Güija

Al llegar encontramos un ambiente relajado: pocos invitados, Coldplay sonando a un volumen bajo, pequeños grupúsculos hablando sin estridencias, con cervezas y refrescos ocupando sus manos. Sofía nos recibió calurosamente, como si fuera la señora de la casa —hacía más de un año que salía con el Costras—, estrujando sus pechos abultados contra nuestros torsos leves.  Localicé a Óscar sentado en un sofá, sonriendo a la verborrea infatigable de una morena bastante fea. A pesar de todo, sentí la punzada de los celos. 

Sofía nos trajo unas cervezas recién sacadas del frigorífico. Le preguntó a Laura por Javier, como si le importara mucho la vida de nuestro amigo, con el que probablemente  nunca había cruzado ni una sola frase; tal vez quería asegurarse de que aún salían juntos. Después se dirigió hacia un pequeño grupo de tres o cuatro chicas cuyos rostros recordaba de la última fiesta. Nos quedamos las tres solas hablando de pie, Laura, Ana y yo, lanzando miradas de soslayo a nuestro alrededor. Óscar seguía hablando con la fea locuaz. “A lo mejor solo quiere follársela”, pensé. “Un polvo fácil y rápido”.  

Al Costras no se le veía por ninguna parte. Aún tardó en aparecer un rato más, transportando bajo el brazo una tabla de madera. Nos saludó con un gesto de la cabeza, como cuando nos lo encontrábamos por la mañana en los pasillos del colegio. Se sentó en una silla frente a la mesa y colocó encima la tabla de madera rectangular. Se bebió de un trago un vaso de Coca-Cola mezclada con algún que otro líquido alcohólico y después giró el recipiente de cristal boca abajo, sobre la tabla, con una energía que pudo haberlo roto. El ruido nos alertó a todos. Sofía se acercó a él de inmediato y se sentó a su lado, apoyando la cabeza sobre su hombro con gesto sombrío. Todos los presentes, excepto nosotras, dejaron sus conversaciones para acercarse a la mesa y prestar atención al Costras. Solo por curiosidad, decidimos aproximarnos, manteniendo ligeramente la distancia.  

—Mi novia quiere hablar con su prima Rebeca. La echa mucho de menos —anunció el Costras. 

Miré de nuevo el tablero. Me di cuenta, con horror, de que ese loco había fabricado una güija.

—Me marcho —le dije a Laura al oído.

—¿Qué dices, tía? —me contestó ella—. ¿Te va a dar miedo esta chorrada? 

Todos se sentaron en torno al tablero excepto nosotras, que permanecimos de pie: Ana y yo visiblemente incómodas; Laura con un gesto socarrón, los brazos en jarras, expectante y soberbia.   

Los de la mesa colocaron sus dedos sobre el vaso. El Costras pidió a su novia que formulara la primera pregunta. 

—¿Cómo te encuentras, mi niña? —dijo Sofía mirando hacia el techo, como si pensara que su prima fallecida la escucharía mejor si dirigía su voz al cielo. 

—Te lo he explicado antes —protestó el Costras—. Solo vamos a hacer preguntas de sí o no. 

—Vale, vale. Es que estoy muy nerviosa —gimoteó ella—. ¿Estás bien, mi niña? 

El silencio duró varios minutos, apenas ultrajado por los ruidos guturales de Laura, que trataba de controlar como podía la risa que le producía todo aquel espectáculo. 

—Repite la pregunta, Sofía. A lo mejor no te ha escuchado bien —dijo el Costras. 

Me sorprendió observar los rostros solemnes de todos los que rodeaban el tablero de la güija, como si de verdad se lo estuvieran tomando en serio. También Óscar miraba el vaso concentrado, con su flequillo más largo que nunca tapando su ceja derecha, sus párpados medio cerrados en una ridícula expresión de trance. O se habían preparado la broma con una dedicación casi profesional, o verdaderamente creían que podían hablar con los muertos usando ese pedazo de madera mal pintada.  

Sofía lanzó de nuevo su pregunta, esta vez manteniendo la mirada sobre el vaso inmóvil, su uña pintada de rojo pegada a los dedos de los otros. 

Entonces Óscar se levantó bruscamente de la silla.  

—Joder, se ha movido. ¿Lo habéis notado? —dijo. 

La carcajada de Laura aligeró la atmósfera apelmazada.  

—Óscar, no se te ocurra nunca buscar trabajo como actor. No vales ni para pelis de serie B —se mofó ella.  

—Se ha movido. Si no te lo crees, ven aquí y compruébalo tú misma —retó él. 

Pero nadie se cambió de lugar. El Costras decidió que él también quería hacer una pregunta. 

—Rebeca, ¿te molesta la presencia de alguien en esta sala? 

Todos observamos el tablero, expectantes. También Laura, aunque su mueca escéptica seguía allí, burlándose en silencio. Todos vimos que el vaso se movía lentamente hacia la izquierda, donde estaba dibujado con tinta negra un SI en mayúsculas.  

