. Esta vez, sin embargo, era yo la receptora directa de aquella espontánea sugerencia.

—¿Dónde vais? —pregunté. En realidad, no importaba en absoluto el lugar al que fueran. ¿Tenía acaso algún plan mejor?

—Vamos al Declive, un garito que está por Ventas.

No tenía claro si a mi padre le agradaría esa nueva ruta, pero las posibilidades de que se enterara eran escasas, y su opinión ya no me resultaba respetable.

Creo que el Costras se sorprendió cuando salimos de la hamburguesería y vio que seguía la misma dirección que ellos. Caminé escoltada por aquellos dos hombres —ya no eran adolescentes desde el punto de vista físico, tal era su altura y la barba que crecía en sus rostros— a los que no sabía cómo ubicar en mi desconcertante mundo de entonces. Me mantuve en silencio hasta alcanzar la explanada de la Plaza de Toros. Por el camino, ellos habían decidido que antes de ir al Declive comprarían una botella y nos la beberíamos sentados en los bancos de la plaza. Empezaron a discutir si compraban whisky o ron. A mí no me gustaba ninguna de las dos cosas, pero cuando me preguntaron, me decanté por el whisky por el simple hecho de poder complacer a Óscar. El sabor de ese brebaje me resultó repugnante. Probablemente compraron la botella más barata, porque a pesar de ser niños ricos, intuí que sus padres no les regalaban todo el dinero que querían. En cualquier caso, tuvieron el amable gesto de invitarme y enseguida nos preparamos unos improvisados cubatas en vasos de plástico.

El efecto de esa bebida amarga fue inmediato. Recuerdo fragmentos dispersos de la conversación. Cómo pasar una fase imposible del Alone in the dark. Cómo Zamorano pudo fallar ese gol. Lo buena que está la profesora ayudante de gimnasia, qué lástima que en COU ya no haya esa asignatura. … Ninguno de esos temas me interesaba lo más mínimo, pero estaba tan borracha que todo me daba igual. En un momento dado, el Costras comentó algo que me hizo explotar en una carcajada grotesca. “¿De qué se ríe esta?”, gruñó él. Parecía enojado, pero Óscar también empezó a reírse. “Tía, vaya pedo te has pillado”, me decía.

Cuando se acabó su enésimo cubata, el Costras anunció que se marchaba a casa. “Paso de ir al Declive”. Pensé que Óscar me propondría ir con él, pero por desgracia no fue así. Decidió que él también se marchaba, así que no tuve más remedio que seguirlos, deshaciendo el camino andado con penosa dificultad. Óscar se percató de lo mucho que me costaba caminar y su brazo desnudo —hacía calor en Madrid aquella noche de finales de mayo— se posó sobre mis hombros, acercando su cuerpo grande y cálido al mío. “Me agarra solo porque estoy borracha”, pensé.

A la altura de la Plaza de Venecia, el Costras se volvió loco de repente. Sin aparente motivo, se lanzó como una fiera contra un contenedor de basura y comenzó a patearlo. “Ya estamos otra vez”, protestó Óscar. Y noté un vacío donde antes sentía el peso acogedor de su brazo. “¡Deja ya ese puto contenedor!”, gritó mientras lo empujaba sin éxito. Comenzaron un forcejeo feroz que terminó con la retirada de Óscar. “Que te den por culo, tío”, dijo, vencido ante la tozudez agresiva de su amigo. Volvió a agarrarme y me arrastró con él calle abajo mientras el Costras se quedaba atrás luchando frente al contenedor como un Quijote urbano contra su imaginado gigante. Ya habíamos caminado un trecho cuando vimos que el Costras nos alcanzaba corriendo y desaparecía tras la primera esquina. Los dos debimos pensar que alguien lo estaba siguiendo, pero al darnos la vuelta descubrimos una aterradora llamarada que ascendía desde el interior del contenedor. “¡Mierda, mierda!”, gritó Óscar. Y su brazo abandonó definitivamente mi cuerpo huérfano, dejándome sola ante el espectáculo terrible de aquel incendio, mientras las sirenas de un coche de policía se aproximaban implacables desde alguna calle cercana. 

