Si Adelina se fuera con otro

libro COUÚltimamente he empezado a releer los clásicos del siglo XX que tuve que estudiar en ese último año de bachillerato que en aquella época se llamaba Curso de Orientación Universitaria. Cada vez que leo alguno de esos libros −La colmena, Romancero gitano, Tiempo de silencio− reviso también lo que decía sobre esas obras mi libro de literatura contemporánea, que todavía conservo, bastante sobado, pero sin que se haya desencuadernado ni desprendido ninguna hoja. Mi libro de literatura de COU está lleno de subrayados y anotaciones manuscritas con una letra que es mía y al mismo tiempo no lo es −un buen grafólogo quizás tendría algo que decir sobre esa letra apretada y torcida−. Sentada en la primera fila, yo anotaba todo lo que contaba la profesora. No sabría decir qué edad tendría entonces aquella mujer llamada Adelina −¿cincuenta, sesenta?−. Cuando una es tan insolentemente joven, el tiempo se vuelve una percepción confusa. Ella contaba cosas que no aparecían en ese libro −redactado con una diplomacia ambigua, a menudo desconcertante−, cosas que nosotros necesitábamos escuchar.

Adelina trabajaba en dos colegios. A primera hora tomaba un autobús que salía de la acera de enfrente de mi casa y se iba a un instituto del extrarradio. Después regresaba y daba clases de latín y literatura en el colegio de monjas donde yo estudiaba. Mi madre se encontraba con ella en la parada del autobús cuando salía a llevar a mi hermano al colegio, cargada con un sempiterno paraguas para no calarse hasta los huesos en aquella ciudad eternamente mojada. Se saludaban y a veces hablaban brevemente. Cuando yo volvía a casa por la tarde, dejaba la mochila tirada en el suelo y luego le preguntaba a mi madre si había hablado con Adelina. Ella, harta de escuchar la misma pregunta todas las tardes, a veces tarareaba una ranchera mexicana que decía: “Si Adelina se fuera con otro, la seguiría por tierra y por maaaar”, y se quedaba varios segundos con la boca abierta alargando la a de la palabra mar. Más tarde me enteré de que en la canción original, la mujer que tal vez podría marcharse con otro no se llamaba Adelina, sino Adelita con t.

No tengo claro qué es lo que esperaba que Adelina le contara a mi madre en esos escasos minutos que hablaban bajo la lluvia a veces torrencial y salvaje y otras veces, la mayoría, suave como una mano que solo pretende rozar sin hacer daño. Tal vez deseaba oír algo así como “su hija es maravillosa” o “su hija será una gran escritora”.

Adelina fue lo suficientemente generosa como para leer alguna de las tonterías que escribía en aquella época tecleándolas primero en una máquina de escribir híbrida −mitad mecánica, mitad digital− y más tarde en un ordenador antediluviano al que accedía usando comandos MS-DOS. “Está muy bien, sigue así”, decía ella cuando le devolvía sus hojas mecanografiadas a esa chica triste y escuálida que sacaba buenas notas.

Una vez acabado el curso ya no volví a saber nada de Adelina. Mi madre quiso marcharse a otro lugar donde pudiera desprenderse de ese paraguas convertido en un apéndice de su mano. Imagino que ahora, si echamos cuentas, Adelina será una mujer arrugada como una bola de papel de periódico. O quizás esté ya reposando bajo la piedra mojada de algún camposanto. La lluvia caerá sobre ti un día sí y otro también. El tiempo pasó rápido, Adelina, pero sigues pegada a las páginas de este libro.

29 comentarios en “Si Adelina se fuera con otro

  1. La influencia de algunos profesores en nuestras vidas es incuestionable. Hace tiempo, en la entrada que en mi blog hice sobre el Tenorio, quise también rendir homenaje a mi profesor de Lengua del instituto, don Antonio del Pozo. Su influencia, como comentaba, es siempre incuestionable.

  2. Paco Mendoza

    Sabina lo versiona: ¿Qué harías tú si Adelita se fuera con un comisario/polisario?
    Es muy cierto que algunos profesores han sido importantes en nuestra formación, como los enseñantes hemos influido a veces en chicos y chicas que en alguna ocasión treinta años después nos han escrito para decírnoslo, y nos han alegrado el día, incluso el mes.

  3. Estuve interno cuando tenía 13 y 14 años. Era obligatorio, todos los días, leer un libro una hora antes de entrar a clases y Julio Verne fue mi autor preferido. Llegué a 20 de sus 62 novelas y desde allí la ciencia ficción me persiguió siempre. Siempre tienes temas interesantes que nos hace remover la memoria. Tu relato se enmarca en esos que es un deleite leerte. Buena semana Mayte.

  4. Precioso relato que acude a los recuerdos más preciados.
    Qué importantes fueron algunos profesores de nuestras vidas y cuánta influencia positiva dejaron en nosotros, al menos en mí.
    Me encanta leerte, Mayte.

  5. Qué buen relato y qué bien escrito, parecía que estaba ahí. Hay que reivindicar el trabajo de los grandes maestros y profesores. Qué suerte leer el ‘Romancero gitano’ o ‘Tiempo de silencio’ en COU, a mí el mío me mandó ‘El alquimista’ o ‘Dios vuelve en una Harley’ y sólo hacíamos comentarios de texto para afinar la nota de la selectividad. No se lo perdonaré jamás.

    Por cierto, si estabas en COU, ¿no dejarías de ver a Adelina porque entraste a la universidad?

    Anímate y preséntalo al concurso de Zenda.

    Un placer leerte, compañera. Un fuerte abrazo, adelante!

    1. Muchas gracias, Rafalé. La localidad gallega en la que vivíamos no era muy grande. Seguramente habría seguido viendo a Adelina (encontrándonos por la calle) si hubiésemos seguido por allí. Pero nos marchamos de Galicia.
      Lo he presentado al concurso de Zenda. No era mi intención participar esta vez, pero al final me he inscrito. Un abrazo y gracias.

      1. Gracias por la aclaración. Pensé que te referías como maestra.

        Yo tampoco pensaba presentarme a Zenda, pero al final me vino el recuerdo y dije «bueno, hacer un poco de callo nunca viene mal».

        De nuevo felicitaciones por el relato y mucha suerte. Un fuerte abrazo, adelante!

  6. Creo que más o menos, casi todos tenemos una Adelina o un «Adelino» que nos impulsaron en un momento clave de nuestra infancia y juventud a encontrar en la literatura una amistad sincera y asi, convertir al libro, en un buen y fiel amigo. Y es muy bonito recordar esa huella que nos han dejado. Un abrazo Mayte.

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