—¡Oh, vaya! ¡Qué sorpresa! No sé por qué me lo estaba imaginando —ironizó ella de nuevo. 

—Cállate ya, joder. Estás estropeándolo todo —se quejó el Costras. 

En voz alta, para que Laura no tratara de convencerme de lo contrario, anuncié que me iba. Pensé que Ana apoyaría mi decisión, pero hizo todo lo contrario. 

—Yo quiero poner el dedo en el vaso —pidió. 

Y fue el propio Costras quien se levantó para cederle su sitio. Quería marcharme de allí inmediatamente, pero tenía curiosidad por saber lo que Ana percibía participando de aquella supuesta comunicación con el más allá. 

—Venga, Ana, pregunta tú ahora—la animó Sofía. 

Mi amiga apoyó su dedo tembloroso en el vaso. Su piel morena parecía blanca, deslumbrada por la luz directa de una lámpara situada justo encima del tablero. Una corriente de aire entró por la ventana abierta del salón, provocándome un estremecimiento de frío y miedo. 

—¿Soy yo una de las personas que te molestan? —se atrevió a preguntar. 

Esta vez Laura no rio. Se quedó mirando a Ana con fijeza, el rostro grave, los brazos cruzados bajo su pecho. El vaso se movió. Parecía que iba directo hacia la palabra SI, pero después fue girando hacia un lado, deteniéndose en un lugar donde no había nada escrito. Una respuesta indeterminada que fue interpretada por la prima de la fallecida como un cambio de opinión en el último instante. Ana se mantenía inmóvil, silenciosa, con una palidez amarillenta que me pareció insana.

—¿Te encuentras bien, Ana? —le pregunté. Y entonces ella se levantó, cogió el bolso que colgaba sobre el respaldo de una silla y se marchó, haciendo caso omiso a nuestras llamadas. 

22 comentarios en “Güija

    1. Gracias, María. Estoy publicando fragmentos de una historia más larga que no quise publicar entera. Al final lo estoy haciendo por aquí a trozos, de forma desordenada, como si fuera una novela por entregas pero sin respetar el orden… Un poco extraño, pero a lo mejor hasta creo escuela: la novela por entregas que no sabes dónde empieza y dónde acaba, jeje… Un beso.

      1. Ah, qué bueno. Este comentario tuyo explica bastantes cosas. Entonces… historia desgajada y desordenada. Para el lector entonces supone un reto mayor de comprensión, incluso de interpretación (libre, inesperada, ilógica) y por qué no imaginación conectando o inventando. Dices que conecta con aquello del funeral (la des-composición de lugar). No los conecté. Oye, pues es un ejercicio muy interesante, para ti y los lectores.
        La tensión y el suspense me parecen magistralmente tejidos. La maraña de relaciones personales ha hecho que “me pierda” un poco, lógico si hay un trasfondo. Y el final es extraño, abrupto e intrigante. Por supuesto me esperaba un susto de esos que en el cine te hacen brincar en el asiento, ja ja.
        Comunicarse con el más allá… pues es un tema que me da respeto pero no especialmente miedo. Más bien despierta mi curiosidad. Aún no sé si creer en las almas o que nos quedemos vagando por ahí, o incluso interfiriendo aquí. Sonará gracioso pero es la verdad. Creo que lo dejo suspendido hasta que me vaya al otro barrio. Y allí, quizá, me lo resuelvan o lo vea claro, jajaja. En este argumento la lógica no parece muy sólida.
        He recordado una película y he buscado. Me ha costado un poco. Veo que hay una película Ouija del 2014, muy orientada al público adolescente, parece, y otra del 2016. No las he visto. Pero recuerdo una que me impresionó bastante en su momento. Bastante bien logrados la tensión y el miedo, sin caer en lo hortera o ridículo. Bien, pasabas un mal rato. Es esta, Witchboard del año 1986. ¿Te suena?

      2. Muchas gracias por tu exhaustivo análisis. No soy aficionada al terror, ni en literatura ni en cine. Esta historia me salió de forma natural, porque cuando era adolescente viví una situación parecida. Este relato junto con otras entradas que he publicado, formaban parte de algo más largo que no he querido publicar como una unidad. Son, de alguna forma, descartes literarios, aunque publicados de esta manera, sueltos y desordenados, me agradan mucho más. Puesto que está gustando esta historia desgajada de adolescentes, seguiré publicando más “trozos”. Gracias por pasarte. Un abrazo.

      1. Así es. Me sé de uno que, por pura vagancia, la escondió durante varios años debajo de su cama y cuando, con el tiempo, recordó dónde la escondía y quiso recuperarla, observó con cierta inquietud cómo el vidrio del vaso –de chupito– había adquirido una tonalidad rojiza y todas las letras, menos una, se habían esfumado. Ya sabes: cosas que siempre le pasan a los amigos. Algún le diré que escriba un relato sobre ello.
        ¡Un abrazo!

  1. Pingback: Llamadas telefónicas – El blog de Mae

Responder a El Capitán Carallo Cancelar respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s