17 comentarios en “Cubatas en vasos de plástico

    1. No, es una historia que no puedo publicar completa por lo extensa que es, y porque en su conjunto no me convence. Precisamente, he publicado este fragmento porque de alguna forma tiene entidad propia y así, aislado, me gusta más que integrado en la historia completa. En fin… ralladas de escritorcilla. Un abrazo y cuídate mucho.

  1. Me gusta mucho el texto, Mayte. Me ha traído a la memoria algunas noches de juerga; en otro sitio, tal vez en otro tiempo y –seguro– con otras personas. Tiene un no sé qué de realismo sucio y de roadstory. También me ha dado por pensar en “Historias del Kronen”. Un gusto leerte de nuevo; cuídate.
    PD. A mí también me cuesta escribir acerca del coronavirus. El tiempo dirá.
    PD2. ¿”Alone in the dark”? La apoteosis del terror poligonal en forma de videojuego…¡Me ha gustado la referencia!

    1. Muchas gracias, Jorge. Es un texto rescatado de un proyecto descartado. Me alegra que te haya gustado el deambular de estos tres personajes por la noche madrileña.
      Me gustaba jugar al Alobe in the dark y al mismo tiempo me moría de miedo… Jaja.
      Sé que en algún momento escribiré alguna historia sobre el coronavirus, el confinamiento, etc., pero ahora me siento incapaz. Un beso

    1. Gracias, Paloma. Este texto se quedará así. El proyecto más amplio al que pertenecía no me convence.
      Me siento rara desde las últimas semanas y eso influye en todo, también en la disposición a escribir. Un beso.

  2. Esas farras nocturnas y esas borracheras tremendas… he protagonizado no pocas. Muchas divertidas, otras patéticas. Técnicamente jamás he estado en un botellón. Porque aún no existían. Hablas con un dinosaurio, ya ves.
    Buen relato. Tremenda paranoia con el contenedor. El chaval es la envidia de todo anarquista o antisistema, que ahora son legión.
    El Declive lo has mencionado en otros relatos, ¿no? Eso creo. ¿Existe en verdad ese garito?
    Abrazos.

    1. Muchas gracias por leerlo. Tengo que decirte que eres muy observador y que ya lo he notado en más de un comentario. Nadie se había dado cuenta de que El Declive ha salido ya en más de un relato. No conozco ningún garito con ese nombre. Es una invención mía que también utilizo como metáfora recurrente.
      Un abrazo

      1. Gracias a ti por leerlo. Tengo una buena colección de “desperdicios literarios”. Quizás publique algún que otro fragmento más que se salve de la quema. Un abrazo

  3. Has descrito muy bien esa noche calurosa de la capital, mezcla de emociones encontradas, en la que no siempre se elegía bien a los compañeros de juerga y lo más emocionante a veces, no se tenía ni idea de como iba a terminar la noche. Este “trocito” suelto que nos has dejado de un relato mayor, tiene vida propia. Ha sido un acierto compartirlo.
    Un abrazo y mucha salud amiga

  4. Es difícil escribir cuando la información nos satura la mente cada jornada, tras unos días sin ver las noticias, parece que la imaginación despierta de nuevo. Ahí lo dejo. El relato me gusta tal y como queda. Un besazo.

      1. Creo, sólo creo, que la información, cuando se toma en exceso, como sucede con todo, tiene un componente tóxico. Sólo leo prensa económica e incluso ahí se deslizan datos erróneos, ignoramos los valores absolutos pero aceptamos los porcentajes como si de un mantra se tratará. Esto se resolverá:
        Farmacológicamente
        Cuando descubran un tratamiento eficaz que evite el ingreso en el hospital mediante una posología larga y extensa. Algo parecido al VIH. Las vacunas ya se sabe, apenas resultan rentables porque son de única aplicación y además curan de manera definitiva.
        O cuando el 60% de la población resulte inmunizada por un largo tiempo al haber superado la infección y los fallecimientos ronden el millón.
        Tal y como estorbamos los pensionados no sé cual preferirá el gobierno.
        Pero hasta entonces tendremos más o menos confinamiento.
        Una vez pensado esto, no sé qué puede haber de malo en escribirlo.
        Un besazo.

  5. Pingback: Llamadas telefónicas – El blog de Mae

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