Al fondo a la derecha

Sucedió de repente, de un día para otro, en un momento en el que tal vez me encontraba desprevenida. Quizás había empezado a albergar la esperanza de que, después de todo, lo que parecía inevitable no iba a acabar ocurriendo. Pero hay cosas que tienen que suceder, ya existen en tu mente antes de que pasen, confundiéndose en los recuerdos como sueños imaginados. Y, una vez más, mi relación con Laura me colocó en la desagradable circunstancia de los sentimientos opuestos, en la incongruencia insoportable de la amistad y la rivalidad.

No fue en un lugar romántico, en realidad en eso me considero triunfadora. Aquel bar de la calle Alcalá que empezamos a frecuentar no tenía nada de especial. Menos aún la puerta del baño, cubierta de pintadas de antiguos amantes. “Acompáñame al servicio”, me dijo Ana. Y bajamos a ese sótano sucio lleno de sillas apiladas y barriles vacíos. Al fondo a la derecha estaban los baños, tras una esquina mal iluminada con una desamparada bombilla. Ella estaba con la espalda apoyada contra la puerta. Casi no se la veía, pues el cuerpo grande de él la tapaba, inclinado hacia ella. Dos manos blancas sobresalían, traviesas, agarrando las nalgas duras que tapaban aquellos pantalones vaqueros. Ana comenzó a reírse en voz baja y enseguida tiró de mi jersey para que no rompiéramos el momento de intimidad de la fortuita pareja. Pero yo no me movía. Tal vez encontraba un placer morboso en observar mi propio fracaso, en recrearme de forma autodestructiva en el daño que me provocaba aquella imagen tantas veces inventada en mis pesadillas. “Vámonos, Virginia”, susurraba ella.

Deshicimos el camino de regreso a la superficie, donde algunos compañeros de clase tomaban cervezas y fumaban cigarrillos adoptando poses estudiadas con las que aparentaban ser los adultos que aún no eran. Localicé mi cerveza abandonada en la barra y la terminé de un trago. Quería marcharme de allí antes de que Laura y Óscar aparecieran en escena, tal vez cogidos de la mano o abrazados, con los rostros enrojecidos por el rubor y la lujuria. Ana ya estaba revelando la primicia a Javier, quien apoyado en la barra, escuchaba en silencio con gesto impasible, como si ya lo supiera o como si la noticia no le importara lo más mínimo. Me puse el abrigo y anuncié mi marcha justo cuando divisé al fondo del bar la cabeza de Óscar, que sobresalía por encima de la mayoría de la gente. Me marché de forma apresurada, ignorando el gesto que Laura me hizo con la mano desde la distancia.

No me di cuenta de que Javier había salido también hasta que lo vi caminando a mi lado. Éramos un par de perdedores dándose a la fuga, aunque ninguno de los dos sabía en ese momento la verdad que el otro escondía. Recuerdo que Javier se puso a hablarme de las traducciones de latín que debíamos entregar el lunes, como si ese fuera el mejor tema de conversación para un sábado por la noche, como si el romance de Óscar y Laura no hubiese sucedido o no tuviera el menor interés en perder el tiempo hablando de eso.

Desde Ciudad Lineal enfilamos directamente por la calle Arturo Soria. Me sorprendió cuando pasamos el desvío del Marqués de Hoyos. Esperaba que Javier se despidiera y tomara esa calle para dirigirse a su casa. Sin embargo, aunque el lugar donde vivía Javier quedaba en otra dirección, me acompañó hasta el mismo portal de mi casa. Aquel día regresaba mucho antes del toque de queda establecido por mi padre, así que las calles aún estaban bastante concurridas. No corría demasiado riesgo caminando sola y me pregunté por qué me habría acompañado. Hoy pienso que tal vez solo quería prolongar el regreso a su casa, momento en el que se le echarían encima las palabras de Ana relatándole la escena maldita. En ese momento, sin embargo, pensé en otra posibilidad. Frente al portal de mi casa lo miré detenidamente mientras me hablaba,  tratando de encontrar una belleza oculta detrás de sus gafas enormes, detrás de esos labios tan finos, de esa barbilla sobresaliente que parecía arrastrar hacia fuera la mandíbula inferior de su maxilar. Lo miré calibrando la posibilidad de responder a un posible gesto de su boca, a una posible inclinación de su cuerpo hacia el mío. Qué premio de consolación tan pobre e insignificante habría sido su cuerpo escuálido en mis brazos, lo mismo que yo lo habría sido para él. Y, sin embargo, durante un pequeño instante lo deseé, tal vez como un bálsamo eventual para mi amor propio.

—¿Qué estás mirando? —preguntó él, justo cuando estaba convencida de responder a ese beso que no llegó a ocurrir.

Sin duda, debió de notar algo anormal en mi forma de mirarle. Seguramente estaba poco acostumbrado a que las chicas lo contemplaran de esa forma, si es que alguna se molestaba siquiera en mirarlo.

—Nada —contesté inmediatamente. Con toda probabilidad debí de ruborizarme. Al mismo tiempo, descarté la absurda idea que se me había pasado por la cabeza minutos antes. Me despedí apresuradamente y desaparecí tras la pesada puerta de hierro del portal.


En los siguientes enlaces puedes leer otras historias de este mismo grupo de amigos:

(Des)composición de lugar

Güija

Ahora o nunca

Cubatas en vasos de plástico

Fumadero

25 comentarios en “Al fondo a la derecha

  1. Excelente retrato. Entre el sabor del alcohol y el humo del tabaco. lo que fuimos y lo que aparentábamos, el grupo de amigos apenas se sostenía entre la conveniencia, el fracaso y el miedo a la soledad. ¿Y luego? Luego tú dirás. Un abrazo.

  2. Todos hemos pasado por ahí, según lo leía me veía a mí mismo pasando por situaciones similares, así es el camino de la adolescencia, y cuando lo ves con perspectiva dices: ¡por menudas cosas me preocupaba yo! Me ha gustado mucho, leeré el resto de esta serie…

  3. Francisco Mendoza

    La etimología no engaña: adolescencia es de la familia léxica del dolor, y duelen mucho los desamores en esa época (también después). Un abrazo, Paco

  4. Historias urbanas, historias de seres humanos.
    Ja ja ja… me ha hecho gracia esa observación: adolescencia, adolecer.
    Me queda como a trillones de años luz. Realmente quedó muy lejos, muy atrás. No lo rememoro.
    Te saludo.